Domingo 7 de Agosto de 2005 Hora local | Managua, Nicaragua


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La Ciudad Prohibida y el último emperador
*** Todo indica que quieren evitar errores de Gorbachov que llevaron a destrucción de la URSS
*** Gran reverencia por Mao y uno de los pocos lugares donde todavía ondean banderas con la hoz y el martillo
*** Un asterisco negativo parece ser el control natal, que ha llevado a que padres abjuren de sus hijas
Augusto Zamora

Foto  

Interior de la Ciudad Prohibida, hogar del último emperador de China. AUGUSTO ZAMORA / END

 
IV parte

Nuevamente un amanecer nos encuentra cargando mochilas en una estación de tren, grande y transitada no obstante la hora. Vamos a buscar taxi y la fila de espera es larga. Los vehículos se suceden rápidamente uno tras otro y son abordados en bastante orden. No obstante, los vivos de siempre buscan colarse saltándose la fila, que sigue respetando la gran mayoría.

Nuestro taxi llega y nos acomodamos. Desconociendo Beijing, ignoramos a cuánto está el hostal y pasamos media hora recorriendo una ciudad de edificios señeros, anchas avenidas, pasos a nivel, tráfico mayor y una notable presencia menor de bicicletas.

En el hostal nos aguarda desde hace veinte minutos el resto de colegas. Preguntan por la tardanza y la diferencia de tiempo encuentra fácil explicación. Nuestro taxista nos aplicó la universal práctica del batazo al turista, que consiste en llevarlo a su destino por la ruta más larga para triplicar la factura.

Es cosa probada la universalidad de esta práctica del gremio taxista, sea en Madrid, Managua o Beijing. La estación estaba a unos diez minutos. El hostal se encuentra en una pequeña calle que une una avenida y una calle grande. Estamos en un jutong, un barrio tradicional chino de los que, dicen, quedan cada día menos por la fiebre constructora que recorre el país. En la callejuela hay pequeños hoteles y restaurantes, así como viviendas en las que, por discreción, preferimos no entrar. De fuera se ven modestas, alejadas de los rutilantes edificios de las calles aledañas.

La primera y obligada visita es a la Plaza de Tiananmen, corazón de la capital y del país. Nos vamos a pie, siguiendo un mapa, que nos lleva a una avenida ancha donde las haya, flanqueada por edificios impresionantes. Es la avenida Wangfujing, que en el tramo próximo a la plaza pasa a llamarse Tiananmendong, arteria principal de Beijing y la zona más reluciente de una contundente capital.

En sitio de famosa fotografía

En ella tienen sus tiendas las mayores y más señaladas marcas internacionales, y en ella hay hoteles de lujo asiático, algunos con porches que quitan el hipo. De Tiananmen recuerdo la fotografía que dio la vuelta al mundo, de un estudiante frente a una fila de tanques en 1988, cuando la represión de las manifestaciones estudiantiles que pedían apertura política.

Busco el sitio de la foto y me doy cuenta de que no estaba en la plaza, sino la avenida que la separa de la Ciudad Prohibida. La apertura económica no ha sido seguida de la política. La dirigencia china no parece dispuesta a repetir los errores desastrosos de Gorbachov, que llevaron a la destrucción de la Unión Soviética. La prensa está controlada por el Estado y todo lo que se publica, se oye y se ve pasa por esos controles.

La televisión tiene una gama de canales, todos en chino, salvo dos que transmiten en inglés y eran nuestra única ventana al mundo. En inglés, pero chinos, pues uno siente y palpa que la gente quiere que China sea por, para y de los chinos, incluido Taiwan. La “provincia rebelde” es una de las mayores inversoras en China, al igual que los chinos de la diáspora que, cuando pueden, invierten también en su madre patria.

La plaza está dominada por tres construcciones. Una es la Ciudad Prohibida, residencia de los emperadores chinos durante siglos. La segunda es el Palacio del Pueblo, sede central de Partido Comunista Chino y lugar donde celebra sus reuniones el Comité Central. La última es el mausoleo del presidente Mao Tse Dong.

Hay un cuarto edificio que no identifico y que luce frente a su fachada un gran monolito alusivo a las Olimpíadas que se van a celebrar en Beijing en 2012. La plaza es un hormiguero de gente, moviéndose sin cesar, entre unos edificios y otros.

La vigilancia policial es notoria y no dejan que grupos de personas permanezcan en un mismo sitio mucho tiempo. Grupos de soldados desarmados e impecables pasan por distintos lugares de la plaza, los más nutridos a hacer los honores a la bandera, arriada al atardecer en ceremonia solemne, seguida por centenares de personas.

