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La discapacidad no impidió su lucha


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La vida no ha pasado en vano para Alma Nubia Baltodano. Pese a la pérdida de sus manos, nada le impide mantenerse activa. ISIDRO HERNÁNDEZ / END

 
Hace 25 años Alma Nubia Baltodano había cumplido quince años. Entonces se sentía lo suficientemente madura como para tomar sus propias decisiones, y resolvió desistir de un asilo en Venezuela para huir y unirse al Repliegue táctico hacia Masaya, después de haber sorteado varios retenes.

Entonces pasaste momentos muy peligrosos. ¿Qué fue lo más duro que viviste?

“Cuando perdí mis manos, un Jueves Santo 12 de abril. Tenía presa a mi hermana Zulema, de 16 años, quien murió después en Batahola, en los días de la insurrección final (1979).

Ella y otros guerrilleros urbanos fueron emboscados por los guardias que estaban custodiando las cercanías de la Embajada estadounidense. En ese enfrentamiento murieron unos 160 jóvenes de los barrios occidentales”.

¿Te retiraste después de esta tragedia?

“No. Seguí en la lucha por la causa y por mi vida. No podía ir a un hospital a curarme, ni llevar una vida pública, entonces comencé a vivir en la clandestinidad.

Así pasé más de dos semanas buscando asilo en la Embajada de Venezuela. Recuerdo que en este lugar había de todo tipo de personas, desde combatientes, guardias y delincuentes. Pero no lo conseguí. De ahí me escapé hacia el Repliegue a Masaya, de forma heroica digo yo, porque pasamos retenes tras retenes de guardias, que estaban atrincherados. La verdad es que tuvimos suerte de no ser asesinadas en esta retirada”.

¿Cómo cambió tu vida el triunfo de aquel 19 de julio?

“Al inicio me tocó invertir bastante tiempo en mi rehabilitación. Estuve hospitalizada en Cuba, luego en Alemania, donde me hicieron la operación de dividirme el cúbito y el radio, de lo cual hago de mis manos.

En medio de esto, se realizó la Cruzada Nacional de Alfabetización y participé activamente. Estuve en el poblado de Yalí. Recuerdo con mucho cariño a esta gente del lado de Rica Arriba y Rica Abajo, era subzonal que atendía a los brigadistas. En esta zona murieron algunos alfabetizadores, como Juana Cruz. Muchos compañeros de la juventud creían que sólo podía trabajar en Managua, porque no tenía las manos, pero les demostré lo contrario. Participé en los lugares más necesitados en esa Cruzada”.

¿Y después de la alfabetización?

“Después trabajé en la FES (Federación de Estudiantes de Secundaria). La formamos. También me integré a los cortes de café. Creo que todo esto me ayudó a insertarme a la vida social después de perder mis dos manos. Creo que la oportunidad que daba la revolución de sentirse realizado y de tener una razón por qué vivir, me ayudó mucho internamente. Digo esto porque la revolución, a pesar de las cosas negativas que se dicen de ella, a los discapacitados nos daba un valor moral muy elevado, como ejemplo de símbolo y abnegación.

“Muchas organizaciones de la revolución cometían el error de ver a la persona con discapacidad a partir del origen de la lucha y tenían los beneficios, y los que no se identificaban, estaban marginados. Hoy estos criterios han sido cambiados, porque la verdad es que la discapacidad es una, y como tal, independiente de sus ideas, hay que enfrentarla”.

¿Cómo sentiste la derrota del FSLN en las elecciones del 90?

“Fue duro, pero rápidamente me adapté a la nueva realidad del país. Lo que me sigue impactando mucho es atender el sector de las personas con discapacidad”.

Y sobre tus capacidades, ¿qué nos podés decir?

“Estudié educación agropecuaria en la Universidad Agraria. También recibí cursos como operador de microcomputadora. En la actualidad trabajo en la Adifim, manejo la computadora. En mi casa hago algunas cosas del hogar, soy muy feliz con mi familia. Realmente feliz, porque son mi vida y mi revolución”.


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