Martes 20 de Julio de 2004 Hora local [an error occurred while processing this directive] | Managua, Nicaragua


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Ramón Raudales: "Hijo de Tigre..."
Octavio Enríquez

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Ramón Raudales hijo escuchó en 1958 la primera amenaza seria a su vida, tras la muerte de su papá: “Si me lo encuentro en una Iglesia se muere, decile que aunque sea un muchacho lo mato. A las víboras se les mata desde pequeñas para que después no jodan con su comunismo”.

El somocista que le contó lo que dijo un guardia de apellido Sandino le recomendó que dejara el país. Por eso viajó a Ocotal y después a Dipilto a trabajar en un aserrío, donde conoció a varias de las personas que marcarían su manera de pensar: entre ellos, Manuel Pastrana, Faustino y Antonio Ruiz, Wilfredo Conor y Joaquín Ponce.

Así conoció a Carlos Fonseca y después al Coronel Santos López, heredero directo del general Sandino y sobreviviente del operativo que fusiló a Sandino el 21 de febrero de 1934.

López había conocido al padre de Ramón en la lucha contra los norteamericanos. Aquello fue un encuentro para él con la historia. No había conocido lo suficiente del general Raudales, porque desde los cinco años se había criado con su mamá, mientras su papá andaba en el exilio. Así conoció los relatos de cómo su padre, un rico hacendado, fue saqueado por los yankis; cómo se unió a Sandino y llegó a ser uno de los hombres de más confianza, el abastecedor de la tropa.

Fue Faustino Ruiz “El Cuje”, quien lo presentó con Carlos Fonseca. Después de varios contactos con López se fue para la montaña. Esos fueron los primeros pasos del movimiento de Raití-Bocay, uno de los primeros esfuerzos guerrilleros del FSLN. “Fue duro porque no llevábamos avituallamiento, y si te pegaban un tiro te morías”.

Raití-Bocay

Raudales dirigió el asalto en Raití-Bocay. El había sido entrenado en Cuba, donde conoció al Che. Los otros del movimiento eran Heriberto Rodríguez, Germán Pomares y Bayardo Altamirano, hoy profesor universitario. La misión era tomarse el poblado de miskitos y no dejarse ver. Pero fue imposible.

“El pueblo lo asaltamos en la noche. Todo salió bien. Entramos a las nueve. Había bodegas grandes de comida donde había hombres que explotaban a los miskitos. La Guardia había matado algunos miskitos porque habían tenido contacto con los revolucionarios”. Ese día el coronel Santos López había salido con alguna gente como apoyo por el Río Bocay, pero no hubo necesidad.

Se salvó de El Chaparral

Raudales combatió cinco años. Atacó Dipilto y casi participa en El Chaparral, donde hirieron a Carlos Fonseca. No llegó a tiempo porque un guerrillero estaba cansado y cuando quisieron entrar, en la madrugada, un campesino les dijo que no se acercaran porque habían matado a todos. Lo que vino fue una estampida. Unos huyeron hacia Danlí en Honduras.

En Honduras fueron detenidos él, alguien llamado el “indio Pedro Pablo”, Heriberto Rodríguez e Iván Baca. A todos los desterraron y los mandaron a México. El estuvo detenido, pero lo dejaron libre por influencia de la familia de su esposa.

Reina Montoya había conocido a Ramón Raudales en uno de sus viajes a Honduras en 1959. Era la hija de un poderoso de la región, Eduardo Montoya quien, a la vez, era compadre de los generales Carías y López Arellano, dos enemigos acérrimos de cualquier revolución.

Reina le pidió al general Carías que liberara a su esposo. El militar la regañó por enamorarse de un comunista, una especie que querían extinguir de suelo catracho.

Las bromas de Carlos

Cuando nació su primer bebé, Ramón se fue a Cuba a entrenarse. Casi dos años después el niño no lo conocía. Cada vez que quería ver a su esposa pedía permiso a Carlos Fonseca. Aquel hombre de lentes gruesos y ojos claros siempre le contestaba con bromas. — ¿Y a qué vas a Honduras? ¿A dejar otro chavalo llorando?— y soltaba la risotada.

Su suegro más de una vez intentó detenerlo para que su hija no sufriera. Pero Raudales siempre contestaba lo mismo: “yo quiero a su hija, pero para mí primero es la revolución, segundo la revolución y tercero la revolución”.

