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Jueves 26 de Abril de 2001 | Managua, Nicaragua
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Causas reales y virtuales

Sergio Ramírez

Primer día en Berlín. El periodista Karl Boehme, del Tagesspiegel, me pregunta en una entrevista ACERCA de los reclamos que siguen cayendo sobre la cabeza del actual Ministro del Exterior de Alemania, Oskar Fischer, para que pida públicamente perdón por su pasado. En su pasado de estudiante rebelde, Fischer se enfrentó a la policía en las calles, protestando en contra de la OTAN, de la guerra de Vietnam, de la proliferación de armas atómicas, y de otras muchas causas que ocuparon a la juventud en los gloriosos años setenta; y alguien dice que hasta lanzó cocktailes Molotov.

Le he respondido al joven periodista que aquellos mismos fueron mis años juveniles de Berlín, años de lozanas rebeldías cuando enpezaron a llegar a Alemania las oleadas de exiliados tras el golpe de Pinochet en Chile, acogidos con magnanimidad, y protestábamos en las calles, en marchas nutridas por toda la Kurfürstendamm, hasta la Nollendorfplatz, no sólo contra la dictadura chilena, sino también contra los militares griegos retratados en la película Zeta de Costa Gavras, y celebramos también la revolución de los claveles de Portugal. No hay manera de arrepentirse del pasado.

De Berlín yo volví a Nicaragua para entrar como protagonista en una revolución que estaba destinada a sacudir la historia y no volver jamás a repetirla, cambiar la realidad de raíz, y transformarla. Las cosas no sucedieron desgraciadamente así, y aquella empresa de juventud quedó hecha pedazos en el camino. Hoy, sin embargo, si volviera a tener la misma edad de entonces, le he dicho al joven periodista, volvería a hacer exactamente lo mismo, no importa si el demonio del doctor Fausto me mostrara en un espejo en llamas el futuro con todas sus pesadas frustraciones y amargos desencantos. Es en el pasado donde fui feliz cambiando el mundo.

Cada época tienen sus propias virtudes, y hoy, Fischer el rebelde, forma parte de una coalición política entre socialdemócratas y ecologistas (verdes) que gobierna Alemania, y es una pieza clave de esa coalición exitosa que encabeza Gerhard Schröder. Y, por supuesto, quienes le exigen un mea culpa por su pasado, además de buscar cómo avergonzarlo políticamente, solamente quieren que reconozca que las causas por las que entonces luchó, nunca fueron justas, ni valieron la pena. Porque las causas han sido desmanteladas, y cualquier signo de protesta es visto hoy como la flor arcaica de un invernadero en ruinas. Son los tiempos.

En los años sesenta, y en lo setenta del pasado siglo XX, los jóvenes protestaban en las calles por causas que tenían un relieve real, podían tocarse y afectaban las vidas de millones de personas: las dictaduras sanguinarias, la guerra de Vietnam, los derechos civiles de los negros en Estados Unidos, el peligro de la polución nuclear, el arcaico sistema de las universidades. Había un embriagante olor de utopía en el aire.

El profesor Samuel Noumoff de la Universidad de McGill, dice en una entrevista para The Gazette de Montreal, que cada generación tiene un tema que considera su propia marca, y que se vuelve clave para definir la conciencia social de esa generación. Hoy en día, para esta generación, el tema de la globalización se ha convertido en esa marca, como lo prueban las masivas movilizaciones ante la conferencia sobre libre comercio de Seattle, la reunión del Fondo Monetario Internacional en Praga, y ahora la Cumbre de las Américas en Quebec. Pero no hay duda que, a diferencias de los grandes temas del pasado, el de la globalización es demasiado abstracto para conquistar las imaginaciones de manera profunda, como cuando Oskar Fischer marchaba por las calles.

El profesor de ciencia política de la Universidad de Columbia Británica, Philip Resnick, afirma, efectivamente, que el Fondo Monetario Internacional, la Organización Mundial de Comercio, el Banco Mundial, se vuelven blancos demasiado amorfos. Èl mismo estuvo en las calles para protestar contra la guerra de Vietnam, recuerda. Y dice también que entonces no sólo se pretendía detener aquella guerra. También los jóvenes querían cambiar el mundo de la cabeza a los pies, voltear al revés la realidad, y no sólo tratar de evitar, como ahora, que haya un McDonald en cada esquina del universo. Eso, a mí me consta. Cualquiera tiempo pasado, ya se ve, fue mejor.

El paso tendrá que ser de lo virtual, a lo real. Quizás se esté aún en un momento de prueba, y los grandes temas de fondo que acarrea consigo la globalización como fenómeno social, y no sólo cultural, estén apenas despertando en las conciencias de los más jóvenes. No solamente la homogenización de costumbres, la uniformidad de las modas, de los hábitos alimenticios, del paisaje arquitectónico, sino también la destrucción de la capa de ozono, la trata de niños esclavos en la Costa de Marfil porque los precios del cacao andan por el suelo y los chocolates Cadbury se fabrican con materia prima que precisa de una mano de obra cada vez más barata; o la labor en servidumbre de millones de mujeres que fabrican en distintas partes del mundo las prendas de vestir Guess, o Benetton, en verdaderas prisiones colectivas como las que existen en Nicaragua.

Quizás entonces no será sólo el hastío el detonante, sino la injusticia. Y otra vez la palabra causa volverá a tener un sentido ético, y real, lejos de los páramos virtuales en que el mundo se multiplica de manera infinita hoy; y ya no haya entonces quien se atreva a decir que es necesario pedir perdón por haber querido alguna vez que el mundo fuera diferente.

Berlín, abril 2001.

www.sergioramirez.org.ni





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