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Sábado 6 de Julio de 2002 | Managua, Nicaragua
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José Román: precursor casi olvidado

Lizandro Chávez Alfaro

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Este gran novelista nicaragüense falleció hace apenas nueve años y ya parece navegar en esa ruta de colisión contra el petreo olvido. Espero que sea nada más que apariencia alentada por mi deseo de que fuera mayor la frecuencia de nuestra valoración del autor de tres excelentes novelas: «Cosmapa», «Los conquistadores» y «Cecilia Barbarrosa».

Siempre he sostenido que una literatura es nada o casi nada si no se sustenta en ese imprescindible trípode conformado por la creación, la crítica y la investigación pedagógica: tres factores enlazados por su propio sistema de retroalimentación. En Nicaragua nunca hemos adolescido de escasa creatividad.

Los profesores de literatura nacional cumplen muy bien con su cometido. La crítica está representada al menos por dos estupendos exégetas: Nicasio Urbina y Jorge Eduardo Arellano. Entonces, ¿qué falta para que José Román ocupe el sonoro sitio que le corresponde? Acaso nada, y mi sensación de ausencia sea puramente subjetiva.

La objetividad corre a cargo del propio Román con los tres hitos ya mencionados, cuyo asunto respectivo es el cultivo del banano; la azarosa vida de la ciudad de León del Xolotlán, una de las primeras implantadas por España en tierra firme; así como una incursión en la materia erótica, situada en la ciudad de Nueva York, escenario de absoluto dominio de José Román. Todas ellas son novelas que me obligan a reflexionar.

Mi primera reflexión es que el novelista ha de dominar a fondo el asunto con que se compromete; ha de conocerlo paso a paso, como Román conoció el cultivo del banano en la vertiente del Pacífico de Nicaragua, cuando el letal hongo de la cigatoga había infestado la cuenca del Mar Caribe y las corporaciones bananeras tuvieron que procurarse nuevos ámbitos tropicales.

Nadie ha tratado la vida de León del Xolotlán, o del Momotombo (si así les place) como lo hace José Román en sus «Conquistadores». En efecto, por aquella destruida ciudad pasaron los que irían a conquistar la Florida o el Perú. Complemento histórico de León viejo fue el puerto del Realejo o de la posesión, fundado por Pedro de Alvarado en 1534.

En «Cecilia Barbarrosa» el juego de refinamientos se extiende desde el elegante «up-town» hasta el Hospital Bellevue de Nueva York, donde van a parar dipsómanos y neuróticos seudosuicidas. Bellevue es por cierto el terrible telón de fondo en «Lunar Caustic» de Malcolm Lowery, autor de novelas más célebres, como lo ha sido «Bajo el volcán», situada en Cuernavaca, México. Pero «Lunar Caustic» está ahí, invulnerable, en la luz y la sombra de Nueva York, como lo está «Cecilia Barbarrosa».

El día que algún erudito —alta categoría que en la populachera mentalidad es casi un insulto— emprende el estudio de la novela bananera, que es todo un ciclo en la literatura mesoamericana, tendrá que incluir necesariamente «Cosmapa». Y resurgirán los méritos de José Román. Esperemos pacientes, porque a todo se le llega su día, como se le llegará al hondo estudio de esa temática, ya sin rubores por pertenecer al grupo de países bananeros. Será el día en que este epíteto resulte tan natural como el de países árticos o países de serranía, revelados en su propia tradición literaria. Pienso en «María Chapdelaine» o en «Yawar Fiesta».

José Román sin duda figura entre los grandes. No es menor que Rómulo Gallegos, Malcolm Lowry, Aldous Huxley o Alexander Solyenitzin. ¿Por qué tanta reticencia con respecto a nuestro novelista José Román? No faltará quien aduzca que es culpable de la tardía publicación de «Maldito país». Tal vez. Pero sucede que nadie puede ahora escribir sobre la gesta de Sandino sin referirse al testimonio de José Román, recogido en los campamentos que el héroe tenía en toda la cuenca del Río Coco. Sucede que José Román es precursor de la novelística nicaragüense del siglo XX y eso es más que suficiente.




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