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Cuando uno mira un libro se pregunta: ¿por qué leerlo? ¿qué saco de él? ¿me irá a gustar? ¿voy a aprender algo? ¿me servirá para algo o voy a perder el tiempo con su lectura? Dicen que libro que no merece leerse dos veces, no merece leerse una. Si se trata de un libro de sociología, como éste, su finalidad es para adelantar en el conocimiento de la sociedad. Tal vez me sirve para dar una clase, o para libro de texto, o para buscar formas de mejorar la sociedad y hacer desaparecer las lacras, como el fenómeno de las maras y pandillas, tema que aquí nos concierne.
Pocas semanas antes de Navidad del 2000, en la ciudad norteña de La Lima en Honduras, fue asesinado un joven marero después de haberse acercado a las urnas en las elecciones primarias de los liberales (los rojos). No fue muerto por pertenecer a una corriente política opuesta. No fue asesinado para robarle sus pertenencias, sino porque era el jefe local de una mara, la famosa dieciocho, y debía un asesinato a la mara salvatrucha, la también famosa trece. Su madre y sus amistades lo velaron y lo enterraron al día siguiente. Probablemente en ese funeral se platicó de la venganza. Y, como para aplastar al enemigo, a los dos días, la misma mara que lo había asesinado fue por la noche al cementerio, sacó su cadáver y le prendió fuego con gasolina, irrespetando las más sagradas tradiciones populares. No bastaba con haberlo matado físicamente, hacía falta algo así como aniquilarlo simbólicamente y ultrajar a todo el grupo del que era jefe, con lo cual, evidentemente, se le echaba gasolina al fuego de la violencia para que la espiral siguiera interminablemente. Y esto que sucedió la primera semana de diciembre se repite de muy variadas formas y es el pan nuestro de cada día en las colonias pobres de nuestras ciudades centroamericanas. Este libro trata precisamente de las maras, como se las denomina en Guatemala, El Salvador y Honduras, o de las pandillas, nombre que reciben en Nicaragua. Las maras son un fenómeno de la globalización que estamos viviendo localmente. No podemos entrar en ciertos barrios urbanos de noche y, a veces, ni de día, por temor a ser asaltados. Hay zonas urbanas proscritas para la ciudadanía común y corriente. Además, estamos viendo casi a diario noticias, como la anterior de asesinatos y venganzas en cadena entre maras o pandillas, hasta superar en número el producto trágico de la represión sangrienta de los ochenta. Ordinariamente no se trata de masacres colectivas o masivas, pero el número es como un goteo de sangre que hace rebalsar, a lo largo del año, muchas cubetas de censos. Los jóvenes autores y autoras centroamericanas de este libro desnudan la apariencia y nos rompen el cliché fomentado por los medios de comunicación, según el cual los mareros son poco menos que diablos que la policía u otros cuerpos ocultos deben hacer desaparecer. A través de entrevistas y círculos focales y a través de la convivencia en los barrios, nos ayudan a ver el fenómeno desde dentro y despiertan en nosotros/as una simpatía, provocada por la inmensa necesidad de afecto y autoestima de estos jóvenes. Pero gradualmente esta imagen romántica se desvanece cuando se constata que los mareros son vehículo duro y sin sentimiento de una violencia imparable. Se percibe en algunos estudios de países ese choque entre la simpatía y la revulsión que a veces paraliza la acción y el intento de buscar una solución aparentemente imposible. Este libro nos ayuda a conocer las causas de la existencia de las maras y pandillas en su acepción actual, aunque al terminar de leerlo no quedemos completamente satisfechos, ya que se trata de un fenómeno multifacético y las causalidades se entremezclan. La causa no es sólo la pobreza, pues hay mareros de clases medias bajas; no es sólo la migración, porque no todos los que viajan a EE.UU. y regresan traen de vuelta esta remesa cultural; no es sólo el desempleo, puesto que hay jóvenes desempleados que no están organizados de esta manera; no es tampoco únicamente la desintegración familiar y la ausencia de autoridad en el hogar, pues hubo un tiempo en que había desintegración familiar y no había maras. Ni sólo el narcotráfico y la competencia por territorio para distribuirla, porque hay muchas maras que, aunque consuman mariguana, no son vehículos directamente de un negocio. Y así podemos seguir. Lo que sí queda claro es que las maras y pandillas, así como se dan en nuestras ciudades hoy en día, son un efecto de la globalización en la cultura popular urbana de la juventud. En este sentido, los estudios por países de este libro dan pie para relacionar el auge de este fenómeno con otros de corte típicamente globalizado que aparentemente no tienen nada que ver con él, como el auge del empleo fabril femenino (maquilas). El empleo que las jóvenes encuentran puede ser un espejo de frustración y un polvorín de agresividad para los jóvenes desempleados. Es sólo un ejemplo. En la búsqueda de las causas se enfoca el ciclo del joven desde que se inicia en la pandilla hasta que sale de ella, o simplemente se calma o cae preso; se enfoca la vida de algunas pandillas que nacen, crecen y desaparecen, muchas veces por efecto de la acción policial; y se enfoca el nacimiento de esta ola pandilleril que coincide más o menos con el tiempo en que las guerras centroamericanas iban ya madurando en su seno un proceso de pacificación por la mitad o fin de la década de los ochenta. Curiosamente se muestra cómo «la paz» firmada sobre el papel es el espacio en que a borbotones estalla este nuevo tipo de