|
|
||||||||||||||
PARTE FINAL
Mientras hojeo los documentos, la puerta de la clínica no deja de abrirse y cerrarse ni un minuto. Esperanzadas parejas infértiles acuden para solicitar una cita. La sala de espera está llena de otros clientes que esperan el milagro del tratamiento de fertilidad de Antinori. El doctor estableció en 1986 su Instituto de Reproducción Humana en una céntrica calle de Roma en compañía de su esposa, la bióloga Caterina Versaci, y sus revolucionarias técnicas de reproducción asistida han sido la envidia en el sector durante años. Dicen que precisamente se dedicó a este terreno de la medicina ante la imposibilidad de tener un hijo. Más de mil mujeres han logrado su sueño de convertirse en madres gracias a la perseverancia de Antinori y su nutrido equipo formado por una veintena de especialistas. De ahí le viene el popular apodo de Doctor Milagro, un rostro muy conocido en Italia desde que aparece en un programa divulgativo de la televisión. Tan popular, que hasta el riquísimo emir de Brunei le hizo una donación de 270.000 euros agradecido por haber tenido un heredero. Parece difícil encontrar en este momento a alguien más ocupado que el profesor. Mientras revisa algunos informes de su laboratorio, me presenta a una de sus pacientes, que aparenta tener más de 40 años. «Esta mujer no podía tener hijos por culpa de un problema en las trompas de falopio. Es pediatra. Pero ahora ya tiene a su niño. ¡Mírela, una pediatra!». El doctor la acompaña a la salida cogiéndola del brazo. Ya llevo dos horas en la consulta cuando Antinori me conduce a su despacho. Su rostro se torna serio. «Bien, hablaremos en profundidad de mi trabajo. Usted quiere escribir un buen artículo. Los medios de comunicación son muy importantes». Pero enseguida vuelve a dispersarse. «¿Sabe que también soy futbolista? Sí, a mis años, y dicen que muy bueno». Mientras le escucho, tengo la sensación de que el día va a ser muy largo. EL PIONERO DE LA FERTILIDAD La carrera científica de Severino Antinori, de 56 años, comenzó cuando trabajaba como biólogo en la consulta de su tío, un veterinario rural. A principio de los años 70 su vida apacible cambió después de asistir en Roma a una conferencia del doctor Patrick Steptoe, uno de los pioneros en los tratamientos de fertilidad. Por aquel entonces, la posibilidad de lograr un embarazo extrauterino era un sueño, pero el joven biólogo vio en ello su propio futuro. Y comenzó a convertirse en un consumado especialista en embriones. «La gente decía que Steptoe estaba loco, que aquello nunca se lograría. Pero yo sabía que era posible. Sabía que no crearía monstruos. Vi en el loco de Steptoe a un formidable pionero, como los hermanos Wright, como Galileo...». ¿Como usted mismo?, le interrumpo. «No me importaría parecerme a esas personas», contesta con una sonrisa. «Hasta el momento han nacido un millón de niños probeta. ¿Quién critica ahora a sus padres, el doctor Steptoe y a su colega Edwards? ¿Cree que son una pareja de Frankensteins? Estos dos hombres se merecen un millón de premios Nobel, un millón de vidas, pero, claro, nunca los obtendrán. Eso lo decide una mafia». El doctor italiano alude a «la rama sueca de la Cosa Nostra», e incluye a Tony Blair, a George Bush y hasta al Papa. Su clínica se encuentra a escasos metros de las murallas que guardan el Vaticano. Asegura que desde allí se le amenaza a diario. «Todos los días aquí, en Italia, el Colegio de Médicos discute la posibilidad de prohibirme el ejercicio de mi profesión. ¡Todos los días! La Iglesia les susurra al oído para que me presionen más. ¿Por qué? Porque estoy trabajando a favor de un nuevo y elemental derecho humano: el derecho a transmitir nuestros genes a las siguientes generaciones». Aunque el doctor