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Viernes 21 de Mayo de 2004 | Managua, Nicaragua
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Sombras de la revolución en Nicaragua

Tomás Eloy Martínez
MANAGUA

Al caer la noche del primer viernes de mayo, doña Violeta Barrios de Chamorro -que ha olvidado en alguna parte los 74 años declarados por sus biografías- me sirve de generosa guía por los rincones de su casa, donde están las sombras de su historia y las de su país, Nicaragua, que a menudo se confunden.

En la sala, tres de sus hijos dialogan sobre Mark Twain y sobre Rubén Darío con el novelista Sergio Ramírez, que fue vicepresidente de la república durante la década sandinista y que ahora, apartado casi por completo de los azares políticos, vive para las felicidades de la literatura. En 2003, publicó otra de sus grandes novelas, Sombras nada más, y el año que viene aparecerá la próxima, Nada quieras saber de mi pasado.

Los Chamorro y Ramírez fueron aliados en los primeros tiempos de la revolución sandinista; luego, adversarios corteses, y ahora están del mismo lado de la sutil frontera que en Nicaragua, como casi en todos los países de América latina, divide a los ciudadanos limpios de aquellos que se corrompieron con el poder.

En la casa, austera y de muros reforzados por un cerco de púas, la historia ocupa todos los rincones. Dentro de un armario, doña Violeta conserva los objetos que su marido, Pedro Joaquín, llevaba consigo cuando el automóvil que conducía por una avenida de Managua, el 10 de enero de 1978, fue obligado a chocar contra un poste, mientras los esbirros de la guardia del dictador Anastasio Somoza le descerrajaban más de cien balazos. Allí están los anteojos sucios de polvo, con los vidrios extrañamente intactos; allí, también, la camisa teñida de sangre, la billetera con cien córdobas, los zapatos y las hojas rotas de La Prensa, el periódico que dirigía y que aún pertenece a la familia.

El dormitorio sigue con las mismas dos camas de bronce, como en aquellos tiempos. Doña Violeta duerme en una de ellas, aferrada a sus recuerdos. En el cuarto de al lado, las paredes están tapizadas con las fotografías de sus años presidenciales, entre 1990 y 1995, antes de que cediera el gobierno a una figura mítica de la corrupción, Arnoldo Alemán, que ahora purga sus crímenes en una cárcel condescendiente. El vestido blanco, que fue su símbolo de paz durante la campaña electoral de 1989 y con el que asumió la presidencia, yace en otra vitrina, cruzado por la bandera nicaragüense.

Hablé con decenas de periodistas de La Prensa y El Nuevo Diario durante los días previos a mi comida en casa de doña Violeta. Todos ellos me dieron infinitos detalles sobre la corrupción, que traté de confirmar, luego, con la ex presidenta y con Sergio Ramírez, sin lograr retenerlos en la conversación. La viuda de Chamorro sabe que el pasado es frágil y no quiere perturbarlo con las ruinas del presente. Quien libra ahora las batallas políticas es su hijo mayor, Quinto Pedro Joaquín, que probará suerte en noviembre como candidato a la alcaldía de Managua por el Partido Liberal Constitucionalista. Puede que gane, porque las encuestas están concediéndole una sólida ventaja. Y Ramírez ya está de regreso. Se despidió del sandinismo en un notable libro de memorias, Adiós muchachos, y no quiere echar sal en las heridas que allí quedaron abiertas.

No queda mucho de la revolución de 1979, pero quizá lo que aún sobrevive justifique los cincuenta mil muertos que fue dejando por el camino. A los pocos días de que Anastasio Somoza abandonó su bunker -desde el que se dominaba la capital- y huyó a Miami, la junta de gobierno, de la que formaban parte Ramírez y doña Violeta, abolió la pena de muerte, declaró gratuita la educación universitaria y puso a salvo los derechos a la salud, a la vivienda y al trabajo. En un par de años, el analfabetismo se redujo del cincuenta por ciento a menos del quince por ciento y la tasa de mortalidad infantil cayó de manera radical. El nuevo gobierno fue tan cuidadoso de las formas, que cuando Somoza fue abatido en Asunción por un comando emboscado, en septiembre de 1980, tomó la precaución de probar que nada tenía que ver.

