Domingo 7 de Noviembre de 2004 Hora local [an error occurred while processing this directive] | Managua, Nicaragua


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La poesía

Por Julio Valle-Castillo

 
En un país como Nicaragua, donde el poeta ha gozado a pesar de los pesares, de cierta áurea sagrada, atractivo malsano y de ser arquetipo identitario –Nicaragua, pueblo y república de poetas–, Mario Cajina-Vega (1929-1995) ha permanecido fuera del canon de la poesía nicaragüense. Nuestra crítica que no solía ser científica, sino subjetiva, impresionista o amiguista, tuvo todo el silencio y la reticencia para Cajina-Vega cuando no los prejuicios y resentimientos o antipatías, que él gozaba en provocar. Sin embargo, los narradores que irrumpieron entre los 50 y 60, para modernizar y consolidar la narrativa nacional, mayores o más jóvenes que él, lo acogieron como prosista, cuentista, novelista inconcluso acaso, ensayista y periodista. Extraordinario prosista para mal o en demérito de un poeta no menos extraordinario. Aunque en honor a la verdad, no todo es argolla o círculo cerrado y descalificación. Para contribuir a invisivilizarlo, su poesía inicial sólo había sido publicada en España y Nicaragua en forma de plaquettes lujosas y de limitada circulación y el resto de su poesía estaba inédita y andaba dispersa en revistas y periódicos.



Si a partir de 1967 alcanzó en antologías nacionales e internacionales, fue por razones políticas, aunque con el respaldo poético de su propio texto; no podía faltar su poema titulado “Cartel”, que novedosamente es un cartel:



LA REVOLUCIÓN es un pupitre,

es un estante en una escuelita

toda llena de lápices y papeles.



LA REVOLUCIÓN es el vestido.

es el estreno de los pobres en Domingo

y el pantalón y la camisa limpia para cada día.



LA REVOLUCIÓN es la comida,

es una mesa servida con su pichel de agua

y el tenedor y el cuchillo

sobre el mantel a cuadros,

teniendo además otro cubierto listo

por si acaso se aparece una visita.



LA REVOLUCIÓN es la tierra,

son los arados surcando los maizales

y una familia de azadones cultivando hortalizas.



LA REVOLUCIÓN es el trabajador

(LA REVOLUCIÓN es el obrero con una flor)



LA REVOLUCIÓN es el hombre

es el amigo que no piensa lo mismo

y vota en contra y sigue siendo el mismo amigo.



LA REVOLUCIÓN es el indio.



LA REVOLUCIÓN es un libro y un hombre libre.



Prueba está que, durante la década de la Revolución Popular Sandinista (1979-1990), fue uno de los poemas más traducidos y difundidos en el exterior, aunque ya para entonces Cajina- Vega había roto con la Revolución. Por razones políticas asimismo se distanció del conservatismo, no era liberal y su simpatía por el sandinismo se acabó con el triunfo de la Revolución en 1979, acentuando la marginación de un bando y la instrumentalización del otro. Como todo poeta siempre quedó mal con dios y con el diablo, sin que sepamos distinguir quién es dios y quién el diablo.



Cajina-Vega hasta ahora era casi desconocido como poeta. Pero de aquí en adelante, el patrimonio cultural, la vigorosa tradición poética de Nicaragua, una de las más ricas y desconcertantes de la lengua, y los lectores, contaremos con otro de nuestros espléndidos poetas. Poe-MARIO (Managua, Banco Central y Fundación Andrés Vega Bolaños, 2004) estructurado en doce secciones, recoge casi medio siglo de escritura, desde 1949 hasta 1995, lo que traza una trayectoria con ímpetu de destino, de fatalidad y con lealtad que sólo puede proceder de una auténtica vocación poética. Poeta, necesitado de vocablos nuevos, de un “abecemario de rimas cajinas”, como escribe él mismo; de aquí que sea tan dado a los neologismos y a las palabras compuestas. Prosista, sí, claro: su prosa no sería la que es sino fuera la prosa de un poeta, para citar a Octavio Paz, respecto a Ramón López Velarde. Cajina–Vega mismo en 1976, en un meta-poema declarará su predilección por la exactitud, o sea, por la revelación de la poesía, más que por la prosa:





Vi la prosa

Innumerable perfecto

Repollo de retórica

Dama que retoca sus arrugas.

