Lunes 27 de Septiembre de 2004 Hora local [an error occurred while processing this directive] | Managua, Nicaragua


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Opinión

Sobre el poema “Doscientos pesos”
Jorge Calderón

Licenciada Karla Castillo Rizo

Apreciable licenciada:



Leí, en mayo, un artículo que usted publicó en el NUEVO DIARIO en el cual hizo alusión a un poema que llamó “Doscientos pesos”.

He leído con regularidad otros artículos suyos, apartados de la tan corrompida politiquería nicaragüense, y la felicito por su estilo.

Hace pocos días, Álvaro, un sobrino mío, me escribió de Miami por correo electrónico, y me comunicó que usted ha escrito en La Estrella de Nicaragua, haciendo alusión al poema.

El poema es un caso histórico que ocurrió en Estelí, en las primeras décadas del siglo pasado, y me contó el suceso don José Floripe Valdivia, fallecido hace varios años, y dueño en ese entonces de la Tipografía Letras. Igualmente contó otro caso que lo traduje con el tiempo y lo titulé “Mi madre no es una puta”.

Hoy le remito el poema recientemente reeditado con su historia, con el único fin de que usted lo conozca tal cual es. Me despido deseándole el mayor de los éxitos en su profesión y expresándole las muestras de mi más distinguida consideración.



¿Quién quiere doscientos pesos?



Yo tuve una madre buena.

Yo tuve madre santa.



La que me arrulló en la cuna.

y lavó mi ropa blanca

de noche frente a la luna.



La que con ojos cansados

veló mi cunita enferma,

mientras sus manitas buenas

cosían ropas deshechas.



La que me enseñó, piadosa,

mis oraciones de niño,

me ayudaba en la escuela

más que nada por cariño.

Yo tuve una madre buena

Yo tuve una madre santa.



Con cuántos desasosiegos

no costeó la pobrecilla

mis estudios de primaria

con cuánta ropa lavada

y planchada, mi mamita,

no pagó mi secundaria.

Y aún recuerdo que por pena,

una vecina de enfrente

me dijo:



- ¿A quién buscas?

- A mi madre, le contesté muy ufano.

- ¿La viejita que lavaba

pisos de noche y de día?

- Si, le dije: ¡Esa es mi madre!

La mejor del mundo, ¿sabe?



Y cómo no he de saberlo

me dijo aquella vecina

si murió lavando pisos

anteayer.



Y ayer, cuando la enterramos,

al desasirle las manos,

que las tenía crispadas,

le encontré doscientos pesos:

los últimos que ganara

para enviárselos a su hijo,

y ayudarle a que a su lado

lo más pronto regresara.



Tómalos. Aquí los tienes.

Es dinero bien ganado.



¡Y no iba a serlo! Aquí están

doscientos pesos cansados.



¿Los quiere alguien? Los regalo.

Tómenlos, por Dios, que a mí...

¡A mí me queman las manos!...



Ocotal, Nueva Segovia








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