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Jueves 7 de Febrero de 2002 | Managua, Nicaragua
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Remoto diagnóstico
Rubén Darío y su calvario y muerte
* Toda la confusión de su sintomatología mortal y las interpretaciones de uno que se decía «el sabio»
* El poeta padeció de verdaderas torturas y finalmente de una carnicería sin escrúpulos por su cerebro.


Pedro Rafael Gutiérrez
Managua

Ochenta y seis años después de pasar a mejor vida, soportando los que fueron sus peores momentos, rodeado de algunos indeseables que jamás habían sido sus amigos, Rubén Darío sigue siendo una incógnita en cuanto a la verdadera causa de su muerte.

Si Rubén fue víctima de torturas inquisitoriales, fácil es imaginarse los dolores previos a que eran sometidos sus contemporáneos, por médicos de pacotilla, uno de ellos apodado «el sabio», como Alfonso.

Los nicaragüenses en números notables, aficionados a cubrir de descrédito a sus más grandes valores, no vacilan en atribuir la muerte del poeta, al último malestar calificado como un inevitable accidente en el que «revienta la tripa guarera».

La vieja leyenda de que Darío era un picadito cualquiera, ha recibido incontables rectificaciones, de preferencia de intelectuales argentinos que lo trataron íntimamente, llevando sus testimonios incluso a libros como Roberto Payró, en «Evocaciones de un porteño viejo» y otros más, en diarios y revistas como Luis Berisso, Jaimes Freyre, Díaz Romero, Alberto Ghiraldo y otros, para quienes nuestro poeta era un hombre muy culto, muy serio en su comportamiento, en nada parecido al picadito que escriben algunos de sus compatriotas que lo imaginan siempre frente a un cajón de aserrín, improvisando tonterías.

Por esa disparidad de criterios fue que decidí realizar esta consulta con el aporte de un destacado médico, el doctor Raúl Selva González, internista, nieto del poeta leonés José Constantino González, alegre biógrafo del poeta, creador de anécdotas, pero al fin su gran admirador.

Durante mis años de trabajo en la Embajada Argentina, aquí en San José, tuve la oportunidad de conocer a todos los amigos de nuestro poeta en sus obras, entre ellos Payró, en cuyo escritorio en el diario La Nación, naturalmente que el de Buenos Aires, escribió el poeta de Metapa «El Coloquio de los Centauros», un poema al que le tomen los lectores cursis.

Darío estaba por encima de ser el dipsómano que imaginan muchos de sus compatriotas.

El hecho es que resuelto a trasladarse a su amada ciudad de León, sabiendo que la muerte aguardaba por él con «sus fúnebres ramos», llegaba como lo retrató Salomón de la Selva

...informe ya la voz y el pensamiento,

válidos para la queja solo de la carne,

sin resistencia el arco y sin tensión la lira...

Ese era el paciente que yo presenté al doctor Selva González, apoyado por testimonios abundantes de sus últimos instantes, entre ellos el folleto «Los últimos días de Rubén Darío», de Francisco Huezo quien señaló que «el poeta estaba pálido, aparentaba más de 60 años, tenía el abdomen abultado y los párpados gruesos y caídos».

El 15 de Diciembre, había gritado Rubén:

-¿Los médicos?. Yo no creo en los médicos que han dicho tantas cosas, desde Nueva York, donde recibí el golpe mortal, el hachazo...!

El 19 tuvo ansiedad, retortijones, náuseas y hemorragia intestinal y 38 grados de temperatura, pasó mala noche y le recetaron cholagogue. A los dos días empeoró, pues le subió la temperatura a 39 grados, padeciendo náuseas y mucha fatiga.

El 7 de Enero el poeta fue llevado a León acompañado de la funesta Rosario Murillo, un médico, un amigo y dos sirvientes.

Sigue interviniendo Francisco Huezo: al día siguiente, el doctor Debayle le extrajo 14 litros de suero del estómago; un agua semipesada, pálida y rubia, como cerveza descompuesta, que cuando la vio el poeta a través del tubo lanzó al médico frases sangrientas, llenas de llamas.

El doctor Selva opina que Darío presentaba obviamente un mal estado general, palidez, anemia, con un cuadro tendiente a la caquexia, en el que se presentan náuseas, dolor epigástrico, hiperacidez y dispepsia crónica.

Añadió mi médico entrevistado que en esos casos se observa delgadez extrema, abdomen abultado, la lengua roja y seca, las mejillas lánguidas lo que a su parecer llevó a los médicos a sospechar de una amibiasis, porque le aplicaron emetina inyectada.

Yo creo que el médico apodado «el sabio», estaba lejos de serlo, reconociendo sin embargo que era un magnífico amigo de Rubén, pero que por el hecho de haber llevado a Nicaragua una jeringa, estaba muy lejos de la sabiduría que le atribuyen epígonos de la familia. Hablo del «sabio» Debayle.

El doctor Selva González me dice que se destaca la extracción de los 14 litros de líquido y la presencia de melena en la defecación, debida según su criterio a hemorragias del tubo intestinal.

Nuevas torturas padeció el poeta, en dos punciones que le hicieron los médicos, que sospecharon de un cuadro de amibiasis o de abscesos hepáticos infecciosos, dejando como única evidencia de que el hígado estaba francamente duro.

Añadió Selva que es posible, con los datos que yo le brindé, que se haya presentado un cuadro de cirrosis atrófica, pero que para un diagnóstico más acertado debe tomarse en cuenta un cuadro febril crónico, persistente durante varios meses, sin descartar la presencia de tuberculosis pulmonar, asociada a veces muy comúnmente a la cirrosis.

Termina mi médico, en este diagnóstico intentado varias décadas después de la muerte del poeta, que el paciente se haya complicado con un cuadro infeccioso renal que al fin pudo terminar en septicemia y con el cese de la función cardíaca.

No pudo descartar la presencia de cáncer hepático, generalizado al estómago, pues presentó metástasis gástrica por los cuadros de melena, o sea sangre negra en la defecación.

Darío murió y sin el menor escrúpulo, que jamás fue virtud de ese zángano conocido como Andrés Murillo, su cuñado, que organizó una verdadera carnicería, en la que muchos se disputaban el cerebro del poeta, que no les servía sino para hacer negocio.

Ya no importaba nada, excepto de que se comprobó que el poeta era inmortal, aunque se haya ido para siempre el 6 de Febrero de 1916.

La Reata, Costa Rica, Febrero de 2002.





 

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