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Viernes 22 de Marzo de 2002 | Managua, Nicaragua
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¿Democracia en la familia?

Mónica Zalaquett
Managua

Ahora que tanto se insiste en la importancia de transformar la cultura del autoritarismo y sus manifestaciones en la vida política e institucional, cabe reflexionar también en la importancia de construir relaciones democráticas en el espacio familiar, donde se llevan a cabo los procesos educativos fundamentales para el desarrollo humano y donde se incuban las mentalidades que luego nos rigen en los diversos ámbitos de la vida social.

Quizás suena extraño hablar de democracia en el territorio privado de las relaciones familiares, considerado desde siempre como una especie de santuario, pero el impresionante aumento de la violencia intrafamiliar como enfermedad social de la cultura autoritaria plantea la urgencia de transformación democrática de las relaciones humanas básicas. La realidad es que la familia tradicional parece con frecuencia una fábrica de dictaduras, el entorno dónde se van gestando relaciones fundamentadas en el miedo y el abuso poder.

Estas relaciones que se escenifican en el ámbito doméstico se proyectan a manera de espejo en espacios tan cruciales como la escuela, las relaciones comunitarias y la vida institucional. Por ejemplo, el estilo de educación autoritaria familiar se refleja también en el tipo de relaciones escolares que enfatizan más en el desarrollo de una disciplina ciega que en la capacidad de discernir y en el sentido de responsabilidad en los menores. Del mismo modo, los problemas de la violencia juvenil que afectan a la seguridad ciudadana, dan salida a hondos resentimientos alimentados en las relaciones familiares, especialmente por el abandono y el maltrato paterno. Y si ampliamos esta línea de análisis vemos que el microsistema familiar se proyecta a todos los otros sistemas incluyendo la vida política donde el caudillismo representa la proyección del clásico patriarca familiar.

Así como una sociedad padece cuando el abuso de poder se convierte en norma de vida política, así las personas sufren cuando se convierte en norma de la vida familiar. La violencia doméstica es el resultado natural de este modelo, la expresión de un modo de vida que confronta a sus integrantes, impidiéndoles un aprendizaje básico: que tanto las diferencias de género y las generacionales, es decir, entre adultos, jóvenes o niños, no equivalen a la existencia de diferentes valores entre los seres humanos por razones de género o edad.

De esta mentalidad se deriva la creencia de que los hombres son más importantes que las mujeres y ambos más que los adolescentes o los niños y niñas. Esta «importancia» mayor se refleja en el tipo de comunicación vertical: yo hablo tu escuchas, yo ordeno tu obedeces, como también en los privilegios o deberes existentes en la rutina familiar. El trabajo infantil, por ejemplo, no sólo expresa la pobreza y la carencia de recursos de la familia, sino la mentalidad de que los niños se deben a los mayores, quienes suelen actuar como si fuesen sus propietarios.

Es importante comprender que esa estructura vertical de las relaciones humanas fundamentales origina la desunión y la ruptura de los lazos familiares. Este modelo de familia, jerárquico y excluyente, está en el trasfondo de los más graves problemas que enfrentan las personas, tanto individual como colectivamente, en todos los espacios de la sociedad. Y es un error creer que se trata sólo del problema de mujeres, niños y niñas, víctimas en general de la violencia doméstica, porque sus consecuencias abarcan también a los hombres, atrapados en formas de pensamiento y actuación que les producen grandes sufrimientos y dificultan su desarrollo humano en la sociedad.

Es evidente que en la actualidad, la familia autoritaria está enfrentando una profunda crisis, entre otras razones porque los roles típicos de la identidad masculina se ven cuestionados por el aumento del desempleo y la creciente inserción de la mujer en los mercados laborales formales o informales.

El desempleo que se ha generalizado en las últimas décadas en diversas naciones, como uno de los resultantes de la concepción monetarista que rige las economías, ha atentado contra el rol de proveedor de los hombres y alterado la relación de poder existente en la familia. La mujer ha sabido adaptarse mejor a la crisis económica y social provocada por el desempleo, pero su nuevo papel no ha ido acompañado de la transformación de las mentalidades típicas del patriarcado, lo cual no sólo ha afectado la jornada de trabajo femenina (trabajo público y doméstico) sino que ha incidido directamente en el dramático incremento de la violencia doméstica a nivel mundial.

Dicho en otras palabras, las políticas económicas han cuestionado roles tradicionales de la cultura patriarcal, afectando el orden tradicional de la vida privada y ocasionando a la vez el incremento de la marginalidad social y de la violencia intrafamiliar, dos caras de la misma moneda. Es evidente, por ejemplo, que la exclusión de amplios sectores de la juventud desocupada de escasos recursos ha repercutido en el incremento de las pandillas y de los delitos juveniles, con el resultado de una respuesta que a nivel social se parece mucho a la de un padre enfurecido: la represión y la estigmatización de amplios sectores juveniles.

Ciertamente resulta un desafío aspirar a la construcción de una sociedad democrática desde el territorio privado, pero no hay camino más seguro para obtener avances hacia un desarrollo humano sostenible. Los cambios en el microsistema familiar tienen un impacto inmediato en otros espacios de la vida personal, como el rendimiento laboral o estudiantil y las relaciones sociales. Pero ello implica transformar las ideas que existen acerca de la privacidad y el esfuerzo por sacar a la luz situaciones oscurecidas por el miedo y el chantaje .

Justamente este temor, este pánico de externar situaciones personales y vulnerar los mitos relacionados con la familia, hace que tantas personas prefieran ocultar hechos que ponen incluso en peligro su seguridad o la seguridad de los menores en la vida cotidiana. Por eso, hablar de democracia en el ámbito doméstico no sólo atañe a forjar relaciones más «horizontales», respetuosas y participativas entre los miembros de la familia, sino que supone también la transformación de ideas y creencias que han convencido a tantas generaciones de que el único modo de vida posible es bajo el sistema autoritario.

De lo que se trata entonces es de reflexionar sobre el significado de la democracia como un esfuerzo realmente abarcante, que no excluya ningún ámbito de las relaciones humanas y más bien privilegie la transformación de las relaciones familiares, para lo cual resulta fundamental propiciar un cambio en las mentalidades a través de la educación escolar y de los medios de comunicación social.

Lo importante es debatir acerca de la necesidad de cambiar las relaciones tradicionales de poder y jerarquía por otras de afecto, respeto, participación y efectiva comunicación en el hogar. Esto no debe considerarse como tarea de segundo orden ante desafíos políticos más llamativos. Los grandes problemas humanos de actualidad están urgiendo consensos acerca de la importancia de formar nuevas mentalidades en las relaciones familiares que sintonicen con la búsqueda del desarrollo y de una cultura de paz.





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