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La filosofía, como todos los demás estudios, aspira primordialmente al conocimiento. El conocimiento a que aspira es aquella clase que nos da la unidad y el sistema del cuerpo de las ciencias, y el que resulta del examen crítico del fundamento de nuestras convicciones, prejuicios y creencias.
Platón consideraba que la filosofía es el uso del saber para ventaja del hombre. Otros la consideran como el conjunto de concepciones sobre los principios y las causas del ser de las cosas, del universo y del hombre. Otras corrientes se centran en una actitud de compromiso con el hombre y la sociedad.
Desde ambas perspectivas, la filosofía se considera como una actividad crítica y transformadora. La disparidad de las filosofías se refleja, obviamente, en la disparidad de los significados.
El hombre que no tiene ningún barniz de filosofía, va por la vida prisionero de los prejuicios que derivan del sentido común, de las creencias habituales en su tiempo y en su país, y de las que se han desarrollado en su espíritu sin la cooperación ni el consentimiento deliberado de su razón. Para este hombre el mundo tiende a hacerse preciso, definido, obvio; los objetos habituales no le suscitan problema alguno, y las posibilidades no familiares son desdeñosamente rechazadas.
Desde el momento que empezamos a filosofar, hallamos, por el contrario, que aun los objetos más ordinarios conducen a problemas a los cuales sólo pueden dar respuestas incompletas. La filosofía, aunque incapaz de decirnos con certeza cuál es la verdadera respuesta a las dudas que suscitan, es capaz de sugerir diversas posibilidades que amplían nuestros pensamientos y nos liberan de la tiranía de la costumbre. Así, el disminuir nuestro sentimiento de certeza sobre lo que las cosas son, aumenta en alto grado nuestro conocimiento de lo que pueden ser; rechaza el dogmatismo algo arrogante de los que no se han introducido jamás en la región de la duda liberadora y guarda vivaz nuestro sentido de la admiración, presentando los objetos familiares en un aspecto no familiar.
La incertidumbre de la filosofía es, en una gran medida, más aparente que real; los problemas que son susceptibles de una respuesta precisa se han colocado en las ciencias, mientras que sólo los que no la tienen actualmente quedan formando el residuo que denominamos filosofía.
La filosofía debe ser estudiada, no por las respuestas concretas a los problemas que plantea, (puesto que, por lo general, ninguna respuesta precisa puede ser conocida como verdadera), sino más bien por el valor de los problemas mismos; porque éstos amplían nuestra concepción de los posible, enriquecen nuestra imaginación intelectual y disminuyen la seguridad dogmática que cierra el espíritu a la investigación.
Hay muchos problemas que, en los límites de lo que podemos ver, permanecerán necesariamente insolubles para el intelecto humano; salvo si su poder llega a ser de un orden totalmente diferente de lo que es hoy. ¿Tiene el Universo una unidad de plan o designio, o es una fortuita conjunción de átomos? ¿Es la conciencia una parte del Universo que da la esperanza de un crecimiento indefinido de la sabiduría, o es un accidente transitorio de un pequeño planeta en la cual la vida acabará por hacerse imposible? ¿El bien o el mal son de importancia para el Universo, o solamente para el hombre?, etc.
La filosofía plantea problemas de este género, y los diversos filósofos contestan a ellos de diversas maneras. Muchos filósofos han pretendido que la filosofía podía establecer la verdad de determinadas respuestas sobre estos problemas fundamentales. Pero parece que, sea o no posible hallarles por otro lado una respuesta, las que propone la filosofía no pueden ser demostradas como verdaderas.
El valor de la filosofía no puede depender de un supuesto cuerpo de conocimientos seguros y precisos que puedan adquirir quienes la estudian. De hecho, el valor de la filosofía debe ser buscado en una larga medida en su real incertidumbre. La filosofía, si no puede responder a todas las preguntas que deseamos, es apta por lo menos para proponer problemas que acrecen el interés del mundo y pone de manifiesto lo raro y admirable que justamente bajo la superficie se oculta, aun en las cosas más corrientes de la vida cotidiana.
Si algo puede continuar siendo característica fundamental de la filosofía es que no hay tema sobre el que no pueda ejercer su función crítica, su búsqueda de fundamentos y de relación. Para que esta función y esta búsqueda respondan al nivel de nuestro tiempo, no hay que rehusar a enfrentarse con los problemas del hombre, del mundo y de la historia, en sus mutuas implicaciones y en toda su profundidad.
Aristóteles definía la filosofía como la ciencia de la verdad. Voltaire consideraba al filósofo como amante de la sabiduría y de la verdad. ¿Será que nuestros actuales gobernantes le tienen miedo a la verdad y son enemigos de la sabiduría, y por eso suprimen la filosofía del programa de estudios secundarios?
* Jurista, Politólogo y Diplomático.
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