Y ya no quise más exactitud

Que la poesía.





Poeta de la Promoción del 50, pero sin que se sintiera perteneciente a ella ni se reconociera entre y con sus miembros. Solía afirmar que no tenía ni generación ni promoción ni grupo literario. Sin embargo, fue editor de Fernando Silva, de Juan Aburto, de Guillermo Rothschuh Tablada, de Juan Francisco Gutiérrez, de Octavio Robleto… Colaboró en las revistas estudiantiles Ventana y Cuadernos Universitarios, que parecía más identificado con los frentes y estandartes y los escritores emergentes de los 60: Rosario Aguilar, Sergio Ramírez y Fernando Gordillo. Desde adolescente, Cajina-Vega se asume poeta ante el estímulo de su familia y el modelo inevitable de su tío Manolo Cuadra e inicia su producción bajo el magisterio del vanguardismo nacional e internacional; participa de la búsqueda e invención de la nacionalidad o de la nicaraguanidad, cultiva en su momento inicial, una de las tendencias más vigorosas, el telurismo, hace de la metáfora, corazón de la poesía moderna, el centro de su poética y maneja la enumeración caótica surrealista en aras del cosmos verbal que resulta el poema.



OSCUROS LIBROS GERMINALES



El hombre feliz (1949-1951) no oculta en su título la ironía y el sentido trágico de la vida: “Jamás llaméis feliz a un hombre en tanto no haya doblado la última página”, Sófocles. El hombre feliz nunca fue feliz; sin embargo, quizá a nueve años de su muerte, 10 de noviembre de 1995, en la misma fecha de Rimbaud, un poeta tan suyo, herencia de Manolo Cuadra, podamos decir que hoy es el hombre feliz. Aunque Mario Cajina-Vega conoció el dolor desde el primer día de su existencia, nació de la muerte de su madre, María Cuadra Vega; trauma que se transformó en el fundamento generoso, rebelde e idealista de su personalidad, para configurarlo como un romántico. Y por lo tanto, en un poeta moderno. Toda esta su poesía de El hombre feliz, aunque primeriza es lírica y de un lírico, nostálgica, subjetiva, sentimental, el yo afirmándose en la familia, hermanos, hermana que no ama, madre, padre, novias y en la evocación, desde España, de la provincia, en la fe cristiana y en la oscuridad verbal del surrealismo, aunque él no sea un poeta surrealista propiamente dicho: “Ocultamiento, oscuridad, desgracia: la poesía rota que hay en toda aventura del hombre”, según el epígrafe que él, en las cercanías del existencialismo, aprovecha de Sastre y glosa con la mística Santa Teresa de Jesús. Véanse estos versos:



Un poco solo esta tarde. Eso es todo.



Había un hombre cojo junto a su limosna;

una niña de ceniza; el cinematógrafo

a la vuelta de la esquina y una hoja

en el camino que va hasta el polvo.



Un poco de polvo y el alma. Todo lo de nosotros…





Poco después derivaría al telurismo, con algo del Neruda de esa época, García Lorca y Rafael Alberti: telurismo que despunta en Caballos para un capitán muerto (1953), y a veces evidente y otras veladamente cruzará de punta a punta su producción poética. Materia, elementos (“flores, viento, polen, tigre, viajeros, polvo…”), tierra que se abre en tumba para decirle “al oído: este es un beso” o para recibir el cuerpo de un combatiente a la jineta, un Centauro de las inveteradas guerras civiles: el capitán Horacio Vega Fornos. Elegía, retrato y el poema vuelto animal de cabalgadura para remontar a la muerte:





Ya sólo el caballo.



Cal en su espuela, mi capitán se ha muerto

Y lo llevan de cielo junto a la bandera.



El casco no vuelva de la huella

El caballo sin la tierra!

La espada brille su sed en la ruta

El capitán sin su cintura!



Entra el clarín al crepúsculo.



