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“Yo moriré de angustia alguna noche, alguna…”, escribió Joaquín Pasos a los 13 años. Veinte años después aquel verso lapidario adquiriría categoría de premonición al enfrentar la madrugada del 20 de enero de 1947, la agonía final que clausuró su vida prematura. La una de la madrugada marcara el reloj de Catedral cuando el poeta, que apenas divisaba ondear en el horizonte las banderas de sus 33 años, vio marchitarse su vida y con ella lo que faltaba por emerger de su poesía, para entonces seductora, enigmática, precisa y misteriosa. Quizá, en la soledad de la muerte, se haya visto detrás de los espejos “allí donde hay museos de museos / y las antiguas corbatas se ahorcan en silencio” y desde su cuerpo astral se haya despedido de su vieja cara nueva “que yo clavaba en un bastón y la paseaba por las aceras…”.
Del poeta, nacido en Granada de Nicaragua el 14 de mayo de 1914, se dice que a los tres años fue a la escuela y que el inglés lo supo siempre, sin que se sepa cómo y sin que nadie se lo hubiese enseñado, llamado por Pablo Antonio Cuadra el “inexplicable” inglés de Joaquín Pasos. Cultivó la poesía desde su infancia y desde entonces se veía la calidad que distinguiría pocos años después. Ernesto Cardenal dice haber visto en los papeles de Joaquín un cuaderno de versos de su infancia, “son versos románticos, pero no son malos, pues Joaquín nunca escribió versos malos”. A los 15 años escribía buena poesía vanguardista y a los dieciséis José Coronel Urtecho lo había llevado al grupo Vanguardia, integrado por Luis Alberto Cabrales, Manolo Cuadra, Pablo Antonio Cuadra, Octavio Rocha, Alberto Ordóñez, José Román, Luis Downing, Joaquín Zavala Urtecho y Carmen Sobalvarro, “una poeta enamorada de Sandino”. Según Jorge Rodríguez Padrón, “al acoger a Joaquín Pasos como uno de los suyos, los vanguardistas nicaragüenses de 1929 permitieron, quizá sin plena conciencia de lo que hacían, que en el seno de su movimiento renovador, arraigara un vigoroso y verdadero principio poético”. Aquel joven -agrega- construye, de modo original, un orden inverso, alimentado por la espontaneidad de una palabra poética en estado puro que más tarde el poeta confesaría haber rescatado “entre los pequeños vestigios de la poesía popular que habíamos heredado del tiempo colonial”. “La aventura vanguardista de Joaquín Pasos, apenas adolescente, habla del hombre libre que ocupa el espacio de su lengua con una fuerza destructora y constructiva a la vez. No hay concesiones al orden ni se enajena en la tibieza o en la vulgaridad del estereotipo, por atractivo que éste pueda ser. El poeta no se limita a ser un discípulo. No es un converso que se contente, religiosamente, con cumplir el ritual aprendido. Disfruta la satisfecha alegría por el hallazgo, el placer del riesgo al osarse a buscar la otra cara de lo nombrado, que es lo vivido, y de la palabra que lo nombra, que es la vida. Su existencia nada es sin el árbol de palabras que de ella brota y se abre imparable y se dispersa en prodigiosa fundación verbal. En él vida y poesía son lo mismo, sin hiato alguno: un cuerpo de palabras, contemplación recíproca de la una en la otra, desde la mutua perplejidad que abre -misteriosamente- las puertas de esa revelación que con extremado celo, toda poesía guarda, aguardando el encuentro”. A los veinte años se trasladó a Managua donde con Joaquín Zavala fundó Opera Bufa, revista política, literaria y humorística en la que denunciaba a los partidos Liberal y Conservador. Decía que había una conspiración de los ancianos contra los jóvenes, y que los ancianos no sólo dirigían la política sino las revoluciones, para que murieran los jóvenes. Trabajó en la página literaria Los Lunes de La Prensa, en la revista 1938, que dirigió con Ordóñez Argüello y en Los Lunes de La Nueva Prensa, una revista humorística dedicada casi exclusivamente a atacar a Somoza García y que con él la hacían el poeta Manolo Cuadra, los humoristas Ge Erre Ene y Alejandro Cuadra, y el