Hoy en día, son miles de personas las que se debaten entre los límites de la vida y la muerte, acuciadas por la más diversa gama de dolencias, enfermedades y problemas físicos derivados del consumo del tabaco. Algunas de ellas, están condenadas a vivir de por vida entre tubos y máquinas. Si lo llegan a saber, hubieran hecho lo inalcanzable por abandonar el hábito de fumar y agarrarse fuerte a la vida.
No todos los problemas del tabaco empiezan cuando encendemos miles de veces un cigarro, aspiramos fuerte, alojamos en nuestros pulmones sus dañinas sustancias, y expulsamos el resto al mundo exterior. Más bien, aquí acaban.
Las contrariedades para el ser humano, se inician en algunos campos y fincas, de los países económicamente pobres. Allí, es donde se cultiva parte del tabaco que, una vez manufacturado, se importa a nuestros estancos.
Conocemos las consecuencias que ocasiona el humo del tabaco. Las autoridades sanitarias nos advierten. Pero, ¿qué sabemos de las consecuencias sociales, sanitarias, medioambientales y laborales de su cultivo y elaboración?
Proceso de elaboración
Pasear por estos parajes es como retroceder unos años en la máquina del tiempo.
Hermosos paisajes, a pesar de las montañas "peladas" por la motosierra del progreso. Vida rural, ancestral, también pobreza. Peligro por sobredosis de oxígeno para los que estamos acostumbrados a la vida y a las ciudades del "primer mundo". Caminos polvorientos en algunos tramos, lodosos en otros por las lluvias recientes. Amabilidad, cordialidad y sencillez en el espíritu de las personas. Da gusto platicar con ellos, sentarse, dialogar, preguntar, investigar. Decenas de imágenes inéditas. Ganado paseando por los caminos guiado por auténticos vaqueros. Anarquía controlada. Tranquilidad.
Me hallo en Nicaragua, en los valles y montañas de Socompé. Es de mañanita. En ambos lados, macro-fincas de tabaco. No hay nadie. Solo aspersores regando las plantas. Tecnología de punta, si tenemos en cuenta que la mayoría de agricultores dependen todavía de las lluvias.
Es aquí donde se inicia la vida del tabaco. Eso sucede en los meses de diciembre y enero, cuando se planta el tabaco en viveros. Es cuidado por niños y mujeres, para ser trasplantado semanas después a las fincas.
En ellas, recibe el suculento cocktail de agroquímicos. La planta se cuida, se riega, y cuando cuenta con unas determinadas características, se recolectan sus hojas. Se transportan a unos galerones de madera situados en las mismas fincas, donde se ensartan. Operación que consiste en introducir una cuerda por el tallo para formar matas de hojas, que después se cuelgan para secarse (Curado).
Las hojas curadas se llevan a subastas y mercados para venderlas. Aquí, las hojas se llevan a las industrias manufactureras de Iguazú, donde se inicia la elaboración de los puros. Se separan las hojas, se agrupan y se humectan para que fermenten. Se clasifican atendiendo al color, calidad, aspecto, etc... Al cabo del tiempo, se seleccionan, y se les quita el tallo o vena (Despalillado).
Se inicia la elaboración del puro, enrollando diferentes hojas en moldes, formando lo que se denomina "tripa". Se prensan. Se añade una hoja a la tripa (Capa). Con un líquido se redondea una de las puntas, hasta darle el aspecto conocido por todos. La variedad, proporción y tipología de las diferentes hojas dependerá de los pedidos y de las marcas.
Trabajo Infantil en las tabacaleras
La primera vez que observé a niños trabajando, fue en los galerones de madera donde se cura el tabaco. Allí, descargan las hojas que han sido recolectadas en las fincas, y las acercan a las mujeres que ensartan. Por los techos y el andamiaje del galerón, se pueden divisar a otros niños que se dedican a colgar las matas de tabaco. El riesgo es evidente porque existen alturas de 7 metros, y durante horas, caminan agachados por encima de finos troncos de madera, que sirven de esqueleto al galerón. No poseen equipos, ni arneses de seguridad.
Cuando dialogas con ellos para conocer más sobre su trabajo, y les preguntas la edad, todos responden que tienen 16 años. A duras penas deben superar los 12, pero así contestan al visitante. Están instruidos y saben lo que deben decir para evitarle problemas al patrón que los explota.
Sigo mi viaje en un tractor que regresa al campo. Llego a una finca donde diviso a más de 20 trabajadores recogiendo las hojas de tabaco. Enseguida logro detectar a 6 niños. Recolectan una a una las hojas, pero cobrando 15 córdobas al día. La mitad que un adulto por hacer el mismo trabajo.
Son reclutados especialmente, para la recolección de las hojas situadas en la parte inferior de la planta, ya que son más hábiles para moverse y tienen que agacharse menos que un adulto. También fumigan, a pesar de la prohibición legislativa. Más del 50% de los intoxicados por agroquímicos, en los últimos cinco años, tenían menos de 19 años.
