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Con ustedes... la onda tropical No. 7

EDWIN SANCHEZ D.

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Ahora la meteoróloga de turno nos dice que al país ha entrado la Onda Tropical Número 7.

Si no estamos dentro de una confluencia, pasaríamos a una zona de convergencia intertropical. Pero de repente, estamos conociendo los efectos de una vaguada. Total, ya no es la simple y corriente lluvia de siempre, o en términos menos científicos todavía, pero más gráficos y metafóricos: hace tiempo que no cae un CHAPARRON.

La lluvia ya no es como antes, así de sola, refrescante, nostálgica y ya no digamos romántica. Ahora están registradas, asociadas a no se qué fenómeno atmosférico y sobre todo han perdido su encanto porque están rotuladas con un número como talla de pantalón salido de la Zona Franca. Luego vendrá la onda número 8, que dejará tantos milímetros en Nandaime y Masatepe.

Cuando el estudio de los fenómenos climáticos estaba en sus inicios, los agricultores acertaban más. Sembraban en el tiempo preciso, sin que se supiera que "El Niño" existía o que "La Niña" se disparaba en aguas.

Los torrenciales aguaceros entonces caían estrepitosamente, no conformándose con escurrirse sobre el canal del tejado y concluir en un gran charco por el zaguán, sino que eran tan sostenidas como una impecable sinfonía celeste, capaces de entrar en las leyendas, mojar nuestros cuentos y ensopar las obras más monumentales de nuestra literatura latinoamericana.

Es conmovedor y mítico, por ejemplo, todo lo que el extraordinario José Revueltas, de México, fue capaz de describir lo que un diluvio podía provocar a través de un río enrollado en los montes de aquel intenso país.

DE FRASES POETICAS A PALABRAS TECNICAS Los compositores también le han cantado a la lluvia, pero nunca a la vulgar Onda Tropical Número 7, aunque suene esto como un Mambo de Pérez Prado. Leonardo Favio nos canta: Y Llovía, llovía, esperando tu amor...

Otro vocalista nos dice: "Lluvia, tu cuerpo frío como la lluvia". El artista no está interesado en saber si esas aguas son de La Niña, o de un frente frío que avanza desde el norte o de alguna otra perturbación sobre la cual el informe de meteorología, sin ningún pudor ofrece hasta los más íntimos detalles de una hermosa tarde nublada. No hay derecho, como decía el filósofo Mario Moreno.

Armando Manzanero nos deleitaba antes con "esta tarde vi llover, vi gente correr y no estabas tu". Como ven, las lluvias de antes además de ayudar a producir frijoles, maíz, pipianes y otros alimentos, generaban las más bellas expresiones artísticas.

Cuando empezaba a llover en nuestros pueblos, se escuchaban frases como "se abren las compuertas del cielo", o en el bien rítmico castellano de nuestros mayores: llueve a cántaros. Fíjense que no decían: llueve a pluviómetros.

Pero cuanto más es la precisión de los satélites que trazan la trayectoria de una onda en los cielos, tan poca certeza hay en la aplicación del conocimiento en los suelos.

Antaño, los campesinos parecían estar más convencidos que las hormigas le descifraban los enigmas del firmamento, que lo escuchado en la radio. Sembraban en el tiempo correcto y pocas veces sus sembradíos se miraban aturdidos por una sequía.

EL CIELO PARECIA PARTIRSE

Los aguaceros de esos tiempos -hoy diríamos los "regímenes de lluvia", "los acumulados históricos"- eran magníficos; si no lo cree, tendríamos que observar los cuadros de nuestra producción nacional de los años 60 y 70, en pleno rock y guerra de Vietnam incluidos, y una que otra pinta en las paredes de un grupo de -entonces- jóvenes idealistas llamado FSLN.

Para esos días no estábamos contaminados de este argot mezcla de aeronáutica civil con ciencias celestiales, como ahora leemos: actividad eléctrica de ligera a moderada, o nublados parciales. Los relámpagos también eran parte del audio de esas alegres fiestas de junio a octubre. El cielo parecía partirse, y a lo lejos, como rodando sobre el piso de las nubes, se escuchaban los truenos.

Eramos capaces de escuchar frases brillantes: La señora del vecindario podía estar muy segura de una noche lluviosa, con sólo decirnos esta sugestiva y pluvial expresión popular: "Está soplando de abajo", o bien recibir el regalo de una lúcida y genial imagen de Gabriel García Márquez en "Isabel viendo llover en Macondo": Soplaba un viento de agua.

A otro se le podría oír, descontento: "Se descompuso la tarde", y aun al más sobrio del barrio San Felipe de Jinotepe: "El día está metido en guaro". Hoy, para estar a tono -y ojalá que nunca lo estuviera- el escritor, en primer lugar debería corregir su exquisita obra así: "Isabel viendo caer la Onda Tropical Número Seis en Macondo". Oh, qué desastre.

Pero han terminado esos calendarios, porque los que han abrazado precisamente el oficio del clima ya nos han impuesto su propio lenguaje y ahora ya no entendemos ni el dialecto de los gallos durante el invierno - dicho sea de paso degradado a una ordinaria "estación lluviosa"- cuando con un canto quejumbroso eran capaces de anunciar el cambio de tiempo.




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