Sábado 11 de Diciembre de 2004 Hora local [an error occurred while processing this directive] | Managua, Nicaragua


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Opinión

La lúcida indiferencia de Albert Camus
Erick Aguirre Aragón
eaguirre@elnuevodiario.com.ni

Cuando en 1985 leí por primera vez “El hombre rebelde”, de Albert Camus, aunque mi perspectiva del socialismo en la órbita soviética ya había empezado a modificarse, confieso que entonces sí cambió radicalmente. El hecho de que en la Unión Soviética de Stalin también existieran campos de concentración, en este caso, y para colmo, en nombre de la libertad, fue algo que, dicho o escrito en la forma y desde el punto de vista en que lo hizo Camus, terminó por abrir completamente mi estrechez de visión respecto al propósito sustancial de la rebeldía y de la lucha del ser humano por ser verdaderamente libre.

Si intentara anotar los nombres de todos los autores a cuyas obras agradezco haber enriquecido mis lecturas y a través de ellas mi propia vida, uno de los primeros lugares lo ocuparía sin duda Camus, cuya obra empecé a leer con mayor detenimiento durante una larga estancia en México entre 1986 y 1987. Desde que llegué al D.F. me entregué inmediatamente a una ávida y febril búsqueda de autores “nuevos” y desconocidos para mí, entonces un reticente y bisoño lector formado intelectualmente bajo las premisas del marxismo y en el fragor de las luchas políticas de la izquierda centroamericana en los años 70 y 80.

Uno de los hallazgos más importantes de aquella búsqueda frenética que entonces emprendí, fueron algunos libros de Camus, entre ellos “El mito de Sísifo”, “Ética y política”, su primigenio y germinal “El revés y el derecho”, que fue, según confesión del propio autor, la fuente de inspiración de casi toda su obra, y por supuesto sus novelas “La peste”, “La caída” y “El extranjero”, cuya interpretación, con el tiempo y sus eventos, también he llegado a modificar.

Digo que se han modificado, pues mi entusiasmo por Camus debió sufrir algunas embestidas críticas durante los últimos años, de las cuales sin embargo ha logrado sobrevivir sin muchas abolladuras. Una de ellas la constituyen los severos y a mi juicio conservadores reproches de Mario Vargas Llosa contra la que quizá sea su mejor novela: “El extranjero”. Mi recepción de este libro fue, además de entusiasta, probablemente un poco ingenua. Lo asimilé como según Vargas Llosa lo recibió casi todo el mundo, como una metáfora sobre la sinrazón del mundo y de la vida.

El personaje Mersault, en efecto, encarnó para mí al hombre arrojado a una vida sin sentido, víctima de la arbitraria irracionalidad de los mecanismos sociales disfrazados bajo el ropaje del Derecho, el Orden y la Justicia; un héroe condenado a muerte porque se niega tenazmente al juego de mentiras e hipocresías propias de las convenciones sociales; un mártir de la verdad que se inmola por una simple “incapacidad ontológica” para ocultar lo que siente y para prestarse al juego de máscaras y representaciones de la “civilidad”.

Según Vargas Llosa, esta interpretación del libro, que por mi parte confieso haber compartido por muchos años, aunque válida, es “incompleta, parcial e insuficiente”. Para el peruano, condenar a la sociedad que nos condena y reposar sobre un “mito colectivo”, es ir demasiado lejos. “No hay sociedad, es decir, convivencia, sin un consenso de los seres que integran respecto a ciertos ritos o formas que deben ser respetados por todos. Sin este acuerdo, no habría sociedad sino una jungla de bípedos libérrimos”, afirma, para luego dudar si la manera de ser de Mersault es preferible a la de quienes lo condenan.

Para Vargas Llosa fingir es indispensable para asegurar la convivencia social, y le resulta descabellada la idea de que todos los hombres puedan ser como Mersault, pues si así fuera desaparecerían no sólo la “institución de la familia” sino la sociedad en general, y los hombres terminarían entrematándose de la misma forma absurda y banal en que Mersault mata al árabe en la novela.