Esta poesía juvenil contrariando a su tiempo y a su estética, se ejercita en versos, rimas y elementos formales, que otros rechazaban en busca de una expresión moderna.



UN EXTERIORISMO BARROCO

Un año más tarde empezaba su nuevo poemario Tribu (1954), que no dejaría de enriquecer, ir y volver, sino hasta 1983. Es un canto, diáfano, concreto, exteriorista como lo llamamos en Nicaragua o neo-objetivismo norteamericano, como lo llamaba él, opuesto al telurismo oscuro. Como su nombre lo indica, es un conjunto, un grupo de poemas, una tribu fácilmente ubicable: chorotegas, nahuatlatos y mestizos de la manquesa, de Masaya y sus alrededores. Aunque el descubrimiento literario del indio proceda de Joaquín Pasos y Misterio indio o Tierra tostada y de Barro en la Sangre de Fernando Silva, en Mario Cajina-Vega hay una vivencia de lo indígena, una adopción de esa cultura, la mamó en las tetas de “Josefa la de Diriomo”, que lo hizo “dirián de tu Diriomo, nací chicha cilián”; hay una convivencia directa, sensorial, óptica, olfativa, auditiva, táctil y gustativa, sabor a tierra, que es carne, olor a indio con sol (“Procesión”), colores, tersura y frescura de tinaja y sombra, sosiego de rancho que hasta posee alma como en “Santidad rural”:

Cuando el ranchito se muera

¡Mártir de las estaciones!

Su alma de palma irá al cielo

En hombros de cuatro horcones



Todo un conocimiento de causa; de ahí que para Cajina-Vega el indio sea la tierra y él en tanto, indio, su cuerpo una analogía del mapa de Nicaragua. La india es la tierra y en una madrugadora invención de primera persona femenina, ahora que se habla de género, habló por el drama de la mujer indígena:



ECHAMOS la tortilla,

zurcimos las enaguas,

mercamos, sufrimos.

Parimos,

dormimos.



Vamos al cuartel con la batea,

visitamos al hombre preso,

cargamos con los hijos,

andamos descalzas.



(…)

Andamos en las guerras calentando el café,

enterramos a la gente.



Nunca decimos nada.

Morimos solamente.





Pero el indio también es el mito, o sea, el Sol, divinidad aborigen, Maíz, sacerdote o cacique papagayo (como en Pablo Antonio Cuadra y Alberto Ordóñez Argüello), la geología, estaciones y cantares con guitarra (como en Joaquín Pasos), es lengua (como en Silva), es historia y política (como en Pérez Estrada y Ernesto Cardenal) y es sociología, campesinos palúdicos, carne de cañón, flacos y postrados.

La provincia vuelve a ser patria; de allí su original por enumerativo de cifras “Ciudad Masaya”, coincidente con “El Castillo” de Silva y “Oda a Juigalpa” de Rothschuh. En Tribu, patria y provincia son familia, vida doméstica e historia, de aquí su nacionalismo antianglosajón (”Postal de los puertos”) encarnado los próceres independentistas y antifilibusteros. Desde la Chichigua y los poetas en torno a Rubén Darío, hasta un caudillo mítico y lítico, que podría ser y no ser Emiliano Chamorro, hasta uno de los primeros aportes al imaginario nicaragüense: Augusto C. Sandino y Ramón Raudales. Todos consolidan la intuición e idea de nacionalidad, que se hace verbo y habita entre nosotros. El pueblo, en este código no podía faltar y es el pueblo hispanoamericano, representado en Bolívar, genealógicamente hacia atrás y hacia el futuro. Se ha dicho que a Cajina-Vega se le sale el conservador en Tribu; sería limitar demasiado los registros, la visión y la experiencia. Es más, mucho más que paternalismo patriarcal y pintoresquismo. La poesía trasciende.



