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La muerte de Acuario

Erick Aguirre Aragón
Managua

En “Cultura e imperialismo”, Edward W. Said afirma que una de las estrategias más comunes para interpretar el presente es la invocación del pasado; invocación que a su vez se sostiene no sólo en los frecuentes desacuerdos respecto a lo que sucedió o lo que realmente fue ese pasado, sino también en la incertidumbre acerca de si ese pasado en realidad lo es, o si más bien constituye parte del presente, es decir, si continúa vivo quizás bajo distintas formas.

Probablemente eso explique porqué ciertas novelas contemporáneas que tratan de representar la vida política y cultural de la Centroamérica del siglo XIX, insisten en concentrar su atención en la problemática implícita en el proceso de origen, fundación y consolidación de los estados nacionales, tratando de alegorizar su vigencia en la contemporaneidad.

El resultado es la constante confrontación con el discurso histórico hegemónico construido precisamente a partir de ese complejo periodo, lo cual nos demuestra que, en tanto se presenta como proceso escritural y/o como relato hegemónico, la historia es inevitablemente cuestionada por estas novelas que, pese a su naturaleza ficcional, se sustentan en hechos, eventos y personajes de la realidad.

El sentido histórico, pues, como afirmaba T.S. Eliot, implica percibir no sólo lo acabado del pasado, sino su presencia, su permanente construcción, lo cual quiere decir que los autores de estas novelas buscan alcanzar de alguna manera la certidumbre de nuestro verdadero lugar en el tiempo, es decir, adquirir una plena conciencia de nuestra real contemporaneidad.

La idea es que, aunque queramos abarcar en su totalidad lo concluido del pasado, no existe una forma de hacer que éste se aísle del presente, puesto que ambos se informan mutuamente, cada uno implica al otro y coexiste con el otro.

“La muerte de Acuario” (2002), del nicaragüense Arquímedes González, es una de esas novelas, y como la mayoría de ellas intenta examinar de una manera distinta los avatares y encrucijadas con que se enfrentó el deseo utópico de modernidad de la Hispanoamérica decimonónica.

Al convocar ficcionalmente la figura del ex presidente Evaristo Carazo (quien gobernó Nicaragua durante un corto, pero intenso periodo comprendido entre 1887 y 1889), así como al tratar de recrear las crisis políticas nacionales y centroamericanas y los íntimos dramas existenciales de este peculiar personaje histórico, la novela de González pone en escena los dilemas y las paradojas de la “construcción nacional”, pero puesta lejos del turbio crisol del discurso histórico hegemónico, y vista ahora desde la no menos compleja, aunque mucho más enriquecedora perspectiva de la representación literaria.

En “La muerte de Acuario” González procede con suficiente habilidad y sentido literario a la ficcionalización o “humanización” de un ex presidente de Nicaragua, cuyas íntimas emociones, sentimientos, fobias y filiaciones jamás habían sido objeto del relato histórico.

Lo que en esta novela define acertadamente el tratamiento literario de este personaje es la convergencia, hasta cierto punto armónica pero contradictoria, del discurso público oficial con la dimensión auto-reflexiva y contestataria de su naturaleza única e individual.

Sin embargo, al diseccionar ficcionalmente a un personaje público de la historia, indirectamente, González también se interroga sobre la naturaleza de su propia invención, pero también sobre la de otras invenciones de la literatura, en este caso los personajes más célebres del escritor británico decimonónico Sir Arthur Conan Doyle.

He aquí entonces otro rasgo aparentemente novedoso adjudicado a las nuevas novelas históricas: la intertextualidad, en este caso evidente en la transposición de personajes, textos y contextos ficticios pre-existentes en obras anteriores y su entrecruzamiento referencial con la historia de Nicaragua.

Sin transformar necesariamente su sentido, González transplanta a Centroamérica el contexto literario de las novelas de Conan Doyle, es decir, textos simultáneamente escritos y leídos, en consecuencia, reescritos. Por eso la insistencia de los teóricos acerca de la intención de “reescritura alternativa de la historia” por parte de los nuevos narradores centroamericanos.

Desde que García Márquez sorprendió a los lectores con la introducción inesperada en Cien años de soledad, de personajes tomados de novelas de Alejo Carpentier, el procedimiento de la intertextualidad ha venido siendo cada vez más recurrente en la narrativa hispanoamericana.

