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Explosión en el lugar del paraíso

Sergio Ramírez*

Se llama Sattar-Haqqani y tiene apenas 27 años. A su edad está consagrado como mullah, lo que sería entre nosotros un obispo. La férrea iglesia fundamentalista a la que pertenece, actúa a la vez como una casta militar, y tiene en sus manos todo el poder en Afganistán. Estamos hablando del régimen teocrático de los talibanes, que con su interpretación medieval de la ley del Corán deja pálido a los ayatolas de Irán, donde al menos hoy campean las luchas de poder entre el clero tradicional del Consejo de los Guardianes, y los reformistas del presidente Mohamed Jatamí; y las mujeres, aunque ocultas tras el shador, van a las universidades.

Al Mullah Sattar-Haqqani una mina le arrancó la pierna derecha durante un enfrentamiento en Kabul en 1996. Eso y más, dice, aún su vida, está dispuesto a ofrecer por su fe. Ahora es el Comandante de Bamián, con lo que tiene en un solo puño el poder religioso, político y militar para toda esa región de Afganistán. La foto suya en el Süddeutsche Zeitung, de turbante, barba y cabellos nazarenos, túnica y manto arrollado al hombro, parece sacada de las estampas bíblicas en que aprendimos la historia sagrada, salvo por el grueso reloj en la muñeca. Y el paisaje que campea a sus espaldas es también tan desolado como el de aquellas historias, arena y piedras, algún matojo seco. No parece gratuita la semejanza del personaje, ni la de su entorno. En estas tierras de Bamián, aseguran, se engendró la historia de Adán y Eva. En estas alturas del corazón de Asia, a 2.500 metros sobre el nivel del mar, se habrían agrupado los sobrevivientes del diluvio universal.

El último combate que el joven guerrero Sattar-Haqqani ha librado en defensa de los fundamentos inconmovibles de su religión, ha sido contra las estatuas de buda, los colosos de 38 metros de alto esculpidos en los nichos de la pared de una montaña, y que tenían una edad de 1.600 años, tan altos e imponentes que era posible distinguirlos desde los aviones en vuelo, entre los picos de las montañas. Eran los gigantes de Bamián, la milenaria huella de la cultura budista. En esa meseta existió por siglos un monasterio que fue lugar de peregrinación para creyentes que llegaban cada año desde China y la India. Un patrimonio cultural de la humanidad que ninguna súplica de las muchas que se dirigieron al régimen fundamentalista de Afganistán pudo salvar.

Sattar-Haqqani fue el encargado de la operación de demolición, que explica con frialdad profesional: no resultaron suficientes los cañonazos concertados de la batería instalada a rango de tiro en el anfiteatro donde se alzaban las estatuas, que hasta entonces habían desafiado el paso de los siglos, la erosión y las ventiscas; cuando sus artilleros declararon que las moles esculpidas en la piedra no cederían, Sattar-Haqqani ordenó colocar cargas de dinamita a los pies de cada una. La explosión estremeció el valle, y por fin, las estatuas se deshicieron en pedazos entre una turbia nube de polvo. Ahora sólo quedan ruinas, cascotes, pedazos de pierna, de nariz, un hombro. En la sociedad talibana está prohibida la presencia de ídolos, o de figuras que encarnen cualquier divinidad. Ni Alá ni su profeta pueden tener cuerpo ni rostro a los ojos de los mortales.

Pero la operación no se ha detenido allí. Sattar-Haqqani tiene un encargo adicional que cumplir: como el régimen de Kabul sabe que del otro lado de la frontera, en Pakistán, hay arqueólogos y coleccionistas ávidos de comprar los pedazos de la ruina que ahora son las estatuas, debe proteger esos restos para que no sean sustraídos por vándalos y ladrones, y la venta oficial que se piensa hacer no sufra menoscabo; por eso las milicias sagradas bajo su mando vigilan día y noche con sus fusiles Aka el lugar de los hechos.

Cuando el periodista Tomas Avenarius, a quien se ha permitido acercarse a los despojos, le pregunta al comandante Sattar-Haqqani que si ha leído el libro de la arqueóloga Nancy Hatch-Dupree donde habla de la importancia de las estatuas ahora para siempre perdidas, responde que jamás se le ocurriría leer un libro escrito en inglés, y que menos aún, un libro escrito por una mujer. Las mujeres, bajo las reglas de la sociedad talibana, deben esconderse siempre tras las rejillas del velo. No deben despojarse nunca de sus ropajes negros. No deben salir a la calle. Deben obedecer en todo a sus maridos. No pueden aprender a leer ni a escribir. No pueden hablar con extraños. La sociedad talibana, hay que recordarlo, es de hombres solos.

El sectarismo cavernario de los talibanes, que va a dar por igual a la ignorancia cultural disfrazada de fe religiosa, y a la segregación implacable de la mujer, se practica en nombre del Islam. Pero la riqueza humanista del Islam, su diversidad cultural, su tolerancia religiosa, nada tiene que ver con los designios de Sattar-Haqqani y su secta, ni con otras tantas sectas fundamentalistas musulmanas, de las que Alá nos libre. Así como Jehová nos libre de los ultra ortodoxos judíos de la secta Kach, y de los Fieles del Templo, que sólo creen en la guerra santa contra los palestinos.

Berlín, junio de 2001.

www.sergioramirez.org.ni





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