Rodelas mantiene a pesar de la distancia en el tiempo (1982-1991) correspondencia con Tribu y resulta como huaca de cerámica luna, de objetos prehistóricos, pedernales, ollas, ocarinas, metates, atabales, la lengua náhuatl enterrada, pero al desenterrase adquiere su expresión luz o claridad, en un paisaje dominado por el volcán Masaya:



Megalítico, cuaternario, tallado en lava

Adereza con humaredas

Su viejo penacho de guerra



Vuelve al neopopularismo de la vanguardia (coplas, cantares, asonancias) y a la imagen. Un telurismo de postvanguardia cada vez más claro y cada vez más mestizo; dos tierras de la tierra, no es gratuito el epígrafe del gran español Francisco de Quevedo que abre la sección: ”Traigo todas las indias en mi mano”, es decir, en mi pluma.



San Jeronimbó, EX VOTO (1982), también se entrelaza con Tribu y Rodelas. Es la persistencia del complejo etnológico, o sea, racial-cultural-religioso masaya, de Masaya. El neologismo fusiona al barrio (Nonimbó) y al santo (San Jerónimo) y el poema se convierte en EX voto: reliquia de la artesanía devota popular. Pago por el milagro. Pero este poema es una danza verbal y una musicalidad a la vez, la reiteración de versos, el aprovechamiento de rimas y acentos, configuran la danza y el son, que es la forma de oración o de comunicación con el mundo numinoso de los indígenas:



La procesión camina

Camina culebra bajo el sol

Los indios que bailan

Baile son

Baile son

Baila el indio Namoyure

Baila el indio Chon Pabón

Baila el indio Nacatime

Baila el indio Monimbó

Baila el indio retobado

Baila el indio sin calzón

Baila el indio toroncón…

Ya el Santo va en la ronda

Ya la ronda ya se alborotó

Ya lo llevan por la Calle Honda

A compás de machete y molejón.





Profundización y expansión de lo nacional, por tanto, ya no sólo de una tendencia epocal y generacional, sino de su expresión personal.





COSMOPOLITISMO Y HETEROGENEIDAD



Fe de erratas, título de hombre que cree en sus errores; título de artista gráfico, tipográfico, en una constante rectificación o corrección de pruebas y exposición de una amplia visión poética: Del telurismo, del indigenismo, como sinónimo del americanismo y del nicaraguanismo buscado, Cajina-Vega pasa o simultáneamente produce una poesía exotista, cosmopolita, urbana y de anticuario, actitud que me remite a Prosas profanas de Rubén Darío. De la arqueología indígena se cruza a las estatuillas y bastones egipcios, al sarcófago de Nefertitis; de la antigua Flandes, a la cosmópolis de Nueva York; de la danza indígena pasa a las tamborinas y al jazz y del mundo museo, pasa a los poemas de oficina, estancias de máquinas, gerentes, secretarias, teléfonos, coincidiendo con los Poemas de oficina de Mario Benedetti. . De la afirmación vital se traslada al “Autoepitafio”, de la celebración del amor doméstico y conyugal, “Són de Xilma” pasa al erotismo que se va en acaricias, gozo y escalofrío del cuerpo de la mujer, “Elegías del Nigromante”.

Veamos tres ejemplos de las “Elegías”:



Yo nunca he vuelto y el viento a veces

Arremolina mi tristeza

Con un vago perfume indiferente.

(…)

Cuando te me niegas

Soy un mendigo que implora

A la sombra de su propio palacio blanco

(…)

Duerme desnuda

La noche que me recuerdes

(…)

Visión de civilizaciones desconocidas y registros formales, hasta entonces inéditos en él. Ruptura y afirmación de su neo-objetivismo. Inicio de su diversidad o heterogeneidad



CRITICA Y HUMOR DE VARIOS COLORES



Aunque todos sus libros están salpicados de poemas breves, sus Minigramas, ilustran un doble juego: el ludismo formal, artístico, cultural y su inconformidad o crítica al mundo en que le tocó vivir. Poemas mínimos, de un solo verso, monóstrofes, dísticos y estrofas a veces rimadas, de pocos versos. Escritos entre 1971 y 1992, oscilan entre el aguijón epigramático, la metáfora, la imagen visual o pictórica y el madrigal. Desencanto y encanto por la humanidad, cinismo y escepticismo ante la política nacional y adoración por el arte (Francisco de Goya y Picasso) y la mujer. De la acritud, del humor negro, de la bilis verde, que alimenta la tristeza a la mayor delicadeza. Unos ejemplos al azar:



Señor: devuélveme a mi mismo

….

