Viernes 30 de Julio de 2004 Hora local [an error occurred while processing this directive] | Managua, Nicaragua


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Opinión

La llamada diversidad cultural en Nicaragua*


Brooklyn Rivera B.



I

Con motivo del Día Mundial de la Diversidad Cultural, el pasado 21 de mayo, La Prensa dedicaba un editorial con el título: “La Diversidad Cultural”. No recuerdo haber visto en tiempos recientes un texto tan cargado de desconocimiento y prejuicio en relación con la “cuestión indígena” en Nicaragua, sobre todo viniendo de un periódico caracterizado por la sagacidad intelectual y firmeza en los valores como es La Prensa. Sin embargo, creo que el texto puede ser sintomático de algo más profundo que todavía solapa la sociedad y el Estado nicaragüense cuando se acercan a la realidad de los pueblos indígenas del país, y en particular en la Costa Atlántica.

Comienza el editorial alabando la iniciativa de la Unesco, en una época en la que la globalización de los mercados se combina con la uniformidad de las culturas, “demoliendo o modificando sustancialmente las culturas y sobre todo periféricas” y llamando a la “solidaridad intercultural”. Son fines que se alaban, pero que traen también su lado negativo.

Conjurando el demonio del “choque de civilizaciones”, el editorialista trae a colación el “renacimiento agresivo del indigenismo en no pocos países”. Así, se igualan los casos de “limpieza étnica” en África o Europa al “neotribalismo” en países como Ecuador o Perú (se olvidan de Bolivia), “donde [los indígenas] han llegado a tener una fuerza determinante en la sociedad”. La consecuencia que extrae el editorialista de esta grosera comparación de fenómenos no es más matizada: “En realidad”, escribe, “esos movimientos tribales, indígenas y nacionalistas son reactivos y por tanto reaccionarios”. Reivindican sus derechos mirando “hacia atrás, al restablecimiento de las primitivas formas de vida que habían en nuestros países antes de la conquista y colonización europea”.

II

Decía que el editorial me parecía preocupante, pero no quiero culpar (exclusivamente) al autor material del texto. Me preocupa una sociedad, como la nicaragüense, en que sea posible leer este tipo de afirmaciones sin que nadie parezca reaccionar. Me explico, no pretendo en ningún momento menoscabar la libertad de opinión y la libre circulación de ideas, bases de una democracia por la que los ciudadanos nicaragüenses, también los miembros de los pueblos indígenas y comunidades étnicas, hemos luchado tanto por construir. Pero no puedo dejar de señalar la obstinada persistencia, expresada con todos los tintes liberales que se quieran, de actitudes de discriminación y despecho históricos hacia nuestros pueblos dentro del discurso político de lo “normal”. Y no sólo en el discurso, por supuesto, sino también en la práctica.

La diversidad cultural no es necesariamente un problema. Es simplemente un hecho, un hecho que todos los Estados, y los distintos sectores culturales que integran los Estados, comparten por igual. Nuestra Constitución Política no sólo reconoce este hecho, sino que le otorga un contenido axiológico, reconociendo como principio de la “nación nicaragüense” el “pluralismo político, social y étnico” y “la libre determinación de los pueblos” (Art. 5).

Como se sabe, esta Constitución reconoce ampliamente los derechos de los pueblos indígenas y comunidades étnicas, nuestras sus culturas y lenguas, a nuestra autonomía, al mantenimiento de nuestros propios sistemas jurídicos y políticos, al control de nuestras tierras ancestrales y recursos naturales. Pero los derechos indígenas no son simplemente una muestra de la benignidad y humanismo del constituyente, son el reconocimiento de la diversidad consustancial de Nicaragua.

El Estado de Nicaragua puede ser “unitario” (Art. 6), pero la “nación nicaragüense” es diversa y plural. Y los derechos no son una evocación nostálgica del pasado “primitivo”: son guías para la estructuración jurídica, política e institucional del estado nicaragüense. De modo que, no podemos ya seguir ignorando un hecho fundamental: Nicaragua será una democracia multicultural, o no será.

III

Es cierto que hay quien nos llama “reaccionarios” por reivindicar nuestras identidades y diferencias culturales o por luchar por el reconocimiento y titulación de nuestros territorios ancestrales. ¿Pero, por qué reivindicar el derecho propio es ser reaccionario? ¿No lo es más el pretender arrebatarnos lo que nos pertenece en nombre del “progreso” o la “igualdad”? ¿Progreso e igualdad de quién y cómo?

Se nos acusa de mirar permanentemente al pasado, de no querer mirar al futuro. ¿Acaso no es más retrógrado continuar pensando que Nicaragua puede seguir gobernándose bajo el modelo monocultural y asimilacionista decimonónico de una nación uniforme? Además, se nos advierte de la amenaza “indigenista” en América Latina. ¿Acaso que los pueblos indígenas se conviertan en una “fuerza determinante” en nuestros países es algo negativo? ¿Acaso no es a través de nuestra participación activa en la lucha política que alcanzaremos modificar las estructuras de poder que todavía nos dominan y discriminan?

El editorial de La Prensa se suma a la tendencia, lamentablemente, cada vez más común en la época de la cruzada mundial contra el “terrorismo”, de igualar la diversidad cultural con la violencia. Según nos advierte el editorial, “los nicaragüenses no podemos aferrarnos a antivalores como la mala costumbre de recurrir a la violencia para protestar y reclamar”, algo que es un “vicio cultural que más bien debemos erradicar mediante la educación y la asimilación de valores de otras culturas”. En Nicaragua, donde todavía están las cicatrices no sanadas de las heridas abiertas por la guerra civil que sacudió al país, y en la Costa Atlántica durante los años ochenta, sabemos que el origen es la negación de las identidades y culturas lo que trae la violencia, no la diversidad.

Los recientes acontecimientos en la Comunidad de Layasiksa (RAAN) es un triste recordatorio de las consecuencias trágicas del desconocimiento y apatía culpables del Estado de Nicaragua en relación con los derechos indígenas. La inacción del Estado crea las condiciones de violencia, y luego somos nosotros los “primitivos”. Coincido con el editorial del pasado 22 de mayo que debemos celebrar la diversidad cultural, nuestros hechos diferenciales y nuestros hechos comunes. Pero no sólo debemos celebrarla. Debemos asumirla, creámosla, transformando las estructuras de nuestro marco de convivencia. Y, basta ya de los prejuicios y de querer “asimilarnos”. Así sea.



*”La llamada diversidad cultural en Nicaragua” una crítica a un editorial del Diario La Prensa, misma que no ha sido acogida por el mismo diario a la fecha. Por consiguiente, le agradecería si puede dar cabida en su prestigiado periódico.



Brooklyn Rivera B.


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