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Sábado 28 de Diciembre de 2002 | Managua, Nicaragua
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Rubén Darío y las nuevas teorías

Erick Aguirre
Managua

El escritor Carlos Midence publicó este año un libro titulado Rubén Darío y las nuevas teorías (CIRA, 2002). Además de ciertas interpretaciones acerca de la noción dariana respecto a la llamada subalternidad y a las ideas de alteridad y progreso en el siglo XIX, Midence expone en este libro algunas ideas sobre tres aspectos distintos en la producción intelectual del poeta nicaragüense. Tres vertientes que no por ser disímiles dejan de guardar puntos comunes, sobre todo aquellos que proyectan la obra del poeta hacia los cambiantes escenarios de la contemporaneidad, en la que confluyen o se repiten, con distintos apelativos y significativas variaciones, los mismos fenómenos que han conmovido al mundo en los últimos cien años.

Rubén Darío y las nuevas teorías nos revela algo tan fundamental como perogrullesco: el poeta nicaragüense no sólo resiste una crítica desde la llamada «postmodernidad», sino que el múltiple legado de su obra (sobre todo la prosística) recobra vigencia debido a que el contexto histórico de su producción literaria (el inicio del proceso de nacionalización post-colonial o post-independencia, y de acumulación originaria en Centroamérica) guarda en sí mismo las claves para comprender sus repercusiones en la forma cómo se han ido definiendo las deformaciones y contradicciones de nuestro proceso de construcción cultural hasta la contemporaneidad.

Independientemente del amplio y variado despliegue de instrumental teórico, el enfoque de Midence se concentra en aspectos que siempre fueron inherentes a la obra de Darío y a la esencia de su pensamiento: la identidad latinoamericana, el proceso de construcción cultural en Centroamérica y el punto extraordinario que hasta hoy constituye el mismo Darío en los nuevos escenarios a los que se enfrenta ese proceso.

Midence sitúa a Darío en una «postmodernidad» que, anacrónicamente, en nuestras naciones no ha dejado de ser postcolonial en un sentido estricto. Es decir que, socio-económicamente, desde su inserción al mercado mundial como economías dependientes y agroexportadoras a finales del siglo XIX, Nicaragua y Centroamérica no han evolucionado suficientemente en diversos aspectos. Su condición post-colonial, al menos socioeconómicamente, continúa casi intacta desde la post-independencia y la inserción al mercado mundial.

El «fenómeno» Darío (al menos desde el terreno de la creación literaria) ha constituido, como ya lo apuntó Sergio Ramírez, un elemento extraordinario y muy influyente en nuestro proceso cultural. Algunos aún se preguntan si fue un producto del azar o un caso curioso de «genialidad». Y aunque no les resulte tan difícil responder, resulta claro que tales interrogantes urgen de una exploración multidisciplinaria del «fenómeno»; una exploración que intente encontrar explicaciones que vayan más allá de lo social, lo económico o lo político, desde perspectivas aisladas o independientes.

La idea de mestizaje, o identidad mestiza, como parte fundamental del pensamiento dariano (visto fuera de las pretensiones posteriores de «idealización» nacional del Grupo Vanguardia), nos lleva necesariamente a un concepto muy actual en la llamada «discusión postmoderna»: la pluriculturalidad o multiculturalidad, y por tanto a la necesidad de explicaciones o análisis multidisciplinarios.

Según el prólogo de Freddy Quezada al libro de Midence, actualmente Latinoamérica está excluida de la «discusión postcolonial» en el mundo, presuntamente por constituir «una parte deforme, perfectamente despreciable, del ogro occidental». También afirma que toda búsqueda de identidad hispanoamericana es un esfuerzo inútil.

Sin embargo, esto no cambia el hecho de que la idea dariana de identidad hispanoamericana, junto a la del pensamiento latinoamericano paradigmático de José Carlos Mariátegui, el panlatinismo de José Enrique Rodó y las ideas siempre inquietantes de los mexicanos José Vasconcelos o Edmundo O’Gorman respecto a la identidad cultural emblemática del latinoamericano, entre otros paradigmas; más bien hayan recobrado ahora una fuerte y redimensionada vigencia, sobre todo si las retomamos en el complejo contexto de esta nueva discusión global. Tampoco resuelve el dilema que, según Leonel Delgado, se han planteado teóricos postcoloniales como Rodolfo Kush y Walter Mignolo: «algo nos impide ser totalmente occidentales aunque nos lo propongamos».