Su sueño era ser revolucionario. Ahora con 62 años a cuestas dice que morirá igual. Raudales hoy es maderero y tiene una venta de abarrotes, donde atiende en camisola y short desde las siete de la mañana en la colonia Aranjuez, en la frontera entre San Fernando y Jalapa, a unos 285 kilómetros de Managua.

Los errores

La revolución del 79 le agarró en Honduras. Fue uno de los momentos más felices que pasó. Vino a Nicaragua. Después disintió en algunas cosas y ese fue su pecado.

“Hubo algunas cosas que no las habíamos pensado como revolucionarios. Hubo fallas como el Servicio Militar Patriótico que se convirtió en obligatorio. Además, confiscaciones masivas incluso de gente que fue colaboradora del FSLN”, dice.

Por esas críticas, a Raudales lo tildaron de “Contra”. Se fue a vivir a Honduras, donde tuvo problemas porque, “la Contra” no creía que él dejaría la revolución. Regresó hasta 1990.



Viaje a las mazmorras somocistas



Una de las veces que más recuerda de su conflicto con Somoza fue cuando lo capturó la Guardia en Susucayán. Dos hombres llegaron a su casa a pedirle ayuda para capturar unos ladrones. “Venga, Monchito, ayúdenos, sólo usted puede”. Así salió con un sombrero puesto, la pistola al cinto y la fama de ser un revolucionario de sangre.

Cuando habían caminado unos metros, se le tiraron encima en una esquina. No le dio tiempo de sacar la pistola, lo capturaron y metieron en un jeep y lo trasladaron a Ocotal. Hasta entonces se fijó que los hombres andaban el pelo rapado.

— ¿Ustedes son de la Oficina de Seguridad Nacional, verdá?

— Callate, nosotros te vamos a llevar a un lugar y hay muere.

Ese día, Raudales había vendido una finca y andaba mucho dinero en la bolsa. Cuando llegaron a Ocotal pasaron enfrente a la casa de su familia. Le dijeron que se callara y lo acostaron en el vehículo. El periplo terminó en la oficina del general Bodán, el jefe de la Guardia en la zona, que se le presentó con más preguntas que respuestas.

“¿Qué andás haciendo aquí, Moncho, yo te hacía en la montaña?”, le preguntó. Le sacó un mapa, y le exigía que identificara a los “revoltosos” combatientes.

Cuando le dijo que no sabía, Bodán tomó el mapa, lo destruyó y dio una orden para erizar los pelos a cualquiera. “Llévense a este hijueputa y vean qué hacen con él en el camino”.

Lo trasladaron a Managua. En el camino le robaron el dinero y le dijeron que lo llevaban donde “el coto” López y Moralitos, los torturadores de la Guardia. Raudales oía disparos que le pasaban por los oídos. “El tiro era para vos, pero se fue de un lado. Disculpame”.

Su destino fue la cárcel de La Aviación. Estuvo sin comer ni beber. Lo más cerca que estuvo de comer fue cuando le pasaron una bolsa con comida. Desesperado agarró la bolsa y la abrió rápido. Entonces, un guardia le preguntó: “cómo te llamás”. —Ramón Raudales, dijo—. “Entonces me equivoqué”, y le quitó la comida.



Frente a Genie

Raudales se mojaba la mano con agua del inodoro y luego se la pasaba por la boca para saciar su sed. Tiempo después lo llevaron a la Loma de Tiscapa. Ahí lo llegaron a buscar para llevarlo ante el Jefe de la Oficina de Seguridad Nacional. Abrieron la puerta y tras el escritorio estaba un militar de uniforme impecable. Era el general Samuel Genie.

— Moncho y ¿qué haces aquí? Ni cuenta me daba. Soy un descortés. ¿Querés un cafecito? ¿Con azúcar o sin azúcar?

Genie preparó un café y le preguntó si le gustaba.

— Pero, General, si son ustedes los que me tienen aquí.

— Yo no te he mandado a traer, a ver decime cómo eran los hombres que te agarraron

— Esos eran de Migración.

El diálogo fue improductivo hasta que Genie sacó un montón de informes de inteligencia. “Vos pasaste por aquí, andabas con fulano y sutano. Bueno eso era todo..., podés irte”.

Raudales se quejó que le habían robado el dinero y fue un error. Genie lo mandó a encerrar de nuevo por cargar tanta plata. “Le tuve que explicar que había vendido una finca a un amigo somocista”. Después de varios días, cuando verificó, “me mandó a dejar a mi casa en el carro de la Hope Portocarrero, porque no había otro en la comandancia en su momento”. A Raudales lo acusaban de comprar armas para la guerrilla.


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