violencia ciudadana juvenil. Todos estos acercamientos metodológicos para buscar el porqué de la existencia de las maras o pandillas son procesuales, porque apuntan a proseguir el estudio del tema con más profundidad. No es de extrañar que las causas del fenómeno no queden definitivamente comprobadas en su correcta dimensión, ya que trascienden la conciencia de los jóvenes. Ellos están inmersos en una ola que los trae y los lleva sin saber ellos por qué. Ellos sólo dan argumentos superficiales y localistas para matar, pero ignoran a quién están sirviendo y para qué. De allí que las respuestas explícitas que ayudan a comprender el fenómeno no basten, como se afirma en las conclusiones. Es muy interesante en cada estudio el método de recolección de datos. Cada equipo nacional ha debido idear las maneras de acercamiento a la fuente de la información. Por la naturaleza del tema, la recolección de datos ha sido una empresa difícil. ¿Cómo conseguir que el pandillero hable sobre su vida y operaciones, si son clandestinas? ¿Cómo lograr que narre con sinceridad los crímenes que ha cometido? ¿Cómo profundizar en sus pensamientos e intenciones ocultas? ¿Cómo superar el autoengaño cuando él quiere blasonar de héroe? ¿Cómo corregir el ángulo, siempre válido, del que habla desde la cárcel, del que se ha rehabilitado, del que se ha calmado o escapado, del que se mantiene activo? Cada uno tiene su punto de vista que complementa una visión. Y ¿cómo ver desde la comunidad, a manera de un espejo objetivo, al pandillero, siendo a veces los miembro de la comunidad, su madre, su novia, sus hermanos y hermanas y aun los compañeros que se han calmado? Como se verá al leer este libro, algunos equipos acudieron a la inmersión en la comunidad o barrio de las pandillas, otros a entrevistas individuales o focalizadas en grupo, ya sea fuera o dentro del ambiente. Perspectivas distintas y complementarias cuya riqueza desborda los intentos de síntesis final. Se optó en un primer momento por el método cualitativo, dejando para un segundo momento la generalización y comprobación estadística comparada de los cuatro países. Por eso, no debería desilusionar el estado cuasi de hipótesis en que se quedan las conclusiones, ya que los autores y autoras nos prometen abordar el tema cuantitativamente, en lo cual el equipo de El Salvador ha llevado la delantera a los demás con estudios previos. Se trata de la primera investigación centroamericana realizada por las UCAs o semejantes: en Guatemala, participó la Universidad Rafael Landívar, en El Salvador la Universidad José Simeón Cañas, en Nicaragua la Universidad Centroamericana y en Honduras el Equipo de Reflexión, Investigación y Comunicación (ERIC). El acoplamiento de los equipos fue un ejercicio de diálogo, no sólo porque la realidad de cada país y de la violencia juvenil organizada es distinta, sino porque cada equipo tiene prácticas propias anteriores de investigación con experiencia y confianza en un tipo propio de metodología. El diálogo supuso ceder ante el punto de vista ajeno, cosa no fácil. Las reuniones periódicas llevaron a la confianza por el conocimiento humano que se fue desarrollando. Sin embargo, el acoplamiento de los trabajos no siempre fue suficientemente articulado y la comparatividad de país a país pudo mejorarse. Es de agradecer a la Fundación SKM tanto el financiamiento del estudio como la insistencia porque tuviera un carácter centroamericano. Como decimos arriba, algo útil habrá de salir de este libro. ¿Qué pistas da para la práctica? No hay un capítulo especial para este apartado. Sin embargo, una constatación fundamental es que la mara o pandilla es una cárcel cultural de muchos barrotes de la cual es sumamente difícil salir, no sólo porque el joven puede ser visto como traidor y ser asesinado al dejar la mara, sino porque allí es donde encuentra el grupo que lo estima y que le da identidad social. Si deja la mara es como perder la identidad. Es peor que ser asesinado. Es morir socialmente. Entre líneas puede el lector o la lectora encontrar muchas pistas concretas, todas ellas con dificultades. Dar trabajo a miembros de la mara puede llevar al fortalecimiento de la misma por la compra de municiones con el dinero ganado. Las casas de rehabilitación en lugares apartados pueden ser espacios temporales de donde al salir puede el exmarero recaer si no se le saca del medio. El traslado a otro medio, por ejemplo, a otra ciudad u otro país, no es factible solución para muchos. Más aún, las maras están dispersas por todo el continente y su número tiene una identidad trasnacional. Las cárceles en vez de ser reformatorios son universidades de marología y puestos de retaguardia para comandantes de la pandilla. La «calmación» de mareros que no niegan su pertenencia a la mara, sino que desarticulan su actividad, supone todo un movimiento que va hacia la rehabilitación de la mara, no a su supresión, ni a la renuncia de sus miembros a ella. Parece que el medio más eficaz es el paso de la edad y el matrimonio, cuando el marero sobrevive a tan peligrosa existencia. Todas estas soluciones alternativas y muchas más pueden desprenderse de la lectura de este libro como necesarias, pero si se quiere poner la cura en la raíz del árbol y no en los frutos podridos, hay que atinar con las causas y distinguir en ellas las fuerzas de la globalización que las fortalecen y las fuerzas que se pueden utilizar para encontrar en ellas una solución también global. La misma globalización ha de tener en sus entrañas el principio de la solución. Compartir:
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