Sin embargo, la oscura solidaridad que por mucho tiempo me provocó el individualismo feroz e irreprimible de Mersault, siempre hace despertar en mi a ese “esclavo nostálgico” de la sociedad, al prisionero social que quiere, aunque eventualmente no puede, ser espontáneo, franco y antisocial.

Pero la embestida más fuerte contra la fascinante idea de plena libertad que me ha insuflado la lectura de las obras de Camus, la he recibido de Edward W. Said y su idea de que todas las grandes obras literarias de Occidente, y en general los productos culturales más emblemáticos del imperialismo francés, británico y estadounidense durante el siglo XIX y comienzos del XX, incluyendo por supuesto los textos de Camus, se relacionan y descansan sobre todo un sistema de dominación colonial, imperial e imperialista, entendiendo por imperialismo la práctica, teoría y actitudes de un centro metropolitano que rige y gobierna un territorio distante, y por colonialismo la implantación de asentamientos en esos territorios.

Said propone incorporar al análisis literario de este tipo de obras, un ánimo de revisión y desconstrucción intelectual de lo que se considera “el mundo occidental”; tomar en consideración la experiencia cruzada de los occidentales con “los otros” (nosotros), es decir, los asiáticos, africanos y americanos, en un marco caracterizado por la interdependencia de los terrenos culturales en los cuales el colonizador y el colonizado coexisten y luchan unos con otros a través de sus representaciones, sus proyecciones, sus geografías, sus relatos y sus historias.

Said lee al Camus de “El extranjero”, y aún de sus otras novelas, en relación con la experiencia imperial y colonial francesa. Según su visión las novelas del premio Nobel francés tienen un interés especialmente póstumo, es decir que parecen tratar de asuntos bastante distintos a los que aludían en su momento. Para Said, la lectura actual de Camus es un ejemplo para ver cómo queda en los márgenes el tema de la dominación europea del mundo no-europeo diluido en los temas de la “conciencia europea” y “la condición humana”.

Said se interroga acerca de porqué fue Argelia el paisaje de “La peste”, cuya referencia principal era otra (la Francia ocupada por los nazis), además presenta su lectura como una “restauración interpretativa”, y demanda “considerar las obras de Camus como un elemento de la geografía política de Argelia metodológicamente construida por los franceses”.

Said relaciona este argumento con las opiniones del propio Camus acerca de la lucha por la independencia de Argelia del dominio francés, y afirma que la visión instintivamente occidental del autor explica el vacío y la falta de una historia personal del árabe muerto por Mersault en “El extranjero”. Para Said, la importancia de la obra camusiana radica en que sus relatos dependen en buena medida del discurso francés colonial sobre Argelia, y se alimenta de la historia de la dominación francesa en Argelia.

Según Said debemos considerar las obras de Camus como una transfiguración metropolitana del dilema colonial. La “vitalidad negativa” de la obra camusiana, según esta idea, expresa la desolación y la tristeza del fenómeno colonialista, del que supuestamente aún no nos hemos recuperado y que todavía no hemos acabado de comprender.

Sin embargo, con todo y los reproches conservadores de Vargas Llosa y los señalamientos radicales de Said, no puedo dejar de admirar la propuesta moral (o amoral) de “El extranjero”, esa dolorosa demostración del funcionamiento de la mentira en el mecanismo de las relaciones humanas. En el fondo, su propuesta podría ser la de asumir la indiferencia como una forma de lucidez. Al final ¿para qué rebelarse si nuestra rebelión está tan mal concebida como las propias injusticias que la suscitan?

En realidad, como lo reconoce el propio Vargas Llosa en flagrante o deliberada contradicción con sus propias ideas, dentro del pesimismo existencial de “El extranjero” arde una débil llama de esperanza, y su mensaje finalmente no es de resignación sino de lucidez: resistir hasta donde se pueda frente a la domesticación y la alienación de las convenciones sociales y asumir con “serena confianza” nuestro destino de seres humanos, en efecto convencidos de que el mundo está muy mal hecho y de que debería cambiar.


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