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Estrena juventud a los 25 años
* Dos impactos emocionales a los 15 años, la condenaron a una terrible enfermedad
* La piel escamaba, se le caía y ella se ocultaba, lloraba, quebraba espejos y pasaba sedada
* Médicos tras médicos, hasta brujos, y ya casi acariciaba la idea de quitarse la vida
* Un consejo y el milagro: la hidrofango-terapia y hoy disfruta de su esplendorosa juventud
Foto  

Celia Aguilar, la joven que ha vuelto a vivir. OSCAR CANTARERO / END

 
El caso de Celia Aguilar puede entrar en los archivos de Ripley, en la larga e infinita lista de los milagros documentados, pero siempre inexplicables. Porque desde los 15 años de edad, hasta hace pocas semanas, no conoció más que consultorios, malos diagnósticos, y su cuarto, el mejor refugio.

Hoy, a los 25 años estrena su juventud. Estrena la vida.

Invadida por una soriasis extrema, al punto que los médicos no le auguraban más que "convivir" con la enfermedad, que no sería posible llevar una vida normal, enamorarse, casarse y tener hijos, Celia, se puede decir, también luce su nueva piel, y los vecinos comienzan a conocerla. A darse cuenta de que existe: algunos no sabían que vivía en el barrio, otros pensaban que era una desconocida, una recién llegada.



Dos impactos que le hacen crisis

"Fue un milagro", confirma con una sonrisa de álbum. El martirio de Celia se inició poco después de festejar sus 15 años. En el día más feliz de su vida, bailó con su padre. Era el último baile, porque 15 días después fallecería. Un noviazgo también se deshizo en pocas semanas. "Y comienza mi enfermedad", nos dice. "Fueron dos heridas que hicieron crisis en mi salud".

Después, lo que vivió fue un terrible drama: la quinceañera empezó a sufrir de una terrible escamación por todo su cuerpo, a botar incluso el cabello y hasta las uñas. Botaba, en poco tiempo, la juventud que apenas venía a su encuentro. Entonces se aisló, abandonó el mundo, el cual se redujo a clínicas o consultorios.

"Eran escamas como de pescado. Es que me salía por todo mi cuerpo. Yo escamaba y me volvía a salir hasta en el cráneo, se me caía el pelo. Todo mi cuerpo estaba cubierto. Luego en las clínicas me dijeron que era alergia, y me empezaron a dar pastillitas leves, diazepán. Me llevaron a hospitales, al dermatológico, y finalmente me dijeron que era soriasis crónica".

El padecimiento de Celia fue cruel. Uno piensa dos veces si es bueno describirlo todo, pero es mejor reservarse los detalles, o para no dejar un poco a la imaginación lo demás, diremos que ni el calzado le quedaba.

"Ellos --los médicos-- no me detectaron que era el sistema nervioso".



"Vos no tenés cura"

En el "Manolo Morales" la trató una sicóloga. Dos veces llegó y en ambas ocasiones fue como haber recibido su certificado de defunción en vida. "Ella me dijo: vos no tenés cura, no podés tener hijos, sólo te mantendrás sedada, dormida en tu cama".

Le entregó la orden del medicamento, lo retiró, y al volver a casa "llegué atacada. Y me bebo las pastillas y paso durmiendo, toda la noche y el día. Porque a mí no me gustaba despertarme, porque miraba mi piel cómo estaba".

Estar despierta era como prolongar una pesadilla ajena que ella se encargaba de padecerla en lugar del soñador, quien luego se despertaría tranquilo, mientras ella se quedaba con la peor parte. Por eso, nada mejor que un sueño químico o artificial, para fugarse con la almohada, de aquel funesto mal sueño.

"Me encerraba, porque era mejor estar dormida".

Un día, su mamá le dijo que fueran a Ixchén. Ella se cubrió el rostro con un suéter, apenas dejaba una abertura para hablar, y unos grandes anteojos oscuros terminaban de ocultarla de la gente.

La doctora al ver su caso, le salió con que no tenía nada. Nunca esperó ese diagnóstico estilo para-salir-del-paso. "Me puse a llorar, porque me dice: "Vos estás bien", pero ¿y todo lo que me habían dicho los médicos? No podía trabajar, dejé de estudiar. No podía seguir haciendo mi vida, y la doctora me sale con que estaba sana".

