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Opinión

Racionalidad y corrupción
Israel Benavides

En los grandes foros y círculos académicos se polemiza acerca de racionalidad o irracionalidad del mercado, desde el punto de vista de la economía positiva la racionalidad en un sistema de libre mercado se justifica a partir de principios que nada tienen que ver con criterios éticos o de justicia social, sino más bien con eventos en su mayoría caóticos relacionados con las fuerzas ciegas de la oferta y la demanda, en estas circunstancias tomar decisiones racionales significa obtener resultados cuyos beneficios sean superiores a los costos.

El concepto de racionalidad puede ser trastocado en dos dimensiones, la primera está relacionada con el principio de racionalidad basada en el egoísmo, cuando un ser humano toma decisiones basado únicamente en el criterio anterior, estará preocupado únicamente por aquello que le afectará directamente, este criterio deja explícitamente de un lado principios humanos relacionados con la felicidad de los demás.

Es importante destacar que la racionalidad no está supeditada a la toma de decisiones cuyos efectos sean justos desde el punto de vista humano, un acto puede ser racional, aunque desde una perspectiva social haga infelices a un conglomerado de personas, por ejemplo; la decisión de sustraer activos del erario publico, es un acto ilícito e irracional si el individuo está claro que las leyes funcionan y puede ir a la cárcel, no obstante, tal decisión puede ser racional si el sistema jurídico no funciona y tiene la certeza que quedará impune.

Cuando un funcionario público tiene cierta propensión a robar, y está claro que las leyes son severas y que la lucha anticorrupción es implacable, tomar la decisión de robar se convierte en un acto irracional, porque no está midiendo la relación costo-beneficio.

Por lo tanto, la racionalidad en la toma de decisiones no está ligada siempre a criterios éticos, cuando un político expresa a sus amigos muy allegados que correrá como candidato para optar a un puesto público y que su propósito personal es obtener un jugoso salario, aprovechar su posición para hacer negocios y si es posible robar, está siendo racional siempre y cuando esté seguro que tales actividades pasan por desapercibidas porque el sistema legal es corrupto, evidentemente tal enfoque de la situación no es ético ni desde el punto de vista humano ni desde la perspectiva de las ciencias políticas porque la política y su ejercicio en toda su dimensión conceptual y práctica debe ser una ciencia humana y debe estar al servicio de los seres humanos.

Veamos por ejemplo un caso práctico: Si se le preguntara a un individuo en particular por quién votará en las próximas elecciones, lo más probable es que conteste que no votará

porque todos los políticos son corruptos y no generan progreso para nadie, semejante decisión es eminentemente racional por que los costos son elevados (hay que hacer fila, puede caer lluvia, hace mucho calor o le pueden robar sus enseres domésticos, aun más si habita en un barrio peligroso), y los beneficios que puede obtener de su voto son nulos, por lo tanto su decisión es racional.

Pero aun cuando el individuo crea que hay un partido que defenderá sus intereses mucho mejor que otro, su voto no tendrá importancia al menos que incline el resultado de la elección, no obstante la posibilidad de que un voto sea decisivo es casi nula dada la cantidad de personas que normalmente votan, en cambio los costos de votar son positivos, pero los beneficios son esencialmente nulos, el modelo de costo-beneficio predice que una persona que busque exclusivamente su propio beneficio no votará.

La segunda dimensión está relacionada con el criterio de racionalidad sustentado en el objetivo inmediato, aquí prima el hecho que la persona actúe o tome sus decisiones basadas en un objetivo de corto plazo, siguiendo con el ejemplo de la votación, una persona podría tomar la decisión de votar e inclusive realizar proselitismo por un candidato si por ejemplo, no tiene trabajo, sus hijos padecen de hambre y el candidato le dio unos cuantos córdobas que le resolverán su problema de corto plazo, pero una vez que el candidato está en el poder, se olvida de que aquel “miserable existe” entonces su decisión fue racional desde la perspectiva del objetivo inmediato e irracional desde el punto de vista de la racionalidad basada en el egoísmo porque a lo mejor en aras de resolver un problema de corto plazo no votó por la mejor opción.

Daniel Ortega, por ejemplo, quien ha sido candidato en tres oportunidades, no cree por supuesto en el adagio popular de que la “tercera es la vencida”. A la luz del primitivismo político criollo no hace falta la lámpara de Aladino para entender que será candidato una cuarta vez, pero ¿es racional su decisión? Si lo analizamos desde la perspectiva de la racionalidad basada en el egoísmo diríamos que su decisión es racional, porque quizás su interés sea conservar su liderazgo dentro del partido y no necesariamente ganar una elección de tal forma que su candidatura se justifica a partir de su interés personal y no del interés del partido ni de sus seguidores.

Una ilustración más fehaciente de la racionalidad basada en el egoísmo es la estrategia de toma de decisiones de don Enrique. Evidentemente un “verdadero Homo Economicus” inmerso hasta el cuello en una administración corrupta decidió callar, aun cuando esta situación causaría sufrimiento a muchas personas humildes ¿fue su decisión racional? Por supuesto que sí, desde la perspectiva de la racionalidad egoísta fue extremadamente racional, calló, se lucró y convivió de la manera más fraterna con su “enemigo”, porque su meta racional y egoísta era la presidencia. Por virtud divina este tipo de “caricaturas” no son el único que habita el planeta; hay mucha gente con sentido de justicia cuya filosofía no es el “yo primero”, sino “el ser humano primero”.



*El autor es economista y catedrático de la UCC.


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