Jueves 15 de Julio de 2004 Hora local | Managua, Nicaragua


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Entre El Raizón y la Presidencia
* Sólo duerme entre 4 y 5 horas al día y se levanta a las 4 de la mañana
* Es un experto en programación de computadoras, un oficio que aprendió a raíz de que le confiscaron en 1985
* Uno de sus secretarios le prepara sus discursos, pero él le pone los refranes y el toque de finquero próspero
* Fue una jornada que se saldó con una sopa de frijoles con huevos al anochecer
* Es un gran coleccionista. Guarda todas las fe de bautismo de la Masaya previa al año 1800 y los periódicos de Walker
* Bolaños es tan austero que en Estados Unidos prefiere comer en McDonalds. “Es que no es gustoso”, dice su secretario
Joaquín Tórrez A.

Foto  

 
5.45 de la mañana. A esa hora de un amanecer gris, Enrique José Gregorio Bolaños Geyer ya está bañado y perfumado; ha contestado ocho correos electrónicos, ha leído 15 y reescribe un discurso que a las 9 de la mañana debe leer en la Cumbre Anticorrupción que la OEA realiza en Managua. Es jueves 8 de julio en El Raizón, a 20 kilómetros al Oriente de Managua.

“Es que estoy rehaciéndolo porque me dijeron que mejor contara mi cuento”, dice Bolaños en su oficina, un minúsculo recinto contiguo a su casa, en el que ha puesto su toque decorativo con fotos donde aparece junto a George W. Bush, el papa Juan Pablo II, sus hijos, nietos y una foto con su esposa, doña Lila T. dándole un beso propio de una postal de San Valentín.

Tiene un rostro inescrutable. Parece ajeno a cualquier tipo de emoción. Es difícil saber si ha dormido bien o mal porque sus lentes de montura fina ocultan sus ojos claros; pero él se pone un poco terrenal y asegura que ha tenido una dura noche. “Quién sabe qué me cayó mal y mi barriga le pasó haciendo prrr, prrr, prrr, tooooda la noche”, le comenta a su adormilado vocero Lindolfo Monjarrez, quien llega a su casa muy de mañana, presto a servirle con la agenda en la mano.

En su oficina se respira a tranquilidad. Un cuadro de Jesús, otro de Bolívar, un busto de Darío, una estatua en miniatura de Denis Martínez, la bandera nacional y un perchero plagado de sombreros y gorras, le acompañan en sus labores. El lujo se resume en una computadora pantalla plana y “mouse” inalámbrico que usa con destreza (Bolaños es programador), dos laptop y un balón de fútbol autografiado por jugadores del Real Madrid.

Poco come en su casa. Ese día, su desayuno se limita a una copa de agua y otra de un líquido amarillo que resulta ser Cebión, un multivitamínico bueno para cicatrizar la herida de una cirugía que recién le hicieron en las encías.

“Presidente, para su discurso hoy no habrá teleprompter”, le comenta Monjarrez, y Bolaños asiente con el gesto adusto, con la mano izquierda entre el mentón y la boca, como no conforme con el discurso. En ese momento se ha colgado un rótulo imaginario de “No molestar, hombre trabajando”.

Y se hizo un silencio que se podía cortar con un cuchillo, hasta que llegó con unas cartas su asistente, Fabricia Sánchez, una guapa mujer que, a juzgar por su horario, carece de vida propia, pues inicia su jornada a las 5 de la mañana y la cierra cuando Bolaños cruza la frontera y vuelve a casa, casi siempre a las 9 de la noche.

Hechos los deberes, arranca hacia la Presidencia. Son las 6.30 de la mañana y debe apurar el paso porque a las 7.30 tiene un desayuno. Bolaños se anuda su corbata celeste, se pone su traje oscuro, deja la oficina y entonces inicia el revuelo de su escolta. Tres corren poniéndose sus chaquetas y cuatro más tragan su último bocado, perdidos en una babel de claves. Hacia Managua sale una caravana de cuatro vehículos.

El salón oval

La oficina presidencial es grande. Su forma es ovalada y tiene un privilegiado ventanal con vista al lago. Es la misma estancia que ocupó Arnoldo Alemán, pero ahora tiene un aire más tecnócrata, con computadoras IBM, una webcam (que Bolaños usa para tener a tiro a sus ministros), y estantes llenos de informes, gacetas, presupuestos, una Biblia, un equipo de audio Sony (donde el presidente oye la Güegüense) y fotos de su familia ubicadas hasta donde las gacetas lo permiten.

