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Lenguaje colonial

Juan Diego García

La prensa estadounidense de los últimos días ha destacado el documento de Richard Perle, “Cómo ganar la guerra al terror”, al lado de las declaraciones conciliatorias de Powell y de los editoriales triunfalistas de los grandes diarios (por ejemplo, el mensaje de año nuevo de New York Times). Todos ellos, a pesar de sus aparentes diferencias, están elaborados con una misma e inocultable lógica colonial.

Los “buenos” predican que USA está llamado por la Providencia Divina a la dura tarea de extender por el mundo el libre comercio, el mercado sin trabas, la democracia representativa y el progreso humano. Las operaciones militares aparecen tan sólo como necesarias y dolorosas acciones cuyo único propósito es eliminar aquellas “fuerzas del mal” que se empecinan en vivir en el pasado, en la opresión a sus semejantes y en el mantenimiento de odiosos privilegios que el modo de vida occidental está llamado a corregir.

Los “malos” --como Perle, por ejemplo-- reconocen abiertamente la necesidad de agredir sin consideración alguna y sobre todo, de asegurar los intereses estratégicos de los grandes consorcios económicos de los Estados Unidos, pues de paso, se beneficia a la sociedad estadounidense en su conjunto. El principio de soberanía es una antigualla y la idea de ir de salvadores del planeta tampoco parece perturbar sus sueños coloniales. Dentro de su lógica de utilitarismo puro y duro, cada uno debe preocuparse de sus propios negocios.

¡Que sobrevivan los mejores! ¡Que el éxito sea para aquellos que se lo ganen! La solidaridad es tan sólo un principio inventado por los débiles para obtener aquel bienestar que su pereza e inferioridad les ha negado.

Este doble lenguaje ni es nuevo ni tampoco parece crear entre ellos motivos fundados de disensión. También ocurrió así en el colonialismo clásico. En efecto, la idea de un “colonialismo benéfico” que trae el progreso no es nueva como tampoco lo es la declaración brutal de sus verdaderos objetivos. Es un hecho histórico que el colonialismo clásico utilizó este doble lenguaje para legitimar el saqueo de los países periféricos. Mientras unos sostenían que se trataba de llevar la civilización a los pueblos atrasados, sometidos al despotismo y la miseria, otros confesaban claramente que la finalidad no era otra que beneficiarse del saqueo, la esclavitud y el despojo de pueblos inferiores a quienes se llegó a negar inclusive la misma condición de seres humanos.

El documento de Perle propone que luego de Irak hay que continuar el esfuerzo militar en Siria e Irán, claves para la estrategia estadounidense en el área.

Se debería, además, proceder a movilizar tropas en Corea, con la clara disposición de entrar en combate si China no logra convencer a Kim Yon-Il de abandonar el poder lo antes posible y desmantelar todo el programa nuclear.

Todo principio de legalidad está ausente en este discurso; toda referencia a la soberanía de los pueblos, desconocida. Al mismo tiempo, Powell y las “palomas” hacen un llamamiento a todos para que el imperio americano sea aceptado so pena de graves consecuencias para los reacios que se verán condenados al atraso y la pobreza. Ambos discursos se complementan. Son la cara y cruz de la misma moneda imperial.

Acostumbrados como estábamos a aquella filosofía moralista de la ONU, de aparente respeto a la soberanía y de superación definitiva del colonialismo, la dura realidad de las actuales guerras coloniales se ha encargado de disipar la ingenuidad de algunos y las ilusiones bondadosas de otros. Pero allí están Perle y Powell para despertarnos del sueño y la ilusión.

Desde esta perspectiva, no sorprende a nadie uno de esos correos electrónicos que circula en estos días, denunciando la educación colonialista que se imparte en los Estados Unidos de manera oficial. En la “Introducción a la geografía” de David Norman, utilizada en el Junior High School en los Estados Unidos (correspondiente al 6º grado de primaria en España) se puede leer que la Amazonia y el Pantanal (Brasil) han sido entregados por la ONU al cuidado de los Estados Unidos. (Ya no es la Divina Providencia la que otorga, pero para efectos prácticos, es lo mismo). En el texto citado se lee...

“En una sección al norte de América del Sur, una extensión de tierra con más de 3,000 millas cuadradas... (está) la primera reserva internacional de la selva amazónica. Desde mediados de los años 80 la más importante floresta del mundo pasó a ser responsabilidad de los Estados Unidos y de las Naciones Unidas. Es llamada Prinfa (la Primera Reserva Internacional de la Floresta Amazónica), y su fundación se dio por el hecho de que la Amazonia está localizada en la América del Sur, una de las regiones más pobres del mundo y cercada por países irresponsables, crueles y autoritarios. Es parte de ocho países diferentes y extraños, los cuales, en su mayoría son reinos de la violencia, del tráfico de drogas, de la ignorancia y de pueblos sin inteligencia y primitivos.

La creación del Prinfa fue apoyada por todas las naciones del G-23 y fue realmente una misión especial para nuestro país y un presente para todo el mundo, visto que la posesión de estas tierras tan valiosas en manos de pueblos y países tan primitivos condenaría los pulmones del mundo a su desaparición y total destrucción en pocos años”.

Y para que no quepa duda alguna, al pie del mapa correspondiente, se anota:

“Podemos considerar que esta área tiene la mayor biodiversidad del planeta, con una gran cantidad de especies de todos los tipos de animales y vegetales. El valor de esta área es incalculable, pero el planeta puede estar seguro de que los Estados Unidos no permitirán que estos países latinoamericanos exploten y destruyan esta verdadera propiedad de toda la humanidad. Prinfa es como un verdadero parque internacional, con severas reglas para su explotación”. (página 76).

Los textos escolares de la Alemania del Tercer Reich contenían mapas y explicaciones muy similares. Entonces se hablaba de “pueblos inferiores”, de “espacio vital” y del imperio de mil años de la raza aria. Hoy se habla de superioridad cultural, de “responsabilidad y sacrificio” y del destino manifiesto de una nación llamada por el mismo Dios a decidir sobre la suerte de la humanidad y del planeta. ¡Ni Hitler soñó tanto!

Sin duda, en textos escolares como éstos debieron estudiar geografía los señores Perle y Powell (Bueno, para ser justos, no se puede decir lo mismo de la familia Bush, pues ellos pertenecen a esa especie de políticos estadounidenses que tienen a pro el no haber leído nunca un libro en su vida!).





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