Domingo 13 de Junio de 2004 Hora local [an error occurred while processing this directive] | Managua, Nicaragua


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“La Lupita no me gusta por dunda”
* Hace más de 13 voces para el programa Lencho Catarrán, todo un trabajo que ella vence a punta de concentración
* Quiso ser Soprano y llegar a Broadway, pero el destino la mandó al Ojochal
* Sus inicios estuvieron marcados por las fonomímicas de Rocío Durcal y Los Beatles
* Hoy no sólo vive del cuento. Trabaja vendiendo medicina natural y se prepara para salir en una serie de TV
Joaquín Tórrez A.

Foto  

 
Pocas como ella pueden hacer tantas voces en el mundo de la radiodifusión nacional. Ni más ni menos que 13 personajes hace Georgina Valdivia en el programa de cuentos radiales Lencho Catarrán. Son 13 personas a las que, si bien es cierto les tiene mucho cariño, ninguna le gusta. “Es que con ninguna me identifico; ni siquiera con la Lupita que es el personaje central del cuento”.

Georgina, “la Gina”; o la “Lupita”, tiene 47 años y 22 de casada con el no menos famoso Otto de la Rocha, el Aniceto Prieto que, por lo menos en la realidad, logró casarse con ella porque en los cuentos que transcurren en el pueblo de El Ojochal...” ese Aniceto nunca se decidió y me arrecha que la dunda de la Lupita aún lo sigue esperando”.

Ambos tienen ya dos hijos, una niña de 11 años y un hijo de 20 llamado Gabriel; un chavalo flaco y con pinta de rockero peludo que, para gusto de la pareja, ya trabaja con ellos haciendo dos papeles en Lencho Catarrán: el de un vago amigo de Aniceto llamado Gabo y el de don Tranquilino, el viejito curandero del pueblo.

No hay duda que tiene a quien salir: Otto de la Rocha hace por lo menos unas diez voces y Georgina, 13. Con su hijo, Georgina ha cumplido su máxima de “dejarlo hacer”, algo que ya hubiese querido para sí, cuando tenía 15 años y soñaba con que sus padres le permitieran ir a actuar a las tablas de Broadway, Estados Unidos.

En su caso no llegó a Broadway, pero sí pudo llegar al Ojochal. De eso habla en esta entrevista esta mujer alta y elegante; alguien que, al verla, es fácil percatarse que la naturaleza estaba alegre cuando nació, porque no para de reír.

¿Cómo hace para hacer tantas voces?

Lo que pasa es que mi timbre no cambia, pero sí la cara del personaje, por ejemplo cuando me toca hacer de viejita y de niño. Mi marido dice que es versatilidad, pero yo creo que hago todo eso porque me gusta actuar. Por eso me esfuerzo aunque a veces me toca duro, sobre todo cuando hay escenas en que está platicando la Lupita y su mamá Rosa, esa vieja malcriada, y de repente se mete otra mujer como la Pola, la vidente. Cambiar las tres voces de un momento a otro es duro.

¿Es cierto que no le gusta la Lupita?

Sí, es cierto; no me gusta porque nunca se casó con el Aniceto, y toda la vida la misma novia... nunca se casan. No me gusta porque es muy sumisa. Aniceto se las pega y nunca dice nada; debería tener más carácter, reclamarle con más fuerza. La sumisión no va conmigo. Por eso creo que de la Lupita sólo tengo el hecho de ser obediente con sus padres. Nada más.

¿Y qué personaje, de los 13 que hace, le gusta más?

No me identifico con ninguno, pero a todos los personajes los quiero. Ninguno me representa como soy porque hay una puta, una cantinera, una santurrona, una niña vieja, una viejita dulce que es doña Chepa, la mamá de Aniceto, una mujer educada como la profesora Clarissa, doña Vitalina, la Coralia, hago de Cheyo, uhhhh son bastantes... aunque fijate que, en la realidad, también me toca hacer de varias personas, porque tengo varias ocupaciones; mi familia no sólo vive del cuento.

¿Cómo se inició en el mundo de la actuación?

La vena artística me viene de mi papá que era músico. Yo me inicié de chiquita, cuando vivíamos en la Colonia Managua, haciendo fonomímicas de Rocío Durcal y Los Beatles. Me aprendía las canciones y hacía mi propio show. Me subía a las mesas, ponía unas sábanas para que sirvieran de telón y ahí actuaba. Hasta cobraba la entrada: los niños pagaban 25 centavos y los mayores 50. Recogía hasta 10 pesos y también las penqueadas de mi mamá porque le ensuciaba las sábanas.

Pero había algo raro, pese a que hacía todas esas cosas, en la escuela nunca me tomaban en cuenta para las veladas culturales porque ahí, yo era bien tímida. No sé por qué era así, quizás porque me acomplejaba ver que mis compañeras de clase tenían dinero y yo no. No sé.

¿Sus papás querían que fuese actriz?

En lo absoluto. Mi mamá quería que fuera doctora o abogada y mi papá que estudiara Administración. Pero yo quería estudiar actuación. Mi sueño era estudiar teatro lírico y volverme soprano; quería actuar en Operas, y en Broadway. Por eso, después de mi bachillerato en el 72, me fui a Estados Unidos.

¿Y que le quedó de esa experiencia?

Nada, ni siquiera el idioma inglés. Era difícil. No pude conseguir trabajo y tampoco tuve a alguien que me ayudara. Allá viví dos años, y cuando regresé, me metí a estudiar Periodismo en la UNAN. Ahí me gradué en 1982, pero nunca ejercí porque, cuando me mandaron a hacer prácticas a Radio Sandino, me enrolé en el cuadro dramático que tenía la radio, aunque Chuno Blandón, que era el director de la radio, siempre me llamaba la atención por eso.