En “La muerte de Acuario” este procedimiento se bifurca: por un lado están los personajes (y sus contextos) tomados de la literatura, y por otro lado aquellos tomados del relato histórico tradicional e incluso de la historiografía literaria, como es el caso del presidente Carazo y de Rubén Darío, quien aparece fugazmente en algunos capítulos sólo para despertar la curiosidad antropomórfica del sagaz y refinado detective británico creado por Conan Doyle, quien queda perplejo ante las protuberancias craneales del escritor nicaragüense.

Sherlock Holmes y su asistente Henry Watson viven una aventura de ultramar en “un país primitivo, olvidado y alejado de toda civilización”, como Nicaragua, tras las huellas de Jack “El Destripador”, ese otro personaje transplantado desde los barrios del Londres decimonónico, miserable y tampoco muy civilizado a pesar de la enorme acumulación de riquezas de que fue capaz el imperio británico en su secular aventura colonialista.

Son personajes inevitablemente conectados e incluso integrados a las estructuras culturales del imperio y del autor que los ha engendrado; personajes creados para una audiencia “occidental” o para ser asimilados por lectores europeos emigrados a los territorios “salvajes” de ultramar que han sido objeto de colonización.

Lo interesante, sin embargo, en “La muerte de Acuario”, es que González los sitúa en un contexto en el que no se acepta con total indiferencia la “autoridad cultural” de tan distinguidos emisarios imperiales, sobre todo después de una cruenta y prolongada guerra nacional contra la invasión filibustera encabezada por Wiliam Walker (1855-1857), sin contar con que el imperio británico mantuvo bajo su “protectorado” la mosquitia nicaragüense durante más de dos siglos (1678-1893).

González desplaza y limita la transplantación de estos personajes emblemáticos de la literatura, a una presencia hasta cierto punto atenuada por los asuntos políticos y geopolíticos de la Centroamérica de la época.

Leídos en contrapunto, estos personajes y su interactuación con el entorno local, nos permiten encontrar sin mucho esfuerzo las voces y presencias aparentemente ausentes y silenciadas por la historia, aunque con cierto tinte ideológico limitado por el nacionalismo.

La ficcionalización de la figura de Rubén Darío, por su parte, también requirió de atenuantes que justificaran su esperpentización. Pese a la fugacidad de su presencia en la novela, así como a las características hasta cierto punto grotescas de su descripción; incluso pese a la perspectiva subvalorante del interés que hacia él muestra el personaje Sherlock Holmes, en el fondo el narrador trata de insistir en una especie de naturaleza trascendental o extraordinaria del personaje Darío, coincidente con la mezcla de mito popular y marmorización con que ha construido su imagen el relato historiográfico nacionalista.

La figura de Darío aparece en realidad como la del gran fetiche provinciano seguido y rodeado en las cantinas por turbas reverenciales de admiradores y diletantes que ven en él al príncipe de las letras, al rey de la poesía que a finales del siglo XIX en Hispanoamérica colmaba las ávidas expectativas sensoriales de nuestras comunidades regionales, cuyo afán de modernidad las hacía ver en los poetas, y en especial en Darío, al venerado taumaturgo capaz de honrar con su talento nuestro orgullo provinciano y nuestras vanidades locales sedientas de “occidentalización”.

Claro que entonces aquí regía una espiritualidad correspondiente a sociedades angustiadas por saberse a la zaga en el proceso mundial de modernización de finales del XIX; sociedades para las cuales el don de interiorizar emociones profundas que la poesía suscitaba, se conjugaba con la admiración por la capacidad intelectual y el potencial mnemotécnico de quienes la producían, cuyo rasgo quizás más admirado era la utilización virtuosa de su capacidad de memorización.

Por eso no es casual que esta novela proponga ficcionalmente el encuentro fortuito, en una cantina de Managua, del “príncipe” de la poesía hispanoamericana con el detective “más hábil y brillante” de la Europa decimonónica.

Sin embargo, quizás lo más importante de esta novela sea que, finalmente, tiende a confirmar que los mitos identitarios nacionales han cedido ya su capacidad de influencia y su poder de persuasión ante las recreaciones heterodoxas de la historia emprendidas por la literatura.

eaguirre@elnuevodiario.com.ni





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