Según Midence, en Latinoamérica la postmodernidad se manifiesta no como teoría, sino como condición, pero menciona y reconoce también la existencia de un pensamiento latinoamericano que, como él mismo subraya, ya acechaba, olfateaba o intuía (con Darío, desde finales del XIX) la llamada postmodernidad.

En uno de los ensayos más interesantes del libro, Midence se remite a un texto dariano de creación (El Faunida), ignorando quizás a propósito otros planteamientos (propiamente más «teóricos») en la prosa ensayística o periodística del poeta nicaragüense; donde desde entonces eran claros algunos esquemas teóricos reasumidos ahora por los estudiosos de la postmodernidad.

Esto nos lleva a concluir que si, en realidad, como reconoce el propio Midence, existe un pensamiento latinoamericano estructurado, que empezó a definirse incluso antes de Darío (desde Mariátegui, Bello y Bolívar, por ejemplo) y llega hasta muchos letrados de la contemporaneidad que siguen asumiendo el concepto de «construcción» para aproximarse a una idea de identidad cultural latinoamericana; significa entonces que la postmodernidad en Latinoamérica, además de manifestarse como condición, también se manifestaba, desde Darío (o antes), como teoría. El simple estudio de su libros de prosa puede ayudar a corroborarlo.

Si tomamos en cuenta estos precedentes, al fin y al cabo, esa búsqueda o construcción paulatina del ser o la identidad latinoamericana, no resulta, como se empeña en decir Quezada, del todo inútil. La naturaleza dialógica, aparentemente contradictoria en la prosa y el pensamiento darianos, indican más bien que la identidad no es algo que simplemente se alcanza, para después buscar «qué hacer con ella». Tanto Midence como Quezada y Delgado, han evocado la tesis, que no obstante considero bastante apropiada, de «proceso de construcción» para aproximarse a una dinámica de interpretación del ser cultural centroamericano.

Es verdad que, como la búsqueda de instrumentos teóricos de algunos de ellos lo confirma, el anacronismo de nuestros sistemas educativos y de nuestros propios sistemas socio-económicos (directa o indirectamente impuestos por el poder hegemónico de Estados Unidos), ha provocado una fuga o una búsqueda de refugio de nuestros teóricos en las universidades del primer mundo. Pero no creo que, por eso, los centroamericanos o los hispanoamericanos «nos estemos dejando construir» o nos estemos «dejando nombrar» por las instituciones de poder cultural del llamado primer mundo.

Los Estados Unidos, por ejemplo, evidentemente buscan su identidad en el futuro, porque como ha dicho Octavio Paz, son hijos de la Reforma, descendientes del reformismo radical de Lutero y Calvino. Encierran su pasado en el sótano y pasan diariamente frente a su puerta tratando de no pensar en lo que hay tras ella. En tanto, Latinoamérica, hija de la Contrarreforma y con un rico pasado cultural soterrado y marginado desde la conquista, sigue intentando hundirse, con los ojos bien abiertos, precisamente en ese pasado.

Los estadounidenses o americanos anglosajones, quemaron naves y fundaron un nuevo mundo. Venían huyendo, y abominando, del oscurantismo. En tanto, América Latina fue descubierta y conquistada por una mezcla sui géneris de oscurantistas militantes, aventureros y filántropos dogmáticos. Nuestro «proceso de construcción» ha sido mas complejo y más traumático, y el fenómeno cultural de nuestro mestizaje (visto desde la enriquecedora perspectiva de un poeta y prosista como Darío, que renovó el lenguaje impuesto por los colonizadores) es el mejor ejemplo de ello.

Por eso es importante examinarlo en retrospectiva, a la luz de nuevas teorías o nuevas discusiones. Quizás sea adecuado examinar con mayor atención las manifestaciones de nuestro presente (buscar una «eutopía» o simultaneidad, como sugiere Delgado), que son un efecto de ese proceso identitario, y entender con mejor perspectiva nuestra condición mestiza, que es en todo caso el origen de esa «hibridez» que tanto mencionan los teóricos de la postmodernidad y que, desde hace más de un siglo, se le ha achacado a Darío para bien o para mal; aunque no es más que un efecto o una manifestación del proceso cultural intrínseco al ser latinoamericano.





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