Domingo 7 de Agosto de 2005 Hora local | Managua, Nicaragua


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La Gran Muralla China
* Increíble obra de 5,200 kilómetros de extensión que realmente nunca contuvo las invasiones mogoles
* Un elemento de preocupación estatal: los retretes no son elementos de primera necesidad entre la población
* Los chinos exhiben en sus museos a hombres blancos en formalina
Augusto Zamora

Foto  

 
Absurdo es visitar China sin ver y recorrer su interminable y monumental muralla, la mayor obra de ingeniería jamás construida por una cultura humana. Iniciada por el emperador Qin Shi Huang, la muralla se extiende a lo largo de 5,200 kilómetros y separa el valle del río Amarillo de la Manchuria interior, de donde llegaban las oleadas de jinetes mogoles a saquear ciudades y pueblos. En el hostal ofrecen tres tipos de excursiones.

La parte más próxima de la muralla, reconstruida en fecha reciente y la más visitada por los turistas, es una especie de Disneylandia que desechamos de inmediato. El segundo tramo es más retirado y auténtico, pero es el tercero el que resulta verdaderamente atractivo.

Está mucho más lejos --tres horas y media en autobús-- y es más duro de recorrer. La excursión consiste en que el bus deja en un sitio y recoge en otro, al que se llega tras cuatros horas de marcha sobre la muralla. La información dice que no es apto para personas de escaso bagaje físico o poco proclives a la aventura. Escogemos, por supuesto, el recorrido heroico.

El bus se adentra por Beijing y la ciudad muestra su vigor. Torres y rascacielos se distribuyen en todas direcciones, con la misma fiebre constructora observada en Shangai. Poco parece quedar de la vieja ciudad. Tampoco parecen faltar multinacionales, cuyos letreros y anuncios se distribuyen por todas partes.

China es un bocado demasiado apetitoso para ausentarse de él. Éstas invierten, transigen, construyen y transfieren tecnología. China, a cambio, les ofrece mano de obra barata y un inmenso mercado interno en expansión.

La otra China

A medida que nos alejamos del centro aparece otra China. Las calles se van atascando de gente y vehículos, las vías se muestran insuficientes y, ya en la carretera, ésta no es una de las autopistas enormes que hemos visto, sino una carretera normal, insuficiente para la densidad de tráfico que hay.

Aparecen pequeños comercios por doquier y gente moviéndose en lo que puede. El viaje se hace lento y pesado hasta que logramos salir del cinturón periférico de Beijing. El contraste con la ciudad es notable, aunque se mantienen los rasgos vistos en otros sitios.

Las construcciones asoman. Sigue sin haber mendigos ni harapientos. No hay señales de hambre ni de miseria. Eso sólo es posible manteniendo en función los mecanismos básicos del sistema socialista. Otra explicación no parece encajar.

El autobús nos deja en una entrada que anuncia la proximidad de la Gran Muralla. Es difícil no sentir emoción y no recordar cuando vi, por vez primera, las pirámides de Egipto, el deslumbrante Taj Majal o la magnífica Tikal. En la entrada se nos pega un grupo de hombres y mujeres que, por sus rasgos y vestimentas, puede adivinarse que son mogoles.

Por fin la muralla

Van cargando pequeños bolsos y hablan con palabras aisladas en inglés que dudamos entiendan a cabalidad. No comprendemos qué hacen junto a nosotros, aunque es obvio que buscan un pago por la compañía. Al fin vemos la muralla, aunque el ángulo no es el mejor para apreciar su grandiosidad. Subimos a ella y es preciso caminar unos centenares de metros para alcanzarla y ver cómo se extiende sobre la cresta de montañas y cerros.

La muralla está segmentada por torreones, levantándose uno cada cien metros de muralla. Nunca protegió realmente al imperio chino, pero durante dos mil años sus emperadores la repararon y mantuvieron como limes defensivo, gracias a lo cual ha llegado a nosotros.

La muralla ofrece una visión interminable a izquierda y derecha, en medio de parajes desolados por la falta de árboles y la sequedad propia del estío. La accidentada y vasta zona que contemplamos muestra uno de los problemas más graves de China, la deforestación, consecuencia de la falta de recursos energéticos y la altísima densidad de población.

Algunas partes se ven reforestadas, pero son parches en medio del desarbolado paisaje. Acompañados por nuestras no invitadas guías mogolas, iniciamos la caminata. Hace un sol engañador, pues calienta pero no neutraliza el fresco aire que corre. No obstante, a medida que avanzamos subiendo y bajando la muralla, en algunas partes con pendientes y bajantes casi de alpinista, las fuerzas decrecen y subir a los torreones se convierte en un reto para la condición física.