Centenares de ciudadanos chinos hacen fila para entrar al mausoleo de Mao. En la tercera visita que hacemos a la plaza logramos entrar, después de dejar bolsos y mochilas pequeñas en un guardarropa situado al otro lado de la calle. El mausoleo impresiona por sus dimensiones y solemnidad. Pasamos callados y sin detenernos frente al sarcófago transparente que guarda los restos de Mao.

Se palpa la reverencia y devoción con que los chinos honran al fundador de la República Popular. No es para menos. Mao y el Partido Comunista tomaron una China humillada y expoliada y construyeron, pese a sus grandes errores, un Estado poderoso convertido hoy en una gran potencia mundial, que impone respeto y hace crujir la hegemonía occidental y los mercados.

La destrucción de la Unión Soviética y la desarticulación del Partido Comunista, en cambio, devastó a la ex URSS y ha dejado a Rusia reducida a potencia de segunda categoría, con EU y la OTAN metiéndole tropas en las costillas, algo que con la URSS hubiera sido imposible de imaginar.

Antes de abandonar el mausoleo se pasa por unas salas-museo dedicadas a la lucha del Partido Comunista contra Japón y el Kuomintang, con la epopeya de la Larga Marcha como eje central. Siguen varias salas dedicadas a enaltecer la memoria de Deng Xiao Ping, el dirigente comunista que puso en marcha las reformas económicas que han permitido a China dar el gran salto.

Recuerdos de la hoz y el martillo

Son salas dominadas por el rojo, color del Estado y del Partido. Fuera ya, decenas de vendedores ofrecen recuerdos de Mao y Deng y símbolos con la hoz y el martillo. A la entrada y salida del mausoleo, conjuntos escultóricos propios del realismo socialista recuerdan la gesta guerrillera y revolucionaria, con Mao como supremo dirigente.

En la Plaza de Tiananmen tampoco hay mendigos, menesterosos ni harapientos. La gente viste bien y el tráfico es mayor, sin llegar a los atascos terribles de ciudades similares. Jóvenes con pinta de universitarios se ofrecen a los turistas como guías, y uno de ellos explica que es por ganar dinero extra y practicar el inglés.

Sobre la entrada principal de la Ciudad Prohibida cuelga un retrato gigante de Mao, convertido en icono de la plaza. A ambos lados, en chino, la leyenda “Viva la unidad y la fraternidad de los pueblos del mundo”. El internacionalismo proletario sigue vigente, al menos en la leyenda.

La Ciudad Prohibida

La Ciudad Prohibida es el conjunto palaciego más grande del mundo, testimonio de la megalomanía de los emperadores chinos. Está formado por un conjunto de palacios, jardines y dependencias de funcionarios, soldados y siervos con capacidad para miles de personas. La plebe tenía prohibido acceder a ella y de allí su nombre.

En ella permaneció encerrado Pu Yi, el último emperador, tras la proclamación de la República, en 1911. Pu Yi fue después capturado por el ejército comunista, enviado a campos de reeducación y finalmente integrado en las estructuras del Partido. Llegó a ser miembro del Comité Central, del que siguió formando parte hasta su muerte. Su historia no está contada en la Ciudad Prohibida, sino en el Palacio de Verano, en las afueras de Beijing, donde puede leerse en inglés la inesperada historia del último de los Manchúes.

Buena parte de los palacios están vallados por obras de conservación. En uno de ellos vemos un cuadro singular. Una docena de carritos de bebés con dos docenas de occidentales que adivinamos españoles. Lo son. Llegaron a China para adoptar a algunas de las miles de niñas anualmente abandonadas por sus padres, en lo que constituye una de las consecuencias más terribles de la política de “un hijo por familia”.

Esta drástica medida fue adoptada en 1980 ante el incontrolado crecimiento poblacional, que amenazaba los cimientos económicos y sociales del país. China tenía, en 1950, unos 500 millones de habitantes. En los 80 sumaban mil millones. El Estado cortó por lo sano, imponiendo la ley de un hijo y castigando con duras sanciones económicas a quien la incumpliera.

El rechazo hacia las niñas

La medida fue efectiva, pues la natalidad se redujo al 1% y la economía se multiplicó con creces. Su peor efecto secundario fue que, sobre todo en el campo, donde no tener un hijo (varón) se considera una desgracia, las familias abortaban si sabían que venía una niña o simplemente la abandonaban. Los orfanatos se han llenado de niñas, que atraen a familias europeas por la relativa facilidad de adopción. El efecto subsiguiente se hace notar en el presente. Hay un déficit calculado de 40 millones de mujeres (o un superávit de 40 millones de varones).

Dentro de la Ciudad Prohibida hay actividades culturales y lugares para artistas. Entramos en uno donde profesor y alumnas exhiben sus pinturas. Algunas son de buena y competente factura y mejores precios. Venden para financiarse. Compramos unas cuantas y nos despedimos satisfechos todos, nosotros por la compra, ellos por la venta.


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