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Opinión

De qué no se habla cuando nos referimos al aborto terapéutico
Héctor Avellán*

Un hombre nunca sabrá lo que es el embarazo, menos aún lo que es el aborto, para lo cual es condición indispensable lo primero.

Al mismo tiempo que escribo estas líneas no puedo dejar de sentir incomodidad al referirme a un fenómeno que en su esencia me es desconocido, y el sabio refrán zapatero a tu zapato resuena con fuerza y desde muchos siglos atrás en mi cabeza.

Es mito que debido a su físico y a características biológicas la mujer esté más próxima a la naturaleza, y que por lo tanto la intuición es una forma particular y femenina de inteligencia, como los animales y el instinto. El sistema patriarcal a través de sus religiones manda que el pensamiento racional sea exclusivo de los hombres, las ciencias por eso necesitan de ellos. La intuición es poco práctica.

A principios del siglo pasado, cuando nuestras abuelas inquirieron la posibilidad de libertad a través del conocimiento que se supone ofrece la educación universitaria, nuestro recurrente Freud se adelantó a convencer, principalmente a ellas, de que “las mujeres envidiaban el pene del hombre”. Jung, por su parte, siendo hombre él, estaba convencido de que “la maternidad es consustancial al pensamiento femenino”.

Aunque las mujeres antes y aún hoy se casan y tienen sus hijos e hijas sin pensarlo mucho, también es cierto que las mujeres de antes no tenían las oportunidades que las de hoy, y no estaban preparadas como lo están ahora. La mayoría de carreras y oficios estaba fuera del alcance de las mujeres que solo estaban relegadas a la cocina y la maternidad obligatoria.

La ignorancia es buena herramienta para que las mujeres no se rebelen. Mantenerlas embarazadas, dedicadas y abnegadas o ¿ahogadas? a la maternidad, lejos de las aulas universitarias y más aún de las escuelas primarias y técnicas, nos mantiene a los hombres en el poder.

Quienes siguen decidiendo sobre el cuerpo y la vida de las mujeres somos hombres, diputados en su mayoría hombres; debido a lo que en América conocemos como machismo y que no es otra cosa que sistema patriarcal.

Para muchas mujeres estar embarazadas es la única forma de sobrevivir y hallar sentido en un mundo y un país que no les ofrece otra alternativa. El sexo con todo y las culpas infundadas es el único espacio a su alcance, si no pueden ser independientes ni tener una carrera, el cuerpo se convierte en un medio de sobrevivencia. Para muchas el sexo es juego mortal, como la ruleta rusa, no hay ni había píldora y menos condones ni cabrones para usarlos. Ninguna muchacha de buena familia antes y aún hoy se atrevería a pedirle a su ginecólogo que le coloque un diafragma o le facilite condones.

Por eso cuando se habla de aborto terapéutico, se hace referencia a que una de las partes está en peligro de muerte, no se alude al derecho al aborto que debe tener toda mujer que no quiere ser madre.

Cuando llega la hora de separarse del niño o niña después de dos meses de subsidio que legalmente por maternidad se da en los trabajos a las mujeres, un sentimiento de culpa al dejar al niño en manos extrañas, achica el corazón. Muchas prefieren renunciar a su profesión (a otras les da por firmar artículos en periódicos machistas contra el aborto como ama de casa por decisión propia como si fuera esto una profesión y no el único espacio que los hombres les hemos dejado). Pero esta decisión difícil siempre le toca a la mujer, nunca al hombre, aunque ambos tengan empleos importantes y productivos. Cuando hay que escoger entre el trabajo y los hijos o hijas es la mujer quien debe sacrificarse, es la norma y nadie, menos los hombres estamos interesados en cambiarla. Muchas mujeres por no perder uno de ambos espacios tienen que sobresalir como madres y profesionales, ¡qué extenuante!

Los hombres no nos involucramos en la crianza (ni lavamos pañales o biberones, ni nos levantamos tres o cuatro veces en las noches para dar leche al bebé que llora) y mucho menos en la manutención de nuestros hijos e hijas. Como reza la canción que lloramos con frecuencia los hombres junto a Yolanda del Río en cantinas de nuestro recóndito país, habemos muchos hijos de nadie.

La realidad biológica es innegable, resultar embarazadas hoy para las mujeres en nuestro país como fue para nuestras madres y abuelas, es un problema: renunciar al control del propio cuerpo, colocarse en manos de Dios, de la naturaleza y por último del médico, si es que hay alguno a mano.

Dice la escritora puertorriqueña Rosario Ferré que “Dar a luz tiene bastante en común con la muerte: Uno tiene que dejarse ir y aceptar lo que viene. La experiencia hace madurar a uno, lo obliga a meditar sobre el sentido de la vida”. Y agrega que, “el hecho de que los hombres nunca pasen por esta experiencia es preocupante. No serían los mismos si tuvieran que dar a luz a la vida, de cara a la muerte”.



*Escritor Nicaragüense

Miembro de Asociación de Hombres Contra la Violencia

hectoravellan@hotmail.com


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