La noticia del posible hallazgo del esqueleto de quien fuera el tercer obispo de Nicaragua, Fray Antonio de Valdivieso, es un acontecimiento de gran trascendencia para la historia del país y, en particular, de la Iglesia Católica en Nicaragua. Aun cuando todavía están pendientes varias comprobaciones científicas, el sitio donde fueron localizados y las huellas hasta el momento detectadas en los huesos descubiertos, parecen indicar que estamos en presencia de los restos mortales del ilustre Obispo Mártir de Nicaragua.
La figura del obispo dominico, protector de los indios y compañero de lucha del célebre Fray Bartolomé de las Casas, adquiere cada día mayor relevancia, como piedra angular de la Iglesia Católica de Nicaragua, precursor de la defensa de los derechos humanos y del compromiso profético con la causa de los oprimidos.
Los posibles restos de Fray Antonio de Valdivieso surgen a la luz cuatrocientos cincuenta años después de su sacrílego asesinato, ocurrido el 26 de febrero del año 1550 en la ciudad de León Viejo, de manos de Hernando de Contreras, hijo de Rodrigo de Contreras, entonces gobernador de Nicaragua, y nieto del temible Pedrarias Dávila, primer gobernador de la provincia. Ayudaron a cometer el crimen el fraile lego y apóstata, Pedro de Castañeda y el aventurero Juan Bermejo.
Como se sabe, la Diócesis de Nicaragua fue creada en 1527 por Real Cédula y confirmada por bula pontificia en 1531. El primer obispo que ejerció el cargo, aunque no llegó a ser consagrado como tal, fue Fray Diego Alvarez de Osorio, primer Protector y Defensor de los Indios. Aparentemente, sus restos también fueron localizados en el presbiterio de las ruinas de la Catedral de León Viejo, asi como los de su sucesor, que sólo ejerció su ministerio cuarenta días, Fray Francisco de Mendavia, de la orden de San Jerónimo.
Valdivieso era natural de Villahermosa, pequeña ciudad de Burgos, España. Muy joven ingresó a la Orden de Santo Domingo y en marzo de 1543 fue nombrado por el Emperador Carlos V tercer obispo de Nicaragua. Las bulas pontificias confirmando su nombramiento le llegaron en febrero de 1544. En mayo de este mismo año Valdivieso asumió el gobierno de su diócesis, a la cual se agregó, en mayo de 1545 por Cédula del Príncipe Felipe de España, la administración de la diócesis de Cartago. Desde entonces, y hasta 1850 cuando la Santa Sede creó la diócesis de Costa Rica, el obispo de Nicaragua lo fue también de Costa Rica.
Fray Antonio de Valdivieso no sólo fue el primer obispo que a la vez desempeñó el obispado de Nicaragua y Costa Rica sino también, como lo señala Edgard Zúñiga en su “Historia Eclesiástica de Nicaragua” “el primer obispo que ejercería a plenitud su ministerio episcopal en la Iglesia de Nicaragua”.
Además, fue el primero consagrado como tal en pleno cumplimiento del rito canónico, pues su consagración tuvo lugar en la ciudad de Gracias el 8 de noviembre de 1545, con la participación de tres obispos: el de Chiapas, Fray Bartolomé de las Casas; el de Guatemala, Francisco Marroquín; y el de Honduras, Cristóbal de Pedraza.
Lo que engrandece la figura del obispo Valdivieso, pese a sus detractores, es su labor en defensa de los indios y de los derechos, frecuentemente vulnerados por las autoridades coloniales, de la propia Iglesia, asi como su obra evangelizadora y su lucha constante frente a los desmanes de la familia Contreras, entonces casi dueña del país, y de los encomenderos españoles renuentes a cumplir las Leyes Nuevas, que ponían fin al régimen existente de las Encomiendas y transformaban a los indios en vasallos del Rey de España.
Quienes tratan de disminuir la figura de Valdivieso por sus insistentes reclamos frente a las autoridades, que se negaban a pagarle sus sueldos y a entregarle los diezmos de la Iglesia, olvidan que esa fue casi una constante en las primeras décadas de la colonia. El propio primer obispo de Nicaragua, Alvarez de Osorio, fue víctima de igual situación, hasta morir en la mayor pobreza y refugiado en el hospital de la ciudad de León.
Valdivieso, desde que aceptó su nombramiento como obispo de Nicaragua, estuvo muy claro de su misión y del riesgo que para su vida ella implicaba. En carta al Rey, fechada en 1546, le dice: “Cuando Su Majestad me hizo merced de confiarme este obispado, yo lo acepté solamente por servir a Dios y a Vuestra Majestad; porque bien entendía, como hombre que ya había estado en las Indias, que no se podía sacar de él otra cosa que no fuera aventurar el alma, la vida y la honra. Que en Indias no se conservan estas dos cosas haciendo el bien, sino el mal”. Y, en otro texto, Valdivieso afirma: “El obispo no solo es para tener mitra y rentas, sino para usar jurisdicción, corregir vicios y fundar virtudes, y remediar las opresiones que se hacen a sus ovejas. Y cuando no pueda hacer esto, está obligado a dejar su oficio para otro”.
Valdivieso, pese a las grandes dificultades que debió enfrentar en sus seis años de ministerio episcopal, no abandonó a sus ovejas, especialmente los indios. Sus cartas al Rey fueron afilando los puñales que finalmente le darían muerte, en un momento culminante de la historia no sólo de hispanoamérica, sino universal, que es el que señala el enfrentamiento crucial entre los remanentes feudales que subsistían en América y la Corona española, enfrentamiento en el cual los hijos de los conquistadores llevaron la peor parte.
Managua, enero de 2001.