¿En qué momento llegó Otto de la Rocha a su vida?

El no era parte del elenco, pero lo conocí en la radio cuando, una vez, me dijo que si le podía hacer la voz de una indita para un programa dirigido al campo. Esa fue mi primera experiencia radial. Ahí le perdí el miedo al micrófono, junto a un montón de consagrados como Antonio Pentzske Torres, Oscar Enríquez, Antonio Amaya, Chava Dávila, Aura María Ruiz y Carlos Rodríguez. Ellos me enseñaron a hacer radio.

¿Cómo fue que le dieron el papel de la Lupita?

Fue por Conrado Pineda, el subdirector de la Voz de Nicaragua, que me preguntó si quería hacerlo. Al inicio le dije que no, porque tenía un trabajo en una productora de anuncios, pero él me dijo que no me preocupara, porque Lencho Catarrán se grababa sólo los martes. El me dijo que pidiera permiso y me consiguió unas cartas para que me dejaran salir en el otro trabajo.

Fue, bueno, porque entonces estaba lo del bloqueo de Estados Unidos y aquello del paquete AFA (arroz, frijoles y azúcar); total que yo recibía dos AFAs y dos salarios. Eso fue en 1983.

Los otros personajes me llegaron después. El de doña Chepa, la mamá de Aniceto, lo agarré cuando se enfermó la que lo hacía, doña Carmen Martínez. Practiqué varias veces el personaje hasta que logré dar con la voz. Después, las voces de niños, los aprendí con otra actriz famosa, la Miriam Sandoval. A ella yo le copiaba los tonos de voz y las expresiones.

Hay quienes creen que usted ha vivido a la sombra de su marido Otto de la Rocha, ¿es así?

No. Gracias a Dios conocí a Otto que me ha ayudado bastante, pero antes de él yo había hecho teatro. Soy actriz no por él, sino porque ya lo llevaba en la sangre. Trabajé en la Comedia Nacional a los 19 años y luego en el Teatro Experimental Managua. Hacía papeles pequeños, pero era feliz. Ahora lo soy más porque tengo un gran marido y una familia; eso sí, profesionalmente me gustaría dedicarme más al teatro.

¿Qué la detiene?

Que en este país no se puede vivir del arte. En los años 80 se podía porque el Ministerio de Cultura, con la Rosario Murillo, nos ayudaba con capacitaciones, giras y financiamientos. Nos traían teatristas. Ahora todo es comercial. Los artistas se las tienen que arreglar por su cuenta, buscando patrocinio para comprar ropa y montar escenarios.

Lo triste de todo eso es que ni siquiera la gente apoya al teatro. Montás una obra y nadie va. Pero si viene un grupo de afuera, sí van.

Quisiera que cambiara esto, porque fijate que mi sueño es montar Lencho Catarrán en un teatro. Me gustaría que las empresas nos apoyaran para que la gente vea cómo se hace Lencho Catarrán, cómo es el Ojochal, cómo son los personajes.

¿Usted cree que con su marido están haciendo buena radio?

Creo que sí porque tratamos de difundir mensajes educativos y de entretenimiento. Por lo menos en los programas que tenemos hacemos énfasis en que los chavalos estudien, que sean educados, que se bañen porque muchos van sin bañarse a la escuela... lo hacemos, aunque sea en ese programa vulgar de La Paloma Mensajera de Aniceto.

¿En verdad es vulgar la Palomita de Aniceto?

Ehh, a veces se pasa el Aniceto. Ultimamente se está poniendo muy vulgar, muy jayán, aunque también sé que los nicas somos muy dados a ese doble sentido.

¿Por qué no han puesto su propia radio?

Uhh... si lo intentamos, pero Telcor no nos dio la frecuencia. Pensábamos hacer una radio cultural con programas de promoción de la comida nacional, de la música de la Costa, del norte; con programas de concursos de literatura, de música y hasta queríamos reactivar las radionovelas; una radio cultural como debe ser, pero no nos dejaron. Desgraciadamente en este país todo se mueve por palancas y a Otto, que ha dado tanto por la cultura de este país, no le dieron su oportunidad.

¿Cómo es un día en su vida?

Mi día inicia desde la mañanita cuando voy a misa; no puedo iniciar mi día si no voy a la capilla de Esquipulas. Después hago de todo. Trabajo vendiendo productos de medicina natural, lo que me permite brindarle salud a los que no pueden comprar medicinas caras y darle trabajo a los que no tienen.

Sigo con Lencho Catarrán, que lo grabamos los martes en la mañana en la Nueva Radio Ya y ahora estoy ensayando, porque voy a trabajar en la próxima temporada de la serie Sexto Sentido, del ONG Puntos de Encuentro. Ahí voy a hacer el papel de una mamá de una niña que la viola su papá. Es decir, soy la madre de víctima y la hija del victimario.

Es mi primera vez en televisión que, por cierto, no me gusta pero acepté porque el papel es bueno y porque era la tercera vez que me llamaban. Acepté para que no pensaran que soy una mujer creída.

Otra cosa que hago son las labores de evangelización, pero siempre saco tiempo para atender a mis hijos.

¿Qué le falta por hacer?

Creo que a este mundo hay que componerle muchas cosas. Hay que componerlo porque nos estamos matando nosotros mismos. Hay una competencia de todos contra todos, de serruchaderas de piso y puñaladas que a ningún lado nos llevan.

¿Cuándo se va a casar la Lupita con Aniceto?

Quién sabe, porque el Aniceto nunca se decidió, a lo mejor es porque le tiene miedo a doña Rosa, una vieja que ni quiera Dios como suegra. Lo de la Lupita y Aniceto creo que es el noviazgo más largo que he visto, más de 20 años.


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