Jueves 4 de Noviembre de 2004 Hora local [an error occurred while processing this directive] | Managua, Nicaragua


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Opinión

De nuestra incipiente democracia
Jaime Pérez Alonso.

Mil veces lo he dicho y lo diré una vez más: somos un pueblo cuya errónea interpretación y asimilación de su precaria experiencia histórica no le ha permitido marchar acorde con la evolución social de los tiempos. En consecuencia, nuestro pueblo --considerado como una sola conciencia nacional-- no está preparado, repetimos, para interpretar el significado y la trascendencia morales que involucra la formación y consolidación de una auténtica conciencia republicana.

Ayer, en vez de mantener una secuencia histórica normal de eventos, preferimos, por conveniencia y festinadamente, saltarnos etapas. Este apresuramiento desmedido de nuestros inquietos próceres de ayer nos incapacita hoy para comprender la importancia de esos valores cívicos que constituyen el meollo fundamental de la responsabilidad ciudadana, esa responsabilidad única capaz de garantizar la integridad moral de la república. En consecuencia, somos también incapaces de interpretar en la práctica las múltiples calistenias del quehacer democrático. Ante la falta de una sana conciencia política optamos por recurrir al matrerismo vulgar del asaltante de caminos que quebranta la ley a la medida de su conveniencia.

De ahí surge el estancamiento institucional que nos tiene ahora detenidos en esta triste encrucijada de nuestra historia. Aceptémoslo, pues, con humildad: no estamos preparados para la democracia. Y mientras esta condición de estancamiento cívico-moral continúe vigente seguiremos teniendo siempre los gobiernos que merecemos. Porque un Parlamento de débiles mentales, que el pueblo logrará ascender como por milagro, a un superior estado de conciencia. No olvidemos que la sociedad es el compendio del infinito nudo de sus propias frustraciones insolventadas. Aunque éste es un tema para ser tratado por separado en otra ocasión. Más bien implementemos nuestros criterios anteriores para mayor claridad del lector.

Una de las razones fundamentales, decíamos, que han originado nuestro peligroso estado de cosas es, en primer lugar, el escaso o nulo grado de conciencia cívica de nuestro pueblo. Así vemos cómo nuestra historia nos pone de manifiesto, a través de sus incontables reveses y a partir de una mal hada “independencia”, que necesitábamos, al menos, de cincuenta años mas de coloniaje. Aunque, eso sí, preferentemente bajo la tutela de diferentes nacionalidades (ya sea holandesa o inglesa) para así haber podido nutrirnos del beneficio que representaba la influencia de una pluralidad de culturas. Desde esta última perspectiva, lamentablemente, nuestra célebre heroína nacional, Rafaela Herrera, significó, como su épica puntería, una verdadera rémora en nuestra cultura política. El suyo fue, nadie lo duda, un bello gesto lírico imprudente y nefasto desde la dinámica sociológica de nuestra historia.

Fue así como nuestra cultura política ha crecido, endeble y desconcientizada, como resultado inevitable de montoneras tribales e inmorales pactos entre caciques mafiosos e incultos y sin ninguna visión estructurada de nación, quienes gobernaron bajo el impulso enfermizo de su propia paranoia y demostrando el más olímpico desprecio a los derechos humanos de los ciudadanos. Todo esto ha hecho de nosotros un pueblo huérfano de civismo y el que, desprovisto de toda brújula moral, desconoce el inmenso valor que la institucionalidad representa para el sano funcionamiento de la democracia.

Es entonces que el Estado, enfermo y desorientado, comienza, bajo la presión de estímulos negativos y sin el apoyo moral y cívico suficiente de una responsable y dinámica sociedad civil que lo respalde, a dar palos de ciegos sin lograr producir respuestas adecuadas a los retos que se le plantean en las etapas difíciles de su historia política.

Detrás de todas las motivaciones anteriores se destaca, como origen principal de nuestros problemas nacionales, indiscutiblemente, nuestro arcaico sistema educativo, el cual carece, entre tantas otras cosas, de un programa bien implementado de instrucción cívica que fomente en el futuro ciudadano esa noble visión republicana de gobierno, visión que se nutre del conocimiento y la preservación de los derechos y deberes de los ciudadanos como eje fundamental del espíritu de la comunidad constituido en nación. Concebida la nación como el resultante de un colectivo homogéneo cuya vida integral y armónica no sería nunca posible sin el consorcio y esfuerzo universales de los ciudadanos que la constituyen.