se declara creyente, no escatima críticas hacia la postura de la Iglesia, «que dice defender la vida pero que se ceba en aquellos que desean tener hijos. La ciencia italiana está en manos de los talibán católicos». Su relación con el Vaticano se hizo aún más difícil a partir de 1995, cuando anunció su intención de convertir en padre a un cura estéril. Una y otra vez, la jerarquía eclesiástica arremete contra él con dureza, considerando sus experimentos como «una violación del proyecto de Dios» o «un desafío al Creador». Sus ideas en el terreno religioso son, sin embargo, confusas. Católico de derechas, intentó introducirse en la política de la mano de una formación marginal, Autonomía Liberal, que se declara en contra del aborto. Mientras habla, la pasión de Antinori va en aumento. A su entusiasmo se opone la mirada estoica de Mongardi, que actúa de traductora y le corrige continuamente datos, fechas y hasta terminología médica. «El profesor asegura que es un hombre sencillo en busca de la verdad», apostilla la ayudante. Resulta difícil no quedar atrapado por la fuerza y la energía que desprende el doctor. SOLO A PAREJAS ESTABLES Su argumento principal en defensa de la clonación humana es que constituye el paso definitivo para derrotar a la infertilidad. Trata de explicarme el papel que a él le corresponde en esta historia épica haciendo unos garabatos en una hoja que quieren ser un diagrama. «La infertilidad masculina continúa en aumento, especialmente en Gran Bretaña. Hasta ahora mi trabajo ha sido ayudar a los hombres cuyos espermatozoides eran demasiado lentos o que tenían deformidades», dice mientras dibuja un tosco embrión. «En ese caso el esperma no salía de sus testículos. El siguiente paso es ayudar mediante la clonación a hombres que han perdido por completo la capacidad de producir esperma. Algo muy traumático, que puede ser causado por una herida, un accidente o enfermedades como el cáncer. Sólo me dedicaré a las parejas estables y que se quieran. Algunos investigadores denuncian que se trata de un paso muy arriesgado, excesivo, pero son los que llevan diciendo lo mismo desde hace décadas. Muy pocos científicos son pioneros. Muy pocos poseen el conocimiento necesario y... y... «. Y el valor, vuelvo a interrumpirle. «El valor, sí», dice. «Hay 120 millones de hombres estériles. ¿Debemos decirles que no tienen esperanza alguna cuando sabemos que sí, que existe?». EXCESIVA PRISA Dejando a un lado el debate sobre su competencia científica, los detractores de Antinori le reprochan su prisa por ser el primero en clonar humanos. «No puedes detener el avance de estas técnicas. Sé que ya hay científicos en Rusia que lo lograrán si no lo hacemos antes. Su gran ventaja es que el señor Vladimir Putin, el primer ministro ruso, no tiene religión. A mí me han invitado a trabajar allí». ¿Está dispuesto a ir?, le pregunto. «Lo podría hacer, pero deseo investigar en Inglaterra. Adoro ese país». El gran escollo para el doctor son los impedimentos legales. Si se resolvieran, ¿cuándo podría comenzar la experimentación? «Tengo a dos colaboradores listos en Inglaterra para comenzar hoy mismo». ¿Quiénes? ¿Dónde están?, inquiero sin éxito. «Mi equipo se encuentra repartido por todo el mundo», explica con cautela. «Sólo selecciono a los mejores, a los Beckhams y a los Owens», dice en referencia a las estrellas del fútbol británico. «Las mujeres están dispuestas y los óvulos están ahí. La gente sólo ve problemas, pero en realidad nos encontramos muy cerca. Es muy sencillo: una vez que has reemplazado el núcleo del óvulo con nuevas células y lo sometes a una pequeña descarga eléctrica... ¡Bum! Ya está». Su entusiasmo no es un impedimento para dejar claro que él aboga por la regulación legal de la clonación. En