En un televisor colocado a la derecha del salón, Danilo Lacayo da los Buenos Días. Mientras Bolaños enciende su PC, Ramón Lacayo, un canoso ojiverde que hace de secretario personal, le pasa un informe del Ejército, y el doctor presidencial, Domingo Bermúdez, le toma la presión. Es la rutina diaria. Y la presión de todas las mañanas: 110/70. “Pese a sus 76 años este señor es como un motor de diesel”, dice el doctor.

Parece un día normal. La agenda presidencial sólo incluye un desayuno, un acto anticorrupción, un acto en la sede de Los Pipitos, una entrevista con César Gaviria, de la OEA, otra con Carlos Fernando Chamorro, y una recepción nocturna para los delegados que la OEA ha reunido en Managua. Pero siempre hay cambios. Su agenda es lo menos predecible. En muchos casos depende de cómo ande Ramón Lacayo, el secretario.

A las 7:30 le avisan que es hora de su desayuno con un gurú anticorrupción y Bolaños va al comedor, ubicado en la segunda planta en el ala oeste del edificio, contiguo a su oficina. Nomás entrar, bromea con una mesera diminuta. “Ajá, ¿y vos cuándo vas a hacer los frijoles como los hacen en mi casa?” La mesera sólo sonríe. Y sigue sirviendo el fresco de naranja.

Lo acompañan el canciller Norman Caldera y Mario De Franco, su secretario de estrategias. Hablan de crecimiento económico, y cuando De Franco dice que una institución pide más dinero, Bolaños suelta su primer metáfora política del día: “Eso es como aquel poema de Darío, cómo es que dice...: `Un vuelo de cuervos pasa por...´ --¿cómo es que dice ese poema? --Hombré, llamate a Avil, ese jodido sabe porque es leonés”.

Lacayo, el secretario, toma uno de sus dos celulares y luego entabla un diálogo ad hoc con Avil Ramírez, el otro secretario de Bolaños. --¿Cómo es que dice aquel poema de Darío que habla de cuervos? --Ahh, así dice... a ver, a ver, repetime... `un gran vuelo de cuervos pasa... --¿pasa por dónde?´, --no jodás, mejor mandámelo, que el presidente lo quiere consultar.

En plena complicación dariana llegó el invitado; y entonces el presidente ocupa el sitial de espaldas al lago, se coloca una servilleta en el pecho, coge una cuchara y da cuenta de una ensalada de frutas abundante en sandías y bananos. El menú incluye omelet, gallo pinto, bacon y un yogurt Yoplait para Bolaños, que no puede comer pesado porque está recién operado.

Diez minutos después de iniciado el desayuno, un e-mail entra al correo de Fabricia, la asistente. Es el poema de Darío. “Un gran vuelo de cuervos mancha el azul celeste...”



Todos los hombres del presidente

En el Hotel Crowne Plaza se realiza la Cumbre Anticorrupción de la OEA, y Bolaños es el invitado especial. Después de César Gaviria, de la OEA, el presidente lee un discurso distinto al que de previo repartió la Cancillería. Suele pasar que los cambie a última hora, pero ha confundido a los periodistas y los participantes. El desaguisado molesta a Bolaños, quien comenta por lo bajo: “Éstos son como los patos..., si no se c... en la entrada se c... en la salida”.

Tras el acto se reúne con Gaviria. Media hora después, en una cita no programada, con el padre León Pallais, antiguo rector de la UCA y profesor de Bolaños en sus tiempos mozos, quien le pide dinero para su centro escolar. Y después entra John Maisto, el enviado de Bush a la Cumbre. Sus funcionarios van de un lado a otro y sólo los escoltas permanecen en su lugar. Su rostro es un verso al “no-se-acerquen”.

Pasadas las 11 de la mañana, Bolaños sale en su camioneta Lexus a una actividad con la organización Los Pipitos. Antes, ha ensayado su discurso con su vocero, su secretario y un hombre de Protocolo, un tipo alto que recién se estrenó en el cargo y que siempre lo saluda con un crujir de cervicales.

Cuando se trata de actos en la ciudad, el número de escoltas sube. Por seguridad no dicen cuántos son, pero bien pasan de la docena. A ellos se suman los enviados de prensa (un fotógrafo, un camarógrafo, un periodista de radio, uno de prensa, y el vocero), dos sonidistas y tres de Protocolo, entre los que se incluye Donald Shiffman, un incombustible maestro de ceremonias que trabaja en la Presidencia desde los 90.

Menciones aparte merecen el doctor Bermúdez, quien nunca deja solo a Bolaños, y José Rodríguez, “El Chino”, de eterna guayabera, mesero oficial desde hace dos años. Nadie puede servirle al presidente. Sólo él. ¿Temen un atentado? “Sólo es precaución”, dice “El Chino” que, cuando puede, hasta la sombrilla le carga a Bolaños.



