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Sábado 29 de Septiembre de 2001 | Managua, Nicaragua
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Poemas de Luis Alberto Cabrales


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LOCOMOTORA

De Corinto a Granada, siempre, siempre,

hace el viaje forzoso la locomotora,

jadeante y violenta a veces, otras,

entre espirales de humo, soñadora.

Al ver partir los barcos,

libres sobre el mar libre hacia playas ignotas,

ella entre los dos rieles cotidianos medita,

y sueña irse entre un lento revuelo de gaviotas.

Bajando cuestas, subiendo cuestas,

contempla a su paso las vacas tranquilas

que pacen o brincan con sus crías,

y de ternura enrojecen más y más sus pupilas.

“¿Qué descansadas vidas

las que pasan, quizás inadvertidas,

paciendo y ramoneando en los potreros,

con sus lindos terneros

esas vacas paridas”...

Sin conocer a Horacio ni a Fray Luis de León

canta la locomotora envuelta en su gran humazón.

Y descansando ya en la Escuela de Artes

le vienen sin querer ternezas infinitas,

y se sueña brincando en los potreros

con sus lindas locomotoritas.

1926

PRIMER AGUACERO

Anoche, toda la noche,

cayó el primer aguacero.

Por eso

alegre estaba el campo en la mañana

con su camisa blanca de todos los domingos

y el pantalón azul de la Semana Santa.

Alegre estaba el campo

de azul y de blanco.

Silbando se fue a la ciudad

con su nuevo sombrero de pita;

trascendía a hierba, a fruta y a humedad.

Como viera los árboles todos llenos de trino,

como viera las nubes todas llenas de sol,

compró para el colocho un centavo de olor

en la venta que puso mayo en el camino.

1929

LA ESPOSA DEL CAPITÁN

Linda era, y apetitosa,

y esposa del Capitán de Marinos.

Frutas y mieses de la Nueva Inglaterra

arrojaba al ímpetu de los mancebos nativos.

Apple, boys?... Y ofrendaba sus dos senos maduros.

Wheat, boys?... La cosecha de bucles y el más íntimo trigo.

En los ingenios de los alrededores,

sobre el bagazo tibio -olorosa basura-

mestizos y mulatos violaban

su vientre, pálido así como la luna.

Tumbada sobre la hierba,

sucia de nuestro barro y fatigada de besos,

one, two, three...! ¡cuántos claros luceros!...

y canturreaba, lánguida: Star spangled banner!

So long, frutas de la Nueva Inglaterra!

Un transporte cargó con la carga de trigo.

Al Asia, al Asia va el feliz Capitán.

¡Ríen, ríen con blancos dientes los filipinos!

1929

CANTO A LOS SOMBRÍOS ANCESTROS

Tambor olvidado de la tribu

lejano bate de mi corazón nocturno.

Mi sangre huele a selva del África.

Sombría noche de luciérnagas,

sombría sangre tachonada de estrellas.

Y hoy quiero cantaros,

antepasados de la Tierra Tenebrosa,

que os lanzásteis con ímpetus de púgiles

sobre los claros vientres, tibios, mediterráneos.

Mi boca,

salada de rachas atlánticas,

mi boca,

saturada de relente caribe,

mi boca,

llena de la tierra ancestral y ardiente,

es vuestra boca antigua,

vuestra boca en silencio,

clamando libre sobre la Rosa de los Vientos.

Mi canto es vuestro canto dormido en los milenios;

mi grito es vuestro grito amordazado en tinieblas.

Ríspido surge de la esclavitud eterna,

impetuoso y ágil, como vosotros, ancestros.

Mi carne,

de aceituna y achiote,

mi carne,

pasta de luna y de pimienta,

es vuestra carne antigua

gloriosa, en éxtasis, lavada¾

después de chapuzón marino

en las celestes aguas mediterráneas.