Partes de la muralla están tan dañadas que es preciso cruzarlas por senderos laterales. Otras se mantienen, pero en tal estado que es preciso subir y bajar con suma precaución, para evitar caer, lo que podría ser grave. No cabe duda que repararla, mantenerla y conservarla implica gastos proporcionales a la extensión de la muralla.

En algunos torreones nos paramos a tomar aire y a ganar fuerzas para seguir. En otros, es preciso echar una mano a viajeras pasadas de peso. Bancales, arboledas y parcelas cultivadas emergen de ciertas partes, siendo casi los únicos indicios de habitación humana. No hay aquí la generosidad del valle del Yangzé, sino todo lo opuesto.

A mitad más o menos del camino nuestras inesperadas guías sacan folletos y libros sobre la Gran Muralla y piden, con gestos, que se los compremos. Da grima decir que no después de la caminata que se han dado, pero son cosas que no necesitamos. Otros toman el relevo en ese punto, de lo que se deduce que tienen repartido el tramo de muralla. Es la gente más pobre que encontramos. No piden limosna. Quieren vender. Yosi compra una guía de la muralla que va a parar a mi mochila pequeña. Ahora toca seguir.

Llegamos, al fin, después de cuatro horas de caminata, al fin del trayecto. Los pies duelen y la sed aprieta, pero ha valido indudablemente la pena. Recorrer diez kilómetros de esta muralla milenaria debería ser parte de un plan de vida. La llegada, sin embargo, es casi más dura que la muralla. Debemos bajar a un valle, atravesar un pequeño puente colgante sobre un río y luego subir (¡subir!) una empinada cuesta hasta llegar a nuestra meta.

Una suave bajada engaña, pues una confiada excursionista se enreda en sus cordones y acaba la jornada con un costalazo aparatoso sin mayores daños, seguido de crueles y humanas risas. Machacaditos y contentos subimos al bus, pues hemos cumplido una meta central del viaje.

La última jornada nos lleva al Palacio de Verano, al Museo de Ciencias y a los jutong de las zonas que recorremos. Nos metemos en las callejuelas del jutong y gozamos de la China real que, en islas, todavía sobrevive al Beijing constructor. Calles abigarradas y llenas de gente, con tiendas y comiderías como principales sitios de convocatoria.



Los retretes no son asunto privado

Asomamos la nariz por la entrada de una zona de viviendas familiares, que se ven pobres y modestas. Hay retretes públicos en distintas partes, que parecen comunales, pues hemos tenido ocasión de comprobar que, en la cultura china tradicional, los retretes no ocupan un sitio principal. Es un punto negro que el gobierno quiere modificar, promoviendo poco a poco los inodoros occidentales, a medida que avanza la red de saneamiento.

El Palacio es un complejo enorme de palacios, templos, jardines y paseos, con un lago como centro. No obstante, es el Museo de Ciencias el que sorprende más. China posee algunos de los mayores yacimientos fósiles del mundo y el museo es un compendio de esa riqueza.

Los esqueletos fósiles de dinosaurios, mamuts y una larga lista de especies animales y vegetales desaparecidas, llenan las vitrinas de sus varios pisos. Mensajes conservacionistas se leen en chino e inglés. Con todo, lo más estremecedor lo descubre Yosi, que nos convoca a gritos.

Se trata de una sala dedicada al cuerpo humano. Su singularidad es que alberga órganos y cadáveres... auténticos. Dos cuerpos enteros están de pie y dos acostados, inmersos en líquidos. Dos cabezas partidas dejan ver el interior y las formas de sus órganos incluido, claro está, el cerebro. No falta nada, ni siquiera fetos en sus distintas etapas.

La sala, leemos, ha sido resultado de la colaboración de universidades de Europa, EU y Australia con el museo. Los cadáveres parecen de blancos. En el museo de un pueblo de España tenían en exhibición a un negro disecado hasta que un médico haitiano montó un escándalo y lo repatriaron para que fuera enterrado en su África natal.

Los chinos exhibirían blancos en formol. Desde mi visita, años ha, a la sala de disección de la Universidad Nacional Autónoma de México, no había visto nada tan macabro, lo que no reduce un ápice la curiosidad. Por vez primera puedo observar nuestras interioridades bien cortaditas y mejor envasadas. Feos somos, me digo, y el sitio no parece indicado para recitar poemas de amor.


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