Entre consomés y churrascos

A media tarde, Bolaños tiene una entrevista con Carlos Fernando Chamorro, del programa Esta Semana. La sola presencia de este periodista (“que pregunta de todo”) lo obliga a llamar a sus asesores cercanos, Eduardo Montealegre, Mario de Franco, Frank Arana, Julio Vega y su secretario Ramón Lacayo. La cita es un almuerzo-trabajo. Bolaños necesita que le digan cómo anda la economía del país en sus dos años y medio de gobierno.

Se ven caras felices. Entre ellos se permiten chistes, y más contra Julio Vega. --Desde que sos ministro estás más panzón, maje-. --¡Qué va a ser!, estoy a dieta, responde el aludido frotándose un abdomen por el que asoman unas libras extras.

Los meseros van y vienen con su concierto de vasos, cucharas y platos grabados con el escudo de la Presidencia. Las risas van de un lado a otro en el comedor de 16 sillas. Uno comenta que le gustó el discurso del presidente, pero sus palabras se las lleva el aire acondicionado; mientras, dos jóvenes instalan una laptop, un datashow y una pantalla que servirá para que Bolaños se aleccione previo a la entrevista con Chamorro.

--Ajá, Marió, ¿me vas a presentar las cifras, pues?, le espeta Bolaños a De Franco. Es la 1:30 de la tarde y Bolaños se reclina en su silla, chupa las patillas de sus lentes con boca de hedonista, y ve cómo De Franco despliega una presentación de 12 gráficos en Power Point sobre el comportamiento de la economía nacional hasta junio. Afuera, un policía armado corre para cubrirse de la lluvia bajo un árbol de almendras.

Sus cavilaciones las interrumpe “El Chino”, quien le sirve un consomé de pipianes y un vaso con té de limón. A su lado se sienta Montealegre, al que le sirven un churrasco con papas fritas y arroz con maíz. A los otros ministros les sirven lo mismo, pero Montealegre pide frijoles fritos y Frank Arana una ensalada de repollo.

“Y me trae un limón, por favor. ¿Me podría quemar más esta carne?, es que me gusta bien cocida”. “¿Y que tiene de tomar?”, pregunta el ministro Vega. “Sólo hay Rojita y té”, responde un mesero que carga una fuente de arroz. “Pues tráigame Rojita”. “Y usted ministro, ¿que quiere..?” “Mejor un té”.

Antes de los pedidos, Bolaños ya había preguntado por los buñuelos, lo que demuestra que no es de buen comer. Sus gustos son más típicos que gastronómicos.

De Franco inicia su festival de números y gráficos y Bolaños sólo escucha entre cucharadas de consomé. “Mire presidente, hemos subido en el IR... en este gráfico se ve que la deuda la reducimos en un 87%; hemos subido en...”. “Entonces, ya me puedo ir y dejarle el puesto a Chepe Rizo”, bromea Bolaños.

Los ministros celebran la gracia y le dan algunas luces para su cita. Les interesa que sea contundente y dé ejemplos de gente que ha mejorado su economía con su “Nueva Era”. Pero no todos estaban por la labor. Uno se entretiene enviando mensajes por su celular y otro sigue con su churrasco. “Jodido, denle un norte al presidente”, reclama Ramón Lacayo, fiel escudero de Bolaños. La tajona, le llaman.

El café llegó de la mano con una gráfica sobre las reservas netas internacionales, y con los datos del PIB llegó el postre: gelatina para Bolaños y dos caramelos para cada comensal: uno de menta y uno de canela. Mario De Franco prefiere fumarse un Marlboro. “¿Me lo merezco, Presidente?” “Fúmeselo”.

Mucho han cambiado las comidas desde que Bolaños es inquilino de la Casa Presidencial. Cuentan los escoltas que Alemán hacía de cada almuerzo un banquete a mesa llena. Pero Bolaños ha puesto el cerrojo. A él le seduce la naturalidad casera.

“No es gustoso. Prefiere sus frijoles con manteca de chancho, su salpicón y su carne desmenuzada”, cuenta su secretario, quien retrata lo austero que es su jefe de una plumada: en Estados Unidos come en Denny’s y McDonalds porque es más barato.



Sufre Ramón, sufre

De sus reuniones con su ‘kitchen cabinet’ Bolaños saca sus discursos. Su secretario privado, Avil Ramírez, es ducho en ese menester; es un “todo terreno” que escribe los borradores, le busca citas, ejemplos y le dice qué palabras usar en cualquier auditorio. Pero la última palabra la tiene Bolaños, que le agrega los refranes y el toque de finquero próspero.

Después de lavarse los dientes y reposar un poco la cabeza en su salita de relax, donde tiene una hamaca y un sofá (Alemán tenía ahí una cama), llegó el momento televisivo con Carlos Fernando Chamorro, que transcurrió con el guión previsto: Chamorro de cazador y Bolaños con su discurso que había ensayado mientras comía consomé.