Porque es únicamente dentro de un claro concepto de unidad en la diversidad que se puede garantizar el sano y dinámico desarrollo de un país. Esto, sin embargo, no sucede cuando los ciudadanos, al estar exclusivamente dedicados al enriquecimiento personal, se desvinculan del ideal colectivo y, en su irresponsabilidad, permiten que personas salidas de los más bajos estratos morales de la sociedad, ambiciosa y egoístas, se dediquen, con insaciable rapacidad, a lucrarse con los bienes del Estado. Este crimen representa una actitud de lesa Patria por cuanto a su efecto repercute desastrosamente en los planes de desarrollo social del país. Estos malos ciudadanos se convierten, entonces, en una trágica rémora en el camino del progreso.

Esto es lo que hoy han estado perpetrando en Nicaragua un grupo de pseudo-liberales corruptos, quienes se proyectan en el ámbito moral, ante el tribunal de la historia patria, como individuos desalmados, carentes de toda conciencia comunitaria y enemigos del orden y de la constitucionalidad, es decir, como enemigos de la civilización y la cultura. La presencia de este tipo de sub-hombres en una comunidad significa que los ciudadanos habían olvidado que la democracia, como sistema constituido por personas responsables, requiera de una eterna vigilancia. Hagamos ahora una breve reseña de las últimas etapas de nuestra historia política.

Ayer fue el Frentismo el que detentó desastrosamente al poder por toda una década con un irresponsable experimento económico que dejó al país en bancarrota; antes fueron los Somoza con medio siglo de desafueros y rapiña; luego Alemán quien, con la abierta complicidad de sus sicarios y paniaguados que hoy lo defienden, se dedicó a hacerse multimillonario en cinco años. Ahora bien. Si pronto no logramos realizar el proceso de una verdadera independencia del país, es decir, la independencia moral y cívica que tanto necesitamos, entonces, mucho me temo que habremos de continuar padeciendo indefinidamente de la misma enfermedad que hoy nos agobia, ya que en el fondo de nuestra conciencia ciudadana, los nicaragüenses no habremos cambiado. Porque el nuestro, repetimos, se habrá convertido en un padecimiento crónico, de origen moral, y que es el producto de una educación cívica defectuosa, la cual requiere que el factor del respeto al derecho ajeno (que es tan amplio) sea incorporado, como Regla de Oro, en la formación de la conciencia ciudadana. Actualmente nuestro ciudadano no ha aprendido a pensar y actuar en términos de colectividad, habiendo olvidado, lamentablemente, el precepto redentorista por excelencia que enseña que “sólo el hombre salva al hombre”. Porque es solamente desde esa visión integral y que todos necesitamos y que hoy se encuentra claudicante y en harapos. Una nación próspera y soberana, así como espiritualmente trascendente en las grandes realizaciones del espíritu como fue nuestro Rubén Darío.

No debemos nunca olvidar que es únicamente en su diario quehacer comunitario que un pueblo logra manifestar plenamente el legado humanista de su alma nacional, legado que sus hijos más dilectos han ido acumulando para sus hijos y los hijos de sus hijos a través de la historia. Esta herencia es igualmente ofrecida por un pueblo a la humanidad entera con quien comparte un destino común.

Y, para terminar, repetimos lo que afirmábamos al principio, y es que la formación (y transformación) cívica y moral de nuestro ciudadano está aún por iniciarse en nuestra juventud. Esto en conjunto con la reconstrucción económica de una nueva nación sobre las sólidas bases de un Estado de Derecho que haga sentir el espíritu de su autonomía moral en todos los ámbitos de la restaurada conciencia republicana.

Nadie mejor que nuestro dilecto, aunque injustamente olvidado, Santiago Argüello para describir la naturaleza sórdida y fétida de esos malos hijos que denigran a la patria obstaculizando su desarrollo integral con sus siniestras maquinaciones maquiavélicas, precursoras del caso. Léase su libro: Mi mensaje a la juventud, el cual es una obra que, por su gran trascendencia cívica y espiritual, debería ser de estudio obligatorio en nuestros colegios y universidades. Y quizás, así mediante el razonado estudio de las preclaras doctrinas del maestro Argüello, logremos sentar las bases de la transformación cívica del ciudadano de la próxima generación.


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