Portada
Archivo
 
El Nuevo Diario
END Cultural
Sábado 16 de Noviembre de 2002 | Managua, Nicaragua
_
 
Busqueda
Escribenos
Nacional Sucesos Variedades Deportes Opinion Departamentos
Clasificados online
$ Cambio  
del Dólar  $
Compra:
C$ 14.5639
Venta:    
C$ 14.5662
 

Tienen la razón los literatos
Artículo de CESARE PAVESE escrito el 25 de enero de 1948, y transmitido por radio el 4 de febrero del mismo año. Traducción de Michele Mimmo.


Un prejuicio muy difundido entre el público que lee, es la confusión entre el periodista y el escritor, la pretensión que el segundo pueda desarrollar el trabajo del primero, sumergirse en los viajes, en la crónica, en la aventura, y recoger cantidad de hechos, de emociones vividas, con las cuales abastecer sus páginas de narrativa. Se dice, por ejemplo, que después de lo tumultos, las atrocidades, las apocalípticas esperanzas y las caídas de la historia recién, es casi vergonzoso que nuestros narradores no sepan renovar su equipaje, sus contenidos, las cosas que tienen que decir, para dar al mundo unos libros donde el sano escalofrío de la experiencia enriquezca la página y la fábula habitual. Alguien, más bien, habla de ésto como de un deber. El llamado es sincero, lleno de buena fe. Pero a nosostros nos parece ingenuo. Sabemos que a este discurso muchos de nuestros adversarios aplaudirán y muchos amigos bajarán la cabeza. Sin embargo, eso no importa. Nosotros estamos convencidos que una cosa es hacer crónica y otra es hacer novela. Y que los derrumbes y los terremotos de la historia, mientras deban tener un reflejo evidente e inmediato en los trabajos periodísticos, no pueden que hacer daño a la eficacia del trabajo literario que a toda costa los quiera utilizar. Dejamos a un lado todo tipo de renombrados ejemplos, aquellos ejemplos que se nombran normalmente -la epopeya napoleónica que esperó cincuenta años para hacerse libro y cuento con Tolstoj- dejamos este ejemplo, puesto que no es cierto que las nuevas experiencias de la vida y de la historia, estrenadas en los campos de battallas del imperio, entrarán en la literatura solamente con Guerra y paz. Aquella experiencia se llamó romanticismo, se llamó culto del dolor universal o de la acción por la acción, y no sólo no se hizo esperar cincuenta años, sino que con Stendhal, con nuestro Leopardi, con los alemanes mayores, hasta con Alfieri, acompañó y hasta anticipó la gran revolución.

Aquí está la equivocación. Cuando se invitan a los literatos a tomar en cuenta las clamorosas novedades cotidianas de la crónica, se olvida que los hechos cotidianos no caen del cielo, sino que son consecuencia de un anterior estado y espíritu de las cosas a las cuales, a su manera, han participado también los literatos. La lección angustiosa de la guerra, vivida por todos nosotros, golpeaba nuestras conciencias ya muchos años antes que las bombas comenzaran a caer. Y no es casual que el más auténtico poeta de la humanidad desarraigada por las persecuciones y por el terror racial, Franz Kafka, escribiera sobre eso aún ante de la primera guerra mundial.

El buen literato -no nos molesta esta vieja palabra tan desacreditada -no puede que apoyarse, en su trabajo más concienzudo, en una armadura de costumbres mentales y de sensaciones directas que coinciden con las problemáticas de su adolescencia, con aquella que se le llama su primera formación. Salir de esa armadura, abolirla, tirarse entre los hechos con la ingenua pretención de renacer, rehacerse su virginidad, no supo hacerlo ni siquiera Arthur Rimbaud. Este poeta muy precoz, cuando a los veinte años se asqueó o se impacientó de su mundo habitual, ¿Qué es lo que hizo? Se fue a Africa y dejó de escribir. Nada más.