una ocasión manifestó que llegará el día en que la modificación de los embriones será considerada una técnica más de la fecundación in vitro. Su fe en los avances científicos y en su aceptación por la sociedad es ciega: «Una vez que nazca el primer bebé clónico, y que llore, el mundo entero lo abrazará». EL MINUSCULO CELESTIAL Antes de llegar a la clínica de fertilidad del doctor me incorporé a las legiones de turistas que desfilaban por la Capilla Sixtina. Como todos, alcé la vista para contemplar ese pequeño espacio entre el dedo de Dios y la fláccida mano de Adán en la bóveda que pintó Miguel Angel. Ahora, mientras Antinori me cuenta sus sueños, le imagino ocupando ese minúsculo espacio de aire celestial. ¿Nunca siente temor ante las posibles consecuencias de este nuevo acto de creación? Responde con firmeza que mediante un adecuado cuidado prenatal basado en la clonación se pueden reducir las deformaciones fetales hasta sólo un 5%. ¿Y vale la pena ese riesgo del 5%? «Por su enorme beneficio, sí, creo que sí». ¿Y qué opina de las implicaciones sociológicas para un niño que llega al mundo como el gemelo biológico de su padre? «En general, lo que la gente teme es que se pierda su individualidad», reconoce Antinori. «Pero las personas estamos condicionadas por un millón de factores distintos: por el entorno, por los veloces tiempos que corren, por la educación... Imaginemos dos clones, dos gemelos idénticos: uno se convierte en doctor, el otro se dedica a un trabajo radicalmente diferente, y aunque son iguales, no podrían ser más distintos. Entonces, dígame, exactamente ¿a qué le tenemos miedo?». NO LO QUIEREN ESCUCHAR ¿Es posible que esta nueva tecnología pueda caer en manos equivocadas?, aventuro con falsa ingenuidad. «Muchos dijeron lo mismo con la bomba atómica», responde. «¡Pero eso no ha sucedido!». ¿La clonación no se contemplará como una forma de recrearse a sí mismo? «Imagínese», me dice sonriente. «¿Qué le parece si creamos un millar de periodistas idénticos a usted? ¿Quién querría que sucediera una cosa así? Sería terrible. Para eso está la legislación, no para detener a la Ciencia, sino para asegurarnos de que se utiliza correctamente». La verdad es que la idea de mil periodistas como yo me hace reflexionar. «¿No le gustaría ser clonado?», me dice con suspicacia, antes de continuar con su discurso. «Antes de empezar mis experimentos me gustaría que no hubiera ningún problema legal. Yo quería discutir todo esto con científicos de alto nivel, pero una conferencia que convoqué en Montecarlo fue boicoteada. Nadie me quiere escuchar...». A medida que va transcurriendo el día en la aséptica clínica romana, los interrogantes se van amontonando en mi cabeza. Le pregunto acerca del fenómeno de que todos los investigadores sobre fecundación in vitro sean hombres. Pero él me responde con más reflexiones sobre los que llama talibán éticos. Le inquiero sobre su infancia, la relación con sus padres, pero se ríe y elude mis preguntas. El resto de mi cuestionario es descartado antes de abordar ningún otro tema y al final me rindo. ¿Cómo es que nunca habla de dinero? Ha afirmado que su tratamiento de fertilidad basado en la clonación será gratuito. ¿No lo necesita?, digo con timidez. «Hace 20 años ya tenía tres Ferraris». Lo que el Doctor Milagro, bautizado por sus enemigos como el nuevo Doctor Jekyll, persigue ahora es tener buena prensa. Dice que le gustaría que yo escribiera el prólogo a sus memorias. La entrevista se ha acabado, me dispongo a partir y antes me coge del brazo con un gesto familiar. «Aunque sea lo único que recuerde de nuestra conversación, no olvide esto: estoy a favor de la vida, es maravillosa. ¡Yo soy la fuerza de la vida!». |
|
||||||||||||||
Compartir:
|
|||||||||||||||