Las aguas empezaron a partirse poco después y se volvieron turbulentas cuando Arnoldo Alemán, un modesto comerciante de café con el apetito y la gordura de Gargantúa, ganó la alcaldía de Managua y se lanzó a una desenfrenada construcción de fuentes, rotondas y ornamentos en la capital devastada. Al asumir el gobierno de la ciudad, estaba viviendo en casa de parientes, porque no tenía para pagar el alquiler. Cuando lo apresaron, en 2002, los fiscales calcularon que había robado más de cien millones de dólares. Sólo en un viaje de dos días a París gastó más de quince mil, entre el hotel y los restaurantes. En la India, pagó treinta mil dólares por una noche de hotel. Esas cantidades resultan obscenas cuando se piensa que Nicaragua es el segundo país más pobre del continente y que la mitad de sus habitantes vive con menos de un dólar por día.

Los jueces pertenecen a uno u otro partido, el Sandinista y el Liberal, y esa politización de la Justicia, que salvó de la cárcel al ex presidente Daniel Ortega cuando una hijastra lo acusó de violación, estuvo también a punto de dejar impune a Alemán. Tenía inmunidad cuando se organizó el caso contra él, y los parlamentarios de su partido no querían votar en contra. Ortega aportó los votos necesarios. Según sus detractores, lo hizo para disculparse por su rumboso nivel de vida y para disimular la mansión en la que vive, expropiada a un banquero que huyó del país en 1980.

Los rumores de corrupción dejan en pie la honra de muy pocos políticos y ex guerrilleros. El ex ministro Tomás Borge, uno de los fundadores de la guerrilla sandinista, a quien Julio Cortázar profesaba auténtica devoción, ha sido señalado por vivir con más de lo que gana y mantener automóviles costosos. Humberto Ortega, hermano de Daniel, que fue comandante en jefe del ejército, se habría enriquecido apoderándose de todas las armas usadas en la guerra y vendiéndolas a países que las necesitaban, como Perú y Ecuador.

En cambio, algunos que padecieron ostracismo, como Edén Pastora, un héroe de la revolución que se pasó a los contras después de sucesivos desencantos con los hermanos Ortega, ahora vive en Managua escenificando para los periodistas extranjeros -como actor único- su participación en los combates contra la guardia de Somoza. Al frente de su casa ha extendido un pasacalle que tiene una sola palabra: “Honestidad”. Cuando le preguntan por qué, dice con orgullo que es uno de los pocos que puede usarla sin avergonzarse.

Doña Violeta y Sergio Ramírez pasaron indemnes por la prueba de la función pública, y también otros centenares de ex combatientes que ahora viven sin holguras, como el poeta Ernesto Cardenal y el comandante Henry Ruiz, conocido también como Modesto, que se batió en el norte como un león junto a su amante, la poetisa Gioconda Belli. En la calle y en las redacciones de los periódicos, la gente habla de ellos con ese respeto tan difícil en los países pequeños, donde todos saben quién es quien.

Nicaragua es de una belleza que corta el aliento, con sus enormes lagos plácidos y sus volcanes llenos de flores. Ramírez dice que, si la realidad fluyera sin tropiezos, hasta podría autoabastecerse. ¿Quién sabe? A una vendedora de frutas que estaba apostada frente a uno de los casinos de Managua le pregunté si la revolución le había dejado algo. “La pobreza de siempre -me dijo-, pero también la conciencia de a qué tengo derecho y a qué no. Antes éramos siervos, puras cositas. Ahora, por mal que nos trate la vida, ya sabemos ser personas”.





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