Tampoco se puede decir que la celebre “literatura vivida” de los norteaméricanos invalide esta afirmación nuestra. En los pocos casos que de verdad cuentan -Hemingway, Caldwell, y hasta cierto punto Dos Passos y Stainbeck- no se trata de un capricho repentino, sino de una poética determinada por particulares condiciones ambientales, debida a una formación y cultura previa, volcada a buscar y gozar la dureza de la vida y de las cosas. Esta actitud, no se puede improvisar. Ahora, no obstante toda legitima influencia, no obstante que para la última generación el pulso literario del mundo haya pulsado en América -y eso algo significa- hay que tomar en cuenta que nuestra tradicción y nuestra retórica son diferentes. Eso se nota en el resto de las obras de los mejores europeos que, aceptando aquella influencia, la han filtrada a través de la literaria sensibilidad europea. No se improvisa absolutamente nada, y mucho menos la riqueza interior.

En cambio, en la crítica, que desde distintas partes viene dirigida a los escritores, está implícita la superficial presunción que contando de ciudades destruídas, de heroísmos de guerra, de hambre y de prisiones, de lo que, en fin, se le llama actualidad palpitante, nuestra literatura resultaría más rica, más verdadera, o como se dice, más “humana”. Entendámonos bien. No se niega a nadie el derecho de escogerse los argumentos que cree, no se pretende que sea un mérito asistir neutrales e impasibles a la tragedia cotidiana de una guerra civil -por cierto nadie lo logra, y los neutrales, los llamados bienpensantes, también ellos combaten- simplemente, se quiere aclarar que la profunda humanidad, la vena auténtica, la franqueza del arte, tienen raíces no en la cantidad o enormidad de los hechos sufridos, sino solamente en la mente y en el corazón, en la claridad de la mirada, en el monótono y martillante recuerdo. Decimos monótono e insistimos. Cada auténtico escritor es espléndidamente monótono, puesto que sus páginas están marcadas por un sello recurriente, una ley formal de fantasía que transforma el más diferente material en figuras y situaciones que son más o menos siempre las mismas. Al periodista, en cambio, no sucede esto, porque él informa con los artículos, elenca hechos, fotografa la vida en toda su accidental variedad. Es seguramente posible que un escritor nuestro nos cuente, por ejemplo, su vida clandestina, su guerra, sus hambres, tal vez sus huelgas. Al igual que otro nos pueda contar sus baños al mar, los recuerdos de la infancia, sus retiros espirituales o sus amores. Desde un punto de vista de lucha política, al primero diremos que hace bien, que continúe, que sus documentos como tal nos sirven. Pero, solamente desde este punto de vista. Y solamente si en él, el interés fantástico se mueve sincero en este mundo de lucha, de lo contrario, hasta desde el punto de vista político sería mejor aconsejarles de pararse y contentarse con el trabajo de cronista o de reportero especial, oficios quizás más útiles.

Es ilusorio buscar en el apoyo directo de los hechos, en la escuela de la dura experiencia, en la aventura vivida, aquella seriedad y aquella precisión de fantasía que nacen solamente -cuando nacen- de la lenta costumbre y maduración de la vida interior. Que sea deber de cada quien enriquecer de todo modo -no por último, aceptando y respetando los límites propios- esta vida interior, es cosa obvia. Que cada uno de nosotros -también el escritor- está enraizado en una situación dada, en una clase, en un histórico conflicto inevitable, es verdad. Sin embargo, es también verdad que cuando se toma en la mano la pluma para narrar en serio, todo ya ha sucedido, se cierran los ojos y se escucha una voz que está fuera del tiempo.

Nota de Nac: El artículo "De una nueva literatura", aparecido en nuestro número anterior y traducido y resumido por Michele Mimmo, es también de Cesare Pavese




Compartir:   delicious   digg   meneame


[ Portada | Archivo | Busqueda ]
[ Nacional | Sucesos | Variedades | Deportes | Opinion | Departamentos ]
El Nuevo Diario (c) 1998-2003
Guegue.Com - Desarrollo y Hospedaje Web
  SuplementosSalud y SexualidadEl AlacranCulturalPlaneta CaricaturaEllas

Especiales


Anunciese
Directorio
Subscribase