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Miércoles 27 de Marzo de 2002 | Managua, Nicaragua
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La mujer que padecía flujos de sangre

Padre Uriel Molina Oliú

(Dondequiera que se pregone la buena noticia, se recordará también en su honor lo que ha hecho ella. Mc 14,9).

Reflexiones sobre la sentencia de la Juez Gertrudis Arias.

Una mujer, -cuenta San Marcos- había sufrido mucho por muchos médicos (Mc 5,24-34). No se trata de un sufrimiento cualquiera, sino de un sufrimiento intenso y continuado por doce años. Había ido perdiendo su vitalidad y se había agravado su dolor. Buscando su salud había perdido todos sus medios de vida quedando reducida a la miseria.

¿Cuál es la causa de ese sufrimiento? Sin duda, el dolor físico en sí. No sólo. Había sido sometida a la extorsión de los médicos que se contradecían dando recetas falsas, ellos que debían haberle restituido la vida!

Pero hay más. El dolor era, sobre todo, moral. Consistía en no encontrar cabida dentro del sistema religioso. Su enfermedad que probablemente era una metrorragia crónica, hacía que, a los ojos de todos, fuese considerada como impura. Ahí estaba establecido claramente en el Levítico: «la mujer que tenga la menstruación, permanecerá impura por espacio de siete días... Cuando una mujer tenga flujo de sangre durante muchos días, fuera del tiempo de sus reglas, o cuando sus reglas se prolonguen, quedará impura mientras dure su flujo, como en los días del flujo menstrual» (Lev. 15,19.25).

La enfermedad que padecía esta mujer la recluía en una situación sin salida, al margen de la voluntad de Dios. En este esquema no cabe ningún miramiento por el que sufre, a como ya lo había señalado la tradición profético-deuteronómica del Norte. Todo lo contrario. La tradición sacerdotal centralista del sur había subvertido la misericordia por la impureza y concebía la santidad de Dios como separación que distancia y excluye. Sólo unos cuantos selectos podía acceder a esa santidad.

Esa concepción de las relaciones con Dios era una reacción sacerdotal de los sacerdotes de Jerusalén que no vieron con buenos ojos la influencia de los levitas del norte y realizaron la redacción del Código de Santidad (Lev. 17-25). Con ello se ponen las bases de la casta sacerdotal, fundada en el principio de la exclusividad-exclusión. Nadie del pueblo puede tener acceso a la santidad, sólo los sacerdotes, los únicos que se dispensan de la obligación fundamental de la Alianza, que es el compartir (Lev. 22,10-16).

Que una mujer con flujo de sangre apareciera en público, era considerado una desviación. Su actitud de acercarse a Jesús padeciendo una hemorragia era errónea y carente de sentido. Era, además, una abierta rebelión contra el Sistema que determinaba con exactitud lo que estaba limpio y lo que estaba sucio. Estar en lo limpio o en lo sucio es lo que encarna los valores centrales de la sociedad y lo que determina la actividad y la coherencia para una conducta social. Para facilitar la observancia de la pureza, las sociedades de aquellos días (también las de hoy!) proporcionaban «mapas» que ofrecían las definiciones sociales para considerarse dentro o fuera del sistema de pureza. Los mapas marcaban las fronteras que delimitaban a individuos y grupos. Toda persona inculturada en la sociedad debía conocer dichas fronteras, de tal modo que nadie se colocara fuera de los límites.

Una sociedad que establece barreras y divisiones sigue existiendo todavía hoy. Nadie quiere «contaminarse» con aquellos que han sido excluidos del Sistema. Todos queremos ser «revolucionarios», pero siempre integrados, haciendo componendas con el Sistema. Nadie quiere echarse la responsabilidad de aplicar la justicia a «los de arriba». Pero el evangelio proclama que en medio de la contradicción quedarán al descubierto las intenciones de todos (cf. Lc 2,34.35).

Cuando la justicia aparece tan comprometida en manos de los que deberían administrarla. Cuando los mismos representantes de Dios en la tierra se hacen de la vista gorda y apañan los fraudes y la corrupción, una mujer humilde, Gertrudis Arias, se adelante en medio de la multitud y provoca a Jesús haciendo saltar de él una energía poderosa. Gertrudis ha tenido el valor de derribar las trancas de esta sociedad falsa y enferma y por ello se ha convertido en el signo más fidedigno de que todavía puede haber esperanza. Si ella no lo hubiera hecho, habrían gritado las piedras!

Ella es la continuación de aquella otra mujer, de la cual se dijo que dondequiera que se predicara este evangelio se haría memoria de ella. La mujer que padecía flujos de sangre se armó de valor y accedió a Jesús para tocarlo porque ya no tenía nada que perder. Pertenecía al grupo de «los que se encuentran mal» (cf. Mc 2,17). En ese momento la mujer no es lo que significa en su calidad de mujer, sino que, simbólicamente, significa la mujer/pueblo reducida a la miseria. De la misma forma Gertrudis se ha convertido con su gesto tan significativo en el símbolo de la justicia en medio de nuestra sociedad.

Marcos acuña esa expresión: «los que se encuentran mal». Para comprenderla hay que leer atentamente Ezequiel 34,4 donde se muestra al vivo la violencia de los que dirigen, los que engañan a los pobres con promesas falsas, los que se roban el dinero que llega al país, mientras el pobre pueblo debe soportar el peso de la deuda externa e interna y aguantar la sequía, el desempleo, la carencia de los más mínimos servicios sociales.

La mujer representa a los que están fuera del lugar que el Sistema ha establecido y que, después de mucho padecer se saltan las trancas de los mapas porque están heridos en lo más profundo de su ser ya que la sangre es la vida (cf. Dt 12,23).

Jesús sabe que el mayor sufrimiento es ser considerado espúreo y ser rechazado (cf. Is 53,3.10). Su misión se identifica con el dolor de esa mujer rechazada y se dispone él mismo a vivir la espiritualidad del rechazo.





 

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