Con la misma cara y similares palabras atendió a la BBC de Londres y luego a Radio France Internacional. Le pidieron tres minutos cada una, pero la charla se extendió por casi 40 minutos. El tiempo que consumen las entrevistas, descomponen el rostro del secretario que, como el mamón de la canción de los Hombres G, sufre.

“Jodido, es que no va a descansar el hombre”, dice nervioso. Pero Bolaños le para. “Ai dejalos, hombre, si de todas maneras el teléfono lo pagan ellos”. Casi dan ganas de fundar una ONG para evitar el sufrimiento de Ramón.

A su cruz se le une el canto meloso de Pedro Solórzano, el ministro de los adoquines, quien llega con un chiste que a pocos hace gracia: “Ve, en Perú se está celebrando la Copa América y aquí se celebra la copa anticorrupción, ¿qué les parece?” En el salón se escucha un “ajá”.

Pedro llega con los sofocos de unas carreteras, a enseñar el logo que usará en su próximo Ben Hur, e invita al Presidente a inaugurar una obra en Corn Island. Hace planes con él y acuerdan que harán una gira de dos días por la zona. Detrás de Bolaños, Ramón le hace señas: “Ya, Pedro, ya, que quiero que él vaya a cortarse el pelo para que se despeje un poco”.



El peluquero y los mendigos

Su pelo es escaso, pero para Ramón anda peludo. Y así se lo lleva a la Barbería Pallavicini, ubicada frente al portón del Cementerio Occidental. Es uno de los dos lugares donde Bolaños se acicala, pero lo visita poco. La razón: la gente le pide dinero cuando sale. “Y no me gusta, porque los medios siempre dicen que si les doy, fomento la mendicidad”, dice Bolaños.

El corte cuesta 25 córdobas, pero le da 100 a un gordo de guayabera que luce un hilillo de barba. A la salida ocurrió lo previsto: 20 personas lo esperaban con una consigna: “Danos riales Bolaños”. La mayoría eran mujeres, niños y señores que laboran limpiando tumbas en el cementerio.

Eran las 5:30 de la tarde del 8 de julio. Una lluvia caía sobre Managua. Casi ha consumido la agenda del día, pero le falta aún una recepción que dará a las 7:30 de la noche en la Presidencia a los enviados a la Cumbre Anticorrupción.

La actividad es protocolaria. Invitan a ministros, embajadores y empresarios que buscan seducir para que abran negocios en el país. Bolaños pasa revista y salda todo con una sonrisa bancaria, fotos, abrazos y, para brindar más confianza, con un plato de vigorón que le llevan envuelto en hojas de chagüite. Se mueve como Pedro por su casa, hablando de su gestión y vendiendo el país como un guía turístico profesional.

Se le ve feliz. No se deja oxidar por los años. Y con una cara de persona autosatisfecha de su paso por la tierra, regresa a su casa. Son las 9:00 de la noche.



Una sopa de frijoles al anochecer

- ¿Quieren cenar?

- No sé, como quiera. Si no es molestia...

- No hom... Se quita la chaqueta, la pone en el espaldar de una silla; se dirige a la cocina y grita: “Echale más huevos a la sopa de frijoles que los jóvenes van a cenar aquí”.

Oyéndole hablar así, espontáneo, parece tener un alma pobre. Pero es Enrique Bolaños, otrora uno de los grandes algodoneros del istmo, un hombre que nació contando el dinero por fajos, lo que se le nota en el brillo violáceo de la mandíbula, por donde asoma el alma de los ricos de cuna.

Su casa es como un museo. Guarda de todo. Las fotos compiten por abrirse espacio en las repisas con los adornos y en su biblioteca hay desde Selecciones hasta la última serie de libros de autoayuda, pasando por su colección de agendas de cuando era vicepresidente, y un piano que ni siquiera toca.

Pero entre las cosas más preciadas están 28 tomos con todas las fe de bautismos de la Parroquia de Masaya, previas al año 1800, los originales del diario El Nicaragüense, el que hacía William Walker a mediados de los años 1800, y los libros donde su papá llevaba las cuentas de sus negocios.

Recién ha leído “Mi país inventado”, de Isabel Allende, y ahora lee un libro del embajador japonés Matsuhiro Kagami, sobre nuevas tecnologías. “Me estoy interesando en eso”, asegura, mientras hace un rápido tour por su baño y su cuarto, una pieza pequeña donde destaca una cama de casi dos metros de ancho. “Aquí duermo con la Lila”, dice, y se detiene. El olor a sopa de frijoles con huevos nos llama. Hay que comer. Para Bolaños mañana es un día más para gobernar.


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