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Jueves 28 de Noviembre de 2002 | Managua, Nicaragua
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Grandes ciudades, grandes problemas

Bayardo Altamirano L.
Managua

La calidad de vida de las grandes ciudades ha empeorado sistemáticamente debido a su super crecimiento. Contaminación, ruido violencia y suciedad incontrolables tienen que ser aceptadas resignadamente como condición de lo urbano.

América Latina posee algunas de las grandes ciudades del mundo. México DF, Buenos Aires, Sao Paulo se han convertido en núcleos urbanos cuyo tamaño excede lo razonable. Más de 10 y hasta 20 millones de habitantes. Controlar su problemática por parte de las instituciones públicas se vuelve imposible. Producen montañas de basura. Una concentración de desechos, efluentes y residuos difíciles de absorber y eliminar. Contaminan ríos, lagos y cuencas. Hasta el aire que se respira.

Con todo el poderío económico y la concentración de trabajo y riqueza que representan, estas ciudades no pueden ofrecer a sus habitantes una calidad de vida razonable. No pueden proveerlos de seguridad, aire limpio y espacios públicos limpios y seguros. México es super contaminada. Buenos Aires por algunos años pareció resistir esta tendencia, pero la crisis argentina la ha equiparado a aquéllas con las peores estadísticas de crímenes, suciedad y marginación. Sin embargo, esto no impide que las mayores oportunidades de trabajo, entretenimiento y educación que ofrecen las conviertan en polo de atracción de los habitantes del interior. Despoblando el resto del territorio nacional y engrosando una periferia sin las virtudes del campo, ni de la ciudad.

Una de las soluciones propuestas son las ciudades satélites. Ciudadelas pequeñas o medianas, cercanas a las grandes urbes, en las que mucha gente con mayor remuneración pone su mirada, buscando encontrar mejor calidad de vida. Clase media alta de 30 salarios mínimos o diputados de reciente elección, por ejemplo. Este fenómeno ya ha sucedido en Los Angeles, donde una población de profesionales emigró a ciudades más pequeñas del este del país.

Es que las ciudades de entre 20 y 200 mil habitantes pueden establecer una mejor relación con su territorio y brindar a sus habitantes una calidad de vida mayor, debido a una economía de transporte y una mejor relación con parques, bosques y fuentes de agua. También ofrecen una posibilidad de participación y sociabilidad. Además del sentido de pertenencia a sus comunidades.

Serían las condiciones ideales de vida si las pequeñas ciudades pudieran ofrecer igualmente el equipamiento que hace tan atractivas a las grandes ciudades, desde un teatro hasta un aeropuerto internacional. El problema es que estos satisfactores sólo se hacen económicamente posibles con una enorme masa de demandantes, siempre mayor que la que poseen las ciudades chicas o medianas.

Todo esto es para decirle que si usted a veces reniega de vivir en un pequeño pueblo, consuélese. Millones de personas envidian con toda razón, su condición.





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