Una vida es más que biografía

….

¡Desnudez! / mi mano en tu piel / ¡Desnudez!

….

Donde hay risa no hay compasión

….

¡Qué elegángster!

Todos mis enemigos han muerto / menos yo

….

El que nunca fui / me llama hacia otros recuerdos

….

Palabrasideasimágenes

….

Asnalfabrutos, analfabetas

….

Todo generalito / hace su Robolución



Alarde y a su vez, despilfarro del genio y del ingenio. Comparte muchos rasgos estilísticos, además de ser coetáneos, con los Artefactos del chileno Nicanor Parra y los Poemínimos del mexicano Efraín Huerta. Los Minigramas de Cajina-Vega en el centro de América ….



LA INFANCIA Y EL POEMA EN PROSA



El Hijo (1976) es un prosario, es decir, prosa potencializada en poema, poema en prosa, prosema, creación por intensidad, lirismo y evocación acelerada. Ser vivo, orgánico, una criatura nostálgica o exaltada que aún no alcanza la adolescencia o un joven que será niño eterno. Otra edad, paraíso perdido de la infancia. Obra en permanente gestación; no en vano la contratapa apunta que es un “Libro al cual el lector agrega páginas propias y el autor continuará escribiéndolo siempre”. Y como tal, éste hijo es caprichoso, desobediente, juguetón, exhibicionista con sus dones, hace gracias con su gracia poética y con su oficio hasta el artificio; inocencia y asombro; puro por primitivo, huraño ante la sociedad.

El hijo de doña Lolita Vega y de don Simeón:



“no saluda a nadie, no reconoce a la familia, no sabe de parentela, va a ser solo, es otro”.



EL hijo es la fragmentada novela de un niño provinciano de la oligarquía en la Nicaragua de las décadas de los treintas y cuarentas. Los elementos narrativos abundan: protagonista y personajes secundarios, tramas y acciones, atmósfera y el paisaje con reminiscencias del postmodernismo y hasta con la presencia de las primas, las primas hermanas, las primas novias, las primas idealizadas, el incesto posible muy del paladar simbolista, tópicos del mexicano Ramón López Velarde, del argentino González Merino, y de los nicaraguenses Lino Arguello y Antenor Sandino Hernández. Su afán de “escritura artística” en El hijo, acusa un parentesco con la prosa del Juan Ramón Jiménez de Españoles de tres mundos (1942).



Prosario, está compuesto de Lugares (1959) y de textos posteriores (1975…) que anuncian o prefiguran El hijo estilística, emotiva y temáticamente hablando: Lugares del vecindario y objetos de la casa, el lugar principal, casa de adobe y teja, casa colonial: corredores, salas, aposentos, patios, flores, cenzontles, daguerrotipos, baños de antaño; estampas del acontecer político con gritos partidarios, una finca llamada la Vega, las marimbas, las hamacas, los metates y siempre el paraje volcánico y lagunero. Prosario ratificación de que la prosa se aparejó con el verso para configurar el poema en la poesía moderna.



PROTESTA Y RUPTURA CULTURAL



Tres códices y una estela es acaso uno de sus mejores poemarios de Cajina-Vega, cuatro poemas donde retoma con total propiedad el neobjetivismo norteamericano o exteriorismo barroco y el prosaísmo sentimental del posmodernismo de Tribu. Su verso libre rebasa a veces en versículos rítmicos y cadenciosos, envolventes. Son tres poemas largos narrativos, coloquiales y anecdóticos. Corte de caja cultural, o con las culturas del poeta, tres arquetipos hacen al hombre y a Cajina-Vega: el cacique sabio, filósofo y dialogante, Nicaragua (cultura indígena), que se siente ocupado y desplazado siglos después en su propio reino por la ideología marxista leninista, que no nacionalista o sandinista:



Yo, a los ochenta años, venganza sin vergüenza,

cacique Nicaragua,

rey y señor de pueblos chorotegas y mangues,

rey y señor hoy de raza esclava,

alzo la mirada lastimosa a la ceiba sagrada.



.

Job (cultura hebrea o judía), que encarna la paciencia ante las desgracias o tragedias modernas y posmodernas.