No se les efectúan contratos. Así, no tienen garantías laborales y el propietario que los explota, se evita problemas derivados de accidentes, intoxicaciones, etc...
Insolaciones, picaduras de animales (serpientes, escorpiones, etc...), manejo de cargas pesadas, fatigas, intoxicaciones con químicos, enfermedades bronco-respiratorias y artritis; son algunos de los riesgos reconocidos por los propios niños.
Algunos no están escolarizados. Aducen entre otras cosas la falta de tiempo y dinero para acudir a la escuela. Tienen que trabajar un mínimo de 8 horas al día, aunque hay propietarios que les obligan a más.
Muchos de los niños que trabajan en el tabaco, son hijos de madres solteras. Viven en condiciones de extrema pobreza, y por eso, asumen en muchos casos el papel de cabezas de familia. Tienen que mantener a más hermanos. Y así se ven obligados a dejar su niñez, para colaborar en la decadente economía familiar.
Datos recientes, indican que el 80% de la población que vive en zonas rurales como Socompé, lo hacen en condiciones extremadamente pobres; es decir, gastando menos de un dólar al día. El 45% de los niños menores de 5 años, están desnutridos.
Estos datos, avalan la existencia de un trabajo infantil, que evita cualquier desarrollo de la niñez. En el cultivo del tabaco, se han detectado niños de 6 años trabajando. Más de 850.000 niños y jóvenes, no estudian en los niveles de preescolar, primaria y secundaria, en un país como Nicaragua, que sobrepasa ligeramente los 5 millones de habitantes. Trabajan 600.000 de los 2 millones de niños menores de 15 años, y más de 310.000 son explotados...
Tabaco y condiciones laborales de la niñez
El interior de los galerones, está repleto de matas fijadas como si fueran jamones. El hedor a tabaco es insoportable. La oscuridad casi total. La humedad que se siente en el interior cala los huesos. Pasar por el portón, significa abandonar el calor tropical, para sumergirte en un ambiente pestilente, frío y tenebroso. Aquí dentro, cualquier manual sobre condiciones laborales se convierte en papel mojado.
Junto a los niños, se logra observar a un grupo de mujeres provenientes de las comunidades cercanas. La mayoría son jóvenes. Se nota en sus caras. Están unas al lado de otras. Sentadas. En las mesas, infinidad de hojas esperan ser ensartadas. Las matas que cuelgan se postran en algunas de las trabajadoras.
Casi las ocultan a la vista. Logro percibir también, a una mujer embarazada trabajando en dichas condiciones.
Sus rostros permanecen serios. Resignados. El salario de 30 córdobas diarios, es el mismo que el de los jornaleros que trabajan en las fincas. No ajusta para las necesidades diarias. También comen en el mismo puesto de trabajo, a turnos, para no interrumpir la producción.
Cuando el curado es artificial, las condiciones se agravan. Las trabajadoras tienen que soportar temperaturas altas, que junto a la elevada humedad, derivan en enfermedades pulmonares.
En la recolección, se ve a los jornaleros avanzar por cada uno de los surcos, arrancando las hojas con una mano, y aguantando la cosecha con la otra. Cuando están repletos, regresan al tractor y las descargan. Los salarios que perciben están totalmente naufragados, y las jornadas son interminables. Pero lo que más me sorprende, es el calor agotador que golpea sus espaldas. Es verano, y por estas tierras el sol achicharra.
Me asombra también la prepotencia del capataz que dirige la cuadrilla. A mi llegada espolea a sus trabajadores, como queriendo demostrar su rango. Dicha actitud, contrasta con la humanidad, la afabilidad y la inocencia del jornalero que recolecta las hojas de tabaco.
En Iguazú, he podido entrar en una industria de manufactura de puros, después de cuatro intentos evitados por el vigilante jurado, que resguarda un recinto, más parecido a la cárcel que a un lugar de trabajo. Se divide en dos naves. En la primera, decenas de mujeres trabajan de pie en el despalillado de las hojas.
El silencio es sepulcral. Están en grupos de seis y siete. En una esquina, el
encargado de la sección se deja perder entre los papeles que copan su mesa de trabajo. De vez en cuando, si escucha un mínimo de jarana, levanta su estreñida cara mirando desafiantemente a las trabajadoras. Su gesto es suficiente.
En la segunda nave se preparan los puros. Decenas de trabajadores y trabajadoras laboran sentados en mesas. En los extremos están las prensas. Se permite cierta algarabía, sin pasarse. Las condiciones son mejores que las de sus vecinas e incomparables a las de los trabajadores y trabajadoras de Socompé.
Al mediodía, cuando hay que comer, los trabajadores y trabajadores salen a la calle, para buscar una sombra donde resguardarse del sol. Se sientan en las aceras o en las calles polvorientas, siempre debajo de un árbol o de una cornisa. Frijoles con tortillas para comer, y después, alguna charamusca para combatir el calor. Si hay tiempo, una pequeña siesta en medio del ruido de los coches que pasan.
