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Crónicas desde Oriente Medio
Prejuicios orientales

Juan Echanove

Los prejuicios son como espejos esmerilados que nos impiden conocer la realidad de los hechos y las situaciones en ellos reflejados. Como es bien sabido, no siempre es nuestra ignorancia o la tradición la responsable de ahumar los cristales con los que miramos la vida. Lamentablemente, en muchas ocasiones son otros quienes de propósito optan por provocar estas distorsiones en nuestra contemplación de las cosas, con intenciones no siempre confesables o para proteger intereses ruines, como ruin es cualquier interés cuya defensa requiere de las medias verdades o incluso de la mentira sin tapujos.

La forma como los occidentales juzgamos los sucesos de Oriente Medio ofrece numerosos ejemplos de este tipo de infidelidades a la verdad. Unos cuantos ejemplos nos permitirán ilustrar aquí hasta qué punto formamos nuestras opiniones sobre el mundo árabe/musulmán sobre bases completamente falsas.

Si preguntásemos a un público medianamente informado sobre cuáles son, a su juicio, los países musulmanes en los cuales la mujer sufre un grado más notable de exclusión social, sin duda la mayor parte de los encuestados incluirían Irán en su relación. Probablemente excluirían a los Estados del Golfo Pérsico, como Arabia Saudí, Qatar o los Emiratos Árabes Unidos.

Contra todas nuestras falsas ideas al respecto, es un hecho que las mujeres en Irán pueden votar y optar a cargos de elección pública, además de conducir un vehículo o abrir una cuenta bancaria sin la autorización de su marido. Pues bien, una mujer saudí, por ejemplo, no puede en cambio hacer ninguna de estas cosas. Si bien es cierto que en Irán impera la aplicación de la sharia o derecho civil y penal coránico, no lo es menos que la misma situación se vive también en la monarquía saudí, con la diferencia objetiva de que la aplicación de la misma en Arabia es extremadamente más rigurosa que en Irán.

En Irán no se practica la ejecución pública mediante sable u otros extremos pavorosos habituales en la petrolífera monarquía árabe. Mucha gente sabe que las mujeres iraníes están sujetas a un riguroso código en el vestir que las obliga a ocultar todo su cuerpo menos las manos, la cara y los pies. Pero no tanta gente sabe que el mismo código rige también en Arabia Saudí. No es nuestro propósito defender el trato que se rinde a la mujer en Irán, ni mucho menos, pero, puestos a escoger entre lo malo y lo peor, sin duda es mejor nacer mujer iraní que saudí.

Resulta bastante obvia la conexión entre esta falsas ideas y los sediciosos mensajes mediáticos instrumentalizados desde Estados Unidos, siempre tendientes a ocultar las miserias de los regímenes aliados y proclives a exagerar hasta la caricatura los defectos de los países considerados enemigos.

Lo sorprendente del caso es que es precisamente en aquellos países islámicos que ostentan en la actualidad el dudoso honor de ser los ogros oficiales de Estados Unidos, es decir, Irak y Libia, los que mejor trato ofrecen a la mujer en sus respectivas sociedades. Este dato, por supuesto, no suele aparecer en los medios con asiduidad.

Otro ejemplo que resultaría risible si no fuera por la ignorancia que se esconde tras él, es el considerar a los chiítas como los miembros de la rama radical dentro del islamismo. En realidad, las diferencias entre los chiítas y los demás musulmanes (es decir, los sumnitas) son meramente doctrinales, y guardan relación, entre otros, con aspectos organizativos, como la figura del imanato, existente entre los chiítas, pero no entre los sumnitas.

Una vez más, y como en el caso anterior, esta ridícula idea tiene su origen en la demonización que del mayoritariamente chiíta Irán se hizo en la década de los ochenta por parte de los norteamericanos. El régimen político que objetivamente propugna en la actualidad una visión más radicalizada y excluyente del Islam es, como es bien sabido, el Afganistán de los talibanes, y los talibanes son... sumnitas, no chiítas. Por otra parte, uno puede encontrar en Beirut muchas mujeres chiítas vistiendo minifalda y llevando una vida de libertades semejante a la de un país Occidental.

Los radicalismos en el Islam no están relacionados con una u otra de sus ramas necesariamente. Hay islamismos radicales de todo tipo, como hay radicalismos católicos o evangélicos, por ejemplo. Del mismo modo, hay también musulmanes liberales en ambas ramas del Islam.

Prosiguiendo con los prejuicios en materia religiosa, la mayoría de la gente traduce mentalmente el conflicto palestino-israelí como un enfrentamiento entre musulmanes y judíos. Con ello, se ignora que una parte de la población palestina es cristiana, de hecho, se trata presumiblemente de la población cristiana más antigua del mundo, puesto que desciende en parte de aquellos que fueron primeramente convertidos por los apóstoles.

La otra parte del corolario, es decir, la identificación de los judíos como una de las partes enfrentadas en también inexacta y prejuiciosa. Los palestinos no se sienten enemigos de los judíos. Árabes y judíos han convivido durante siglos en toda la cuenca del Mediterráneo, desde Marruecos hasta Siria, compartiendo incluso una misma lengua, el árabe.

Los palestinos se sienten afrentados y lesionados en sus derechos por los sionistas, es decir, por aquellos judíos que propugnan un estado judío puro excluyendo los derechos de los demás. Hay muchos judíos, tanto dentro de Israel como en todo el mundo, contrarios al sionismo y defensores de los legítimos derechos del pueblo palestino.

La más trágica y ridícula de todas las falsas ideas respecto al mundo religioso del Oriente Medio es la de considerar que musulmanes y cristianos adoran a dioses diferentes, a saber: Alá y Dios. Decir que los musulmanes adoran a Alá es una incongruencia gramatical tan ridícula como decir que los ingleses adoran a God. Alá es la traducción de Dios en lengua árabe, pero se trata exactamente del mismo Dios, del Dios de la Biblia. Es el idioma el que marca la diferencia de nombres, no la religión.

Cuando los árabes cristianos acuden a la iglesia a rezar, la palabra que pronuncian, obviamente, es Alá, y no por ello, por supuesto, dejan de ser cristianos y pasan a ser musulmanes. Por eso, cuando escribimos en castellano debemos utilizar la palabra castellana, es decir, Dios, aunque estemos hablando de los musulmanes. Podríamos prolongar la relación de ideas preconcebidas sobre Oriente Medio hasta agotar al lector. Basten pues estas reseñas para sugerirle que permanezca alerta cuando lea noticias o informaciones sobre esta parte del mundo, y busque el modo de confrontarlas.

Palestina, junio 2001





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