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Opinión

Montealegre: Huérfano político
Eloísa Ibarra

El secretario de la Presidencia, Eduardo Montealegre, cuyas aspiraciones presidenciales se mantienen guardadas desde la última Gran Convención Liberal en la que el líder Arnoldo Alemán Lacayo, le dio su apoyo al hoy presidente Enrique Bolaños, calculó mal su última jugada política y podría costarle caro.

Montealegre, quien se ha mantenido en el Ejecutivo pese a los cuestionamientos de la cúpula del Partido Liberal Constitucionalista (PLC), fue despojado de su cargo de convencional, aunque había sido ratificado por los delegados del distrito cinco al cual pertenece geográficamente.

Al perder el cargo, a Montealegre se le escapa la posibilidad de seguir haciendo malabares con su presencia constante desde el poder Ejecutivo con lo cual fortalece sus relaciones con la empresa privada y a la vez mantenerse dentro de uno de los dos partidos más fuertes y con posibilidades de remontarlo a la Presidencia, con todo y el desgaste político causado por el líder condenado.

“El ratoncito”, como le llaman en círculos político-financieros, a la par de aprovechar cada uno de los errores de sus pares políticos, ha sabido “capitalizar su relación con los medios de comunicación”, fundamental para la vida de un político en crecimiento.

Quienes lo han tratado muy de cerca, lo definen como un hombre muy educado, pero engreído y clasista, que se impone por el poder que representa, pues además de ser banquero, goza de la confianza de Bolaños y ha manejado el presupuesto, lo que le permite un margen para maniobrar sutilmente.

Montealegre, un novel político, pero frío y calculador, ha diseñado su plan como pocos políticos en este país. En primer lugar no dudó en aceptar el nombramiento de Ministro de Hacienda y Crédito Público, desde donde negoció a nivel internacional la deuda interna, entre cuyos acreedores se encuentra el Banco Centroamericano (Bancentro), del cual es uno de los principales socios.

Muy bien casado con la mayoría de los medios de comunicación y algunos periodistas, ha sabido mantener su imagen, pese a su cercanía con el ex presidente Arnoldo Alemán, de cuyo gobierno fue secretario presidencial y ex canciller y del cual recibió altos beneficios financieros a través de su banco, como muchos otros que pertenecieron a ese círculo.

No hay que perder de vista, que en la intervención de los bancos y el reacomodo de los actuales, el ex Superintendente de Bancos, Noel Sacasa, fue guiado por Alemán y es un hecho que nadie entraba a jugar en la adquisición de los activos si no era con el visto bueno del ex Presidente y uno de los beneficiados fue su banco.

Hasta hace poco, su relación con Alemán se mantuvo inalterable y los cuantos medios de comunicación que aún le quedan al alemanismo nunca lo criticaron.

Hoy, esa relación se ha roto porque Alemán --un hombre con serios problemas de clase-- no podía tolerar que Montealegre, igual que lo hizo Bolaños, siguiera creciendo a la sombra del partido y de él mismo.

Montealegre pretende escalar en el PLC, sin hacer trabajo político para el partido y sin involucrarse con las bases, lo cual no podían tolerar algunos que sí hacen trabajo partidario de campo.

En segundo lugar, es uno de los principales representantes del gran capital en el PLC y naturalmente una prolongación de Bolaños, dentro de un partido donde la lucha de clases es notoria y cuya entrega del poder les ha dejado un amargo sabor.

Por un momento, se le olvidó a Montealegre que los partidos políticos son organizaciones a las que se ingresa por voluntad y se aceptan los principios y decisiones de la mayoría, independiente de cuáles sean, como en el caso del PLC, ser opositor del Presidente del mismo partido.

En el juego, por el momento, Montealegre ha perdido porque, fuera de la estructura formal del PLC, es casi nada como político, pues carece del carisma y del contacto con las bases a las que, se nota, ve desde una tarima muy alta, como para generar una reacción a su favor.

El día que perdió el cargo, anunció que daría la lucha, pero eso no será posible desde la secretaría presidencial y sin contar con el respaldo de las bases del PLC, acostumbradas al populismo y al contacto personal con el líder.

La democratización de un partido, como el PLC, no es posible desde un escritorio, requiere de la entrega total de un político y hasta del sacrificio de intereses particulares.


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