Me comentan que su salario mensual es de aproximadamente 650 córdobas. En los campos de Socompé son más precarios. En un sitio y otro, insuficientes si tenemos en cuenta que el precio de la canasta básica era de 1.452 córdobas, a mediados de 2001. A parte, pagar estudios, comprar ropa y adquirir medicinas cuando se precisen.
En Nicaragua, las cifras de desempleo y subempleo oscilan entre el 51 y el 57% de la población económicamente activa. El contraste de salarios resulta espectacular. Mientras un obrero de las factorías y de los campos de tabaco, percibe un promedio de 600 córdobas mensuales; el presidente del gobierno recibe 145.000. La desigualdad es sobrecogedora, ya que el 50% de la población más pobre gana solo el 14% de la riqueza nacional, mientras que el 10% más rico, se queda con el 50%.
Las empresas carecen de condiciones y beneficios básicos para otorgar a los trabajadores. No hay políticas salariales y de empleo. Un estudio afirmaba que el 29% de los entrevistados no cobran horas extras; el 62% perciben impedimentos para sindicarse; el 37% dice que no existe estabilidad laboral; y un 31% reconocía haber recibido malos tratos.
En algunas de las denominadas "Zonas Francas", los trabajadores están recibiendo 282 córdobas por quincena. Tienen derecho a dos pases diarios para ir al servicio, aunque padezcan enfermedades estomacales o estén embarazadas. Se les realizan inspecciones donde los desnudan, para evitar que sustraigan mercaderías.
QUÍMICOS Y MEDIO AMBIENTE
Tres millones de agricultores mueren al año en el mundo, debido al uso de diversos agroquímicos. Solo en Nicaragua, ocurren 60.000 intoxicaciones al año; aunque el Ministerio de Salud solo reconoce el 2%.
El cultivo de tabaco precisa una cantidad y gama de productos agroquímicos impresionante. Los químicos utilizados en la siembra del tabaco son los que más intoxicaciones han causado en Nicaragua. Datos de los últimos cinco años, revelan que hubo un intoxicado por cada 25 manzanas de cultivo de tabaco.
Mientras que la siembra de frijoles, provocó durante el mismo periodo, un intoxicado por cada 7.372 manzanas.
En Nicaragua, son los departamentos tabacaleros por excelencia (Iguazú y San Rafael, con aproximadamente el 75% de producción nacional), los punteros en intoxicaciones por agroquímicos con cerca del 65% del total.
Los más utilizados son los plaguicidas, concretamente los organoclorados y organofosforados. El abanico de riesgos de los agroquímicos conocidos y utilizados en Socompé es sobrecogedor. Algunos de ellos provocan cáncer y muerte; otros son disruptores endocrinos; otros pueden causar anemia, tuberculosis y parálisis; otros pueden ser fetotóxicos, mutagénicos y teratogénicos; otros afectan al sistema reproductor; y los hay que son embriotóxicos.
Por este motivo, me sorprendió observar a un grupo de trabajadores, fumigando ordenadamente una finca, sin ningún tipo de equipo protector. Durante una pausa, tomaron una botella de agua enclavada en un extremo de la plantación y bebieron. Sin lavarse y sin limpiarla.
A los trabajadores que manipulan agroquímicos en Socompé, nadie les proporciona equipos de seguridad, que los aíslen del químico mientras laboran. Tampoco se les informa de los riesgos potenciales de éstos, ni se les instruye en el manejo adecuado.
Los agroquímicos del tabaco, también suponen un peligro para el fumador.
Estudios científicos, cuantifican en 4.000 los componentes químicos en el humo del tabaco. Entre ellos, se han detectado numerosos plaguicidas que acaban afectando la salud.
La utilización masiva de químicos, también provoca la degradación del suelo y la contaminación del agua. Algunas comunidades de Socompé, se han quejado por la pésima calidad del agua que toman de quebradas y ríos cercanos. En Nicaragua, 8 de las 21 cuencas hidrográficas, presentan indicios de contaminación, aunque existen 4 con valores preocupantes. Todas ellas, abastecen de agua a municipios bastante poblados.
Otro problema deriva del curado artificial de las hojas de tabaco. El calor del secado se obtiene quemando carbón, petróleo o madera. La utilización de esta última, se relaciona directamente con la fuerte deforestación existente en algunos países. Para curar un kilogramo de hojas de tabaco, se precisan aproximadamente 8 kilogramos de madera.
Este inconveniente se ha parcheado en algunas zonas, mediante la reforestación con especies de crecimiento rápido como el eucalipto. De esta manera, se han desplazado variedades arbóreas endémicas, afectando directamente a los ecosistemas y a la biodiversidad propia de cada lugar.
El cultivo de tabaco crea otros impactos ambientales serios. También crea impactos humanos y sociales. En las condiciones mencionadas en este reportaje, fumar tabaco no es más dañino que cultivarlo.