Y Ulises u Odiseo (cultura grecolatina), que representa el fracaso de la aventura occidental.



Soy un hombre vencido, soy el soldado aburrido.

Toda Troya por Elena, me dije.

Ni fue París, ese afeminado,

ni Menelao, inútil entre sábanas,

ni Aquiles, esclavo de una esclava.

Tampoco la ciudad culpable.

¡Qué menos Grecia, pura putería de juegos y

hechiceros…!

Elena estaba en la costa, ella y sus cabellos

y yo, el navegante.

Ahora me espera otra, tejiéndome infamias.

Soy el hombre de las guerras ajenas.

¡Quiso ser mía Elena!

Todos combatimos por mentiras.





Para Cajina-Vega los proyectos de sus culturas, las civilizaciones, las eras se malograron. No es gratuito que los escribiera en la década de los 80. No es gratuito que la estela, el cuarto poema, sea la descripción de sus exequias, donde aparece una dama incógnita y luctuosa, que se me parece a la Poesía, para salvarlo y llevar el ritual. La estela de su muerte.



El AMOR SALVADOR



Sin embargo, Cara y corazón, dos logos indígenas, son un conjunto variado de poemas políticos, elegías, epístolas a viejos amigos, pero sobre todo, poemas de amor a su mujer, Xilma Buitrago Martínez. Es el libro del poeta con sus temas, obsesiones o temáticas de un poeta erótico, conyugal y amatorio: el vestido, la primera vez que bailaron, el tocador de la amada, el viaje en otoño.... pero toda la sección tiene un tono o dejo de despedida, angustia, polvo que es tiempo, tiempo que todo lo arruga y ensucia, hálito de la muerte y presencia de la vejez. Más que Cara y corazón, es Amor y Muerte, Eros y Thanatos.

Véase “El sueño” :

.

¿Adónde estuve anoche?

Sí, ya lo sé: cenamos temprano,

té. Quesitos y galletas por la dieta.

Después pusimos la tele

Mientras hablábamos de pasados recuerdos familiares

–ese dolor cuya uña nos roza como un muñón–

y entre diez y once a la cama, señor y señora.

Pero yo, yo adónde estuve anoche…



POLIGLOTA



Traducciones / traiciones, refrán italiano que equipara al traductor de poesía con el traidor al poema, pero el concepto no va con Cajina-Vega, porque no era traductor, sino recreador, en el doble sentido, de recrearse, gozar y volver a crear. Hacer una traducción es hacer un poema igual y diferente al original. Sus traducciones son apropiaciones de poetas y textos con los que él se identificaba o se identificó a lo largo de su trayectoria: con el ars poética comprometida y con el amor como única salida de Paul Eluard, con la poesía de temas indígenas mexicanos de Richard Elman, con la poesía de denuncia política de Constantin Kavafis, con la voz de los muertos en la naturaleza de Edgar Lee Master, con la actualización de Cristo, el mechudo aquel de Lawrence Ferlnghetti. De este modo para el poeta heterogéneo hay que recurrir a varias lenguas, francés e inglés, especialmente; de este modo redondeaba su periplo poético; de este modo se incorporaba a lo que podría ser la escuela nicaragüense de traductores, o sea, de recreadores, no literalistas, con José Coronel Urtecho y Ernesto Cardenal a la cabeza.



PUNTO FINAL



Sumando estas notas, acaso vemos a un poeta llamado Mario Cajina-Vega algo solitario en su promoción del 50, pero relacionado, cercano a sus compañeros. Un poeta desconocido, pero formidable. La heterogeneidad lo define moderno, su modernidad lo hace experimental, su nacionalismo lo vuelve universal. Mezcló géneros, formas y contribuyó a deshacer el mito de que el prosista no es poeta ni puede hacer poesía con la prosa, tarea en la que estuvo junto a Ernesto Mejía Sánchez. Exteriorista interiorista y metaforizante, que nunca anuló ni el Yo doliente, trágico ni las imágenes que recibía y generaba el yo poético. Un poeta sin el cual la poesía nicaragüense no estaba completa.



Masaya, mayo de 2004.


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