Desde la colina de los dioses

mi canto, violador y violento,

por sobre las estatuas perfectas,

hacia vosotros va,

silenciosos y sombríos ancestros:

Alto, violento canto,

antorcha retorcida por tenebrosos vientos.

1932

UN ÁNGEL ME PERSIGUE

En el bregar y en el holgar, en el dormir y en el velar,

sobre las cunas de los míos y en los féretros,

con el dardo del Padre, con el dardo del Hijo,

el Ángel del Señor me ha perseguido, me persigue.

Sobre mi pan y sobre mi sal;

en funeral y en bodas;

en lágrimas y vino y alegría,

se han clavado, se clavan, se clavarán

sus dardos vibradores.

En altas noches estrelladas

lejano de los hombres

he sentido su vuelo, su rumor angélico,

y del cabello al alma estremecido,

he gritado sin gritar: ¡Ay, tregua!

¡Ay, mi carne, para el castigo, endeble,

ay, mi espíritu, para el amor, inestable,

dispersos, fugitivos, huyen

de los brazos del Hijo y del ceño del Padre.

Pequeño soy, pequeño,

más que la hojilla temerosa en la brisa,

y más que animalito de Dios,

de los que viven en los agujeros.

¿Acaso en las hendijas

anidan las iras del Eterno,

y los veloces fuegos

en las pupilas de las bestezuelas?

Cuál dardo,

cuál último dardo has de clavarme,

oh Ángel sin merced,

fiero como Azrael, dulce como Gabriel:

¿El dardo tenebroso

que viste de dolor sin esperanza?

¿El dardo que desnuda

en la ebria claridad sin fin ni sombra?

Mi grito, en el silencio,

hendió, ríspido, hasta el vértice nocturno.

La noche caía virginal, y dulce, y láctea,

así como el manto de María.

1939

CAMPOSANTO RURAL

En este camposanto rural descansar quiero

para siempre,

aquí, junto a los míos.

Cubierto de altas hierbas

con nidos de palomas y conejos,

los árboles hojosos

agobiados de flores y de mieles,

los pájaros brillantes

trinando, chupando, revoloteando,

la tierra olorosa siempre tierna

como tierra de mayo,

y los lentos mugidos de las vacas

llegando a yacer sobre las tumbas de los amos.

Aquí descansar quiero,

muy cerca de los muertos de los barrios,

de mis compañeritos de vagancia,

Luis Campos, José Castro, los Lagunas,

que envejecieron y murieron,

y se vinieron aquí desde hace tiempos,

y acostados están oyendo el río,

las aguas oyendo de sus baños y sus risas,

oyendo y recordando para siempre.

Aquí descansar quiero,

aquí junto a los míos,

no en polvo convirtiéndome:

en tierra fresca y tierna de mi tierra.

1940

ENTRETIÉN CON JOAQUÍN PASOS

Esta noche te he sentido, Joaquín, cerca de mí.

¿Detrás? ¿Al lado? ¿Dónde?

No sé. Pero allí estabas:

cercana tu presencia real, lejano amigo.

¿Qué quieres? ¡Di qué quieres!

Déjate de enigmas.

Somos cobardes, Joaquín, somos cobardes;

en verdad, en verdad nada queremos

con quien habita el reino de los muertos.

¡No queremos partir! ¿No lo recuerdas?

Amamos esta tierra que huele,

esta olorosa tierra húmeda en la noche,

esta luna magnífica, estos claros, dulces luceros,

este silencio henchido de rumores nocturnales.

Amamos la casa, la calle, la ciudad en que nacimos,

donde estamos envejeciendo;

los árboles del paisaje familiar.

Y nos asimos de los recuerdos

y de las manos queridas.

¡No queremos partir! ¿No lo recuerdas?

Bueno, Joaquín, adiós. Debes marcharte.

No han caído las hojas sobre tu nombre,

ni el polvo.

Un dulce alisio de amistad sopla de vez en cuando.

Eso te baste.

1954




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