caricaturista Toño López. Sus burlas al tirano lo llevaron varias veces a las cárceles de La Aviación y El Hormiguero, de ingratos recuerdos para muchos nicaragüenses que jóvenes sobrevivieron a las torturas y que ahora viejos, -si es que llegaron a viejos-, aún intentan sobrevivir entre las desventuras de este desafortunado país. En la introducción que Ernesto Cardenal escribiera para el libro Poemas de un Joven (Editorial Nueva Nicaragua, Febrero 1983) se lee: “Joaquín Pasos nunca publicó un libro sino que dejó su obra dispersa en muchos periódicos y revistas de Nicaragua y el extranjero. Revisando sus papeles para reunir sus poesías… me encontré el título que él había escogido para su libro de poemas: Poemas de un joven. El título fue profético porque Joaquín Pasos murió joven. Siempre fue joven. Siempre se estaba recibiendo de abogado y no se recibió nunca (y todavía al morir estaba pensando escribir su tesis); siempre se iba a casar y no se casó nunca, siempre iba a publicar su libro de poemas y no lo publicó nunca…”. La poesía de Joaquín Pasos espera por quienes deseen acercarse a ella, sumergirse en sus aguas, apacibles y diáfanas o agitadas y misteriosas, para disfrutarla como se disfruta, cuando se alcanza, un deseo durante mucho tiempo anhelado. Joaquín Pasos pintó tan buenos poemas como los mejores de la poesía nicaragüense y de América entera. Sus versos llevan la marca indeleble de lo que se escribió para ser y quedarse. A veces son abstractos como se perfila con nitidez en el Poema inmenso: “En estas tardes tu perfil no tiene línea precisa…”. O palpitantes como en la Construcción de tu cuerpo: “Estás desnuda aun, flor de sueño, / animal que agita las aguas del alma, / emoción hecha piedra…”. Y enigmáticos como en Imagen de la niña del pelo: “sólo está el agua ciega que palpita / turbada por el paso de los sueños…”. A Joaquín Pasos lo asocio con Leonel Rugama, el poeta de Estelí, muerto en combate a los 20 años, más joven que Joaquín, -pero también grande en la literatura nacional - y lo asocio no sólo por ser poeta, sino porque él como Leonel, no fue indiferente frente a la realidad que le tocó vivir en la Nicaragua de la intervención norteamericana y de Somoza. Termino este homenaje en los 90 años del nacimiento de Joaquín Pasos reproduciendo uno de sus editoriales escrito hace 70 años en Opera Bufa, cuyo contenido encierra una vigencia tan impresionante que al leerlo pareciera que Nicaragua, -donde todo se comercia-, está atrapada en los indescifrables laberintos del tiempo. Escribió el poeta: “Se comercian las ideas, se comercia el honor, se comercia el gobierno, el amor, la mujer, el hombre, el periódico, el voto, el sentido común. Se comercia la razón, la tierra, el canal. Se comercia el sandinismo, el conservatismo y el agua. Se comercia el liberalismo, la luz, el pensamiento y la caricatura. Se comercian: la aptitud, la opción, el verso, la conciencia, la palabra, la prosa, el discurso, la política y el odio. Se comercia la estupidez y la tontería. Se comercian la noticia y La Noticia. Se comercia la nación y La Nación se comercia el comercio y El Comercio. A pesar de lo que dicen, también se comercian: el banco, la guerra, la ley, el senado y el beso. Se comercia la ley. Se vende la ley. Se compra la ley. Se vende la presidencia. Se compra la presidencia. Se comercia la presidencia. Se comercian los ministros, los secretarios, las revistas y el entusiasmo. Se vendieron las aduanas y los ferrocarriles. Se regala el canal proyectado. Están en baratillo: la belleza, la virginidad, los candidatos, los cándidos, los ideales, los abogados, los médicos y los dentistas. Están en subasta al mejor postor: el cónsul, el yanquee, el prejuicio, la decencia y los territorios nacionales. Además se comercian la juventud, la policía y el prestigio, etcétera, se comercian los etcéteras. Y mientras todo se vende y se comercia: Nicaragua está en quiebra”. Managua, Mayo 7 2004 urtecho2002@yahoo.com
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