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Sábado 18 de Agosto de 2001 | Managua, Nicaragua
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Raúl Orozco: Poesía y delito

Franz Galich

Ya tenía días de que no leía un libro de poesía sin que se me cayera de los ojos. Digo: explico: he leído algunos que me parece que son buenos libros de poesía, pero que se desplazan ante mis ya cansados ojos como una montaña rusa: subiendo y bajando, a veces a velocidades vertiginosas, hacia la cima, otras remontando con lentitud la cima del arte, que es decir, la cima de la poesía, porque aquel deviene ésta y viceversa.

«Asociación para delinquir y otros delitos», de Raúl Orozco, fue impreso por la Promotora Cultural «Buen Día», en 1995, en su primera edición —hay que decir que hubo un problema de no sé qué índole, por el cual el autor no autorizó esta primera edición. Parece ser que por la cantidad de erratas. También hay que recordar que el autor se vio envuelto en una polémica con el escritor jinotepino Alvaro Gutiérrez, quien tituló de forma parecida un libro suyo. Es decir, estamos hablando de un autor polémico. Por lo tanto estoy manejando una edición que suponemos la segunda, cuyo copy raight está fechado en 1997 y pertenece, como es lógico, al autor.

Raúl Orozco es uno de esos raros personajes con los que la poesía nicaragüense nos ha dotado. Pero cuando digo raros, lo hago, en el sentido con que se refería Rubén Darío a aquellos otros Raros de su época: «un estilista, un solitario», cuando se refería a Nietzsche. Agregando algo que pienso le calza a nuestro autor: «Creo en la misión difícil, agotadora y casi siempre ingrata del hombre de letras, del artista, del circulador de ideas; creo que, el hombre que en nombre del talento que Dios le ha prestado, descuida su carácter y se juzga exonerado de los deberes urgentes de la existencia humana, desobedece a la humanidad, y es castigado». («El Arte en silencio»-He utilizado una edición que a mi me parece «rara», que me prestara el poeta Xavier Quiñónez, sin datos editoriales; que fue empastada y obviamente no tuvieron el cuidado de conservar estos datos tan importantes, y que además está presentada sin ninguna nota que arroje luces sobre la obra.)

Efectivamente, Orozco ha sido y es un solitario, en el sentido de que su creación ha sido eso: solitaria. Sin aspavientos, ni mucha bulla. Otra cosa es la bulla que mete él en las tertulias con los amigos, porque los tiene. En este sentido no es un solitario, pues gusta del nepente que alivia las penas y estimula la creación.

Su obra ha sido breve pero intensa. Según las noticias que él mismo da en la edición aludida, nos entera que en 1973, en Alajuela, Costa Rica, la Editorial Territorio publicó «Pequeño tiempo»; en 1974, también en Costa Rica, esta vez en San José, en la imprenta Metropolitana, «Suprimo mi silencio». Y, en 1991, en la Editorial Vanguardia, de Nicaragua, «Torrente de Acero».

Es decir, cuatro libros o plaquets, en más o menos 30 años. Casi a uno cada 7 años. Como vemos, tal vez no hay mucha necesidad de reconocimiento. O tal vez no hay muchas ofertas para financiar otros libros que indudablemente tiene.

Para nadie es un secreto la crisis por la que atraviesa el arte en general en lo referente a su promoción, siendo más sensible el problema en la poesía, que como decía alguien, con un humor no exento de negrura, que los libros de poesía debían ser vendidos con un billete de por lo menos 20 dólares entre sus páginas, para ver si así se vendían.

Pero saliendo de las humoradas negras y adentrándonos en el delito de la poesía y las asociaciones para delinquir, diré algunas de las razones que tengo para creer que la poesía de Orozco es una buena poesía, a sabiendas de lo arduo que resulta decir cuándo una poesía (o arte en general) es bueno o no.

En primer lugar, la utilización que hace del lenguaje, sacándolo de su contexto cotidiano, es decir como instrumento de inmediata comunicación utilizable por griegos y troyanos. Redimensiona el lenguaje no en sus palabras pero sí en su sintaxis, demostrándonos que asimiló bien la enseñanza de los poetas españoles del Siglo de Oro, sobre todo de Quevedo.

Verdaderamente, en un poeta (auténtico) no tiene nada de raro el estudio de los clásicos. Lo verdaderamente raro es que un poeta, o alguien que quiera serlo, no lo haga, aunque me temo que es más común de lo que se piensa. Esa es una de las diferencias fundamentales entre los raros y diletantes. Estoy claro de que esta característica también lo es de la madurez, pero no nos equivoquemos, madurez no necesariamente es sinónimo de vejez. Conozco unos cuantos que por edad pertenecemos más o menos a la misma generación, sé de otros que no pertenecen a mi generación, más viejos y más jóvenes.

Otra razón: la profundidad con la que su visión cala en las fibras del ser. Abro al azar el libro y sale un poema llamado «La belleza»: «Empuja como el azar/ hacia seres extraños/ y a caminos largos./ Enseña sus jardines de arena;/su casa, viviente fuente de sangre;/ su lecho con olor a tierra. Y la otra razón, entre múltiples, es que logra equilibrar, como pocos, la poesía socialmente comprometida con el destino de los desposeídos (hago o recalco esto de los desposeídos, por aquello de que toda la poesía es comprometida, como en efecto lo es; lo que sucede es que hay que especificar con qué o con quién.): por ejemplo, en el poema que da nombre al libro: «Asociación para delinquir y apología del delito», que como todos sabemos, se trata de una terminología prestada al lenguaje jurídico, pero que acá es resemantizada. Veamos, siempre al azar: «En el destierro de esta tierra: recuerda/ Hombre, que empleado eres y en desempleado/ te convertirás». «No crecerán se parece o es igual a/ no pasarán. No pasarán la prueba: la escolar/ la física/ la de fuego».

Es, pues, una poesía llena de sugerencias, tanto a nivel de imágenes, como de música, semántica, poseedora de múltiples ritmos. También por la variedad de temas, como el amor, el desamor, la justicia social; la utilización de múltiples recursos poéticos y la ironía que se encierra entre sus versos. Es, pues, un poeta raro, que cae en el delito, tras asociarse con algunos de sus amigos, de escribir una buena poesía. Todo lo demás, ¡es chochada!





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