La virulenta enfermedad la dejó varada en el cuarto año de secundaria. Sí, hubo un breve período en que logró recuperarse algo, pero en su última crisis, cayó. "Ya no pude". La médico de Ixchén le dijo: "Quitate la ropa”. A mí me dio pena. Luego me dijo: “Yo conozco a una persona en San Francisco Libre. Andá al Centro de Hidrofango-Terapia".

En esos días, además del desfile de galenos y siquiatras, hasta abrió un frente de brujos, de los que dicen curar con sus "limpias". Pero todo era un engaño organizado.



Inicia la curación

Luego de dos meses de someterse al tratamiento en el Centro de San Francisco Libre, dirigido por Guillermo Fuentes, "comienza mi cambio. Me mandaron donde un homeópata, el doctor Alfredo Ruiz, y me pone en un régimen de desintoxicación de todos los químicos que tomé".

En el Centro comenzaron prácticamente a modelarla en barro. La cubrían de pies a cabeza con arcilla, por media hora. Luego pasaba a la bañera con aguas de los termales. Posteriormente, en otro cuarto de terapia, durante una hora le echaban loción para ayudarle a la piel a tener las vitaminas necesarias. Se sometió al tratamiento desde los pies a la cabeza, de martes a viernes.

En la laguna de aguas calientes y sulfurosas también debía bañarse. "Se me empezó a caer aquello que hacía de piel, y quedé blanca, blanca, como si fuera tiernito. Mi piel comenzó a venir".

La transformación empezó. Su cabello volvió a florecer, a regenerar. "Y mi juventud, porque pasaron los años y hasta ahora, a los 25, comenzaré a ser joven".

-- ¿Cómo ves esa larga época?

Es una etapa demasiado triste de mi vida. Sufrí mucho. Si salía a la calle, debía salir cubierta. Me preguntaban: ¿qué tenés? ¿qué te pasa? No podía siquiera tener un novio, porque me daba pena que me mirara cómo era. Era una vida sin fiestas...

Así, se encerraba en el cuarto, donde nadie la mirara. "Para mí ese cuarto era una casa de cristal, donde nada me lastimaba, donde nadie me preguntaba nada ni nadie me quedaba viendo. Cuando salía, sentía que todo mundo estaba encima de mí".

Ahora, con todo lo vivido, dice: "Mi vida cambió por completo. A como estoy ahora, yo no tengo nada".

Durante una de sus peores crisis quebró el espejo. "Yo me miraba: era fatal. Hubo un momentito, en una de mis tantas crisis, cuando deseé la muerte, pero nunca lo intenté. Vivía frustrada, no podía hacer nada, si me levantaba me dolía. Si no estaba con las pastillas, no dormía. Pastillas para la picazón, para el dolor, para dormir".

Cuando estos fármacos no le llegaban, "me comenzaban a inyectar porque ya no podía dormir, y lo que yo deseaba era dormir para no verme y no sentir ningún dolor".

-- ¿Y ahora?

Estoy conociendo... pienso estudiar, para poder trabajar. Me iban a conseguir un trabajo. Dicen que nunca es tarde, a la edad que tengo debo seguir para adelante.

-- ¿Ya no teme al reflejo de los cristales?

Salgo normal a la calle, tranquila. Después de los dos meses, sentí una felicidad demasiado grande. Agradezco a estas personas del Centro de Hidrofango-terapia de San Francisco Libre; es un milagro.

El retiro del mundo dejó que la gente la desconociera. Ahora piensan que es una nueva vecina. Le preguntan dónde vive, da la dirección que ya todos conocen y le replican: ¡pero si nunca estás ahí!

Los años del encierro en el cuarto quedaron atrás. "Ahora salgo, voy a fiestas, he tenido novio, me relaciono. Mi vida cambió radicalmente, luego de tantas lágrimas que derramé en mi cama, en los hospitales, en las clínicas".

Incluso ha recuperado todos los piropos que había dado por perdidos. Se ríe cuando le preguntamos por el mejor, y sólo suelta una sonrisa con un ¡qué malo! de contestación. Nunca es tarde para aprender a ser joven...


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