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El Nuevo Diario
Miércoles 31 de Mayo de 2000 | Managua, Nicaragua
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Fundamentos de la Democracia
(Dedicado al Dr. José Antonio Alvarado; víctima del Absolutismo.

Jaime Pérez Alonso
Managua

Es verdaderamente lamentable que para que el ciudadano pueda ejercer libremente el derecho cívico a expresar su opinión política se requiere que antes tenga garantizada su independencia económica. Es así como se encuentran estrechamente relacionados los conceptos de democracia y de trabajo. En consecuencia, civismo y pan son algo así como sinónimos en política.

De lo anterior se desprende que todos los que trabajan para un gobierno —a menos que el voto sea secreto en las elecciones—se sientan obligados a votar por el candidato oficial so pena de perder sus puestos de trabajo.

En lo que al pueblo en general se refiere, y considerando en primera instancia las necesidades primarias de éste, la democracia puede únicamente demostrar su autenticidad cuando su expresión inmediata tenga un carácter comestible. Porque un pedazo de pan tiene más fuerza que diez discursos. Desgraciadamente el problema del desempleo es el reto más grande que tienen que enfrentar los gobiernos empeñados en adoptar la fórmula democrática. Lo cual implica un cruel contrasentido ya que esto requiere, a su vez, de cierto grado mínimo de cultura o de instrucción popular que permita a las masas interpretar y entender la esencia del sistema de gobierno representativo.

Y es que cualquier muestreo poblacional puede poner de manifiesto que el hombre común y corriente ve al gobierno como una institución que está en la obligación de darle algo por nada, de satisfacer en todo o en parte sus necesidades básicas por el mero hecho de ser ciudadano. Ahora bien, si este ciudadano contara por lo menos con una educación primaria podría comprender que, de acuerdo con las reglas económicas de la sociedad, nada es gratis para nadie. El tendría que retribuir mediante el cumplimiento múltiple de sus deberes como ciudadano productivo, padre, esposo, etc. Es entonces, y solamente entonces que él estaría en capacidad moral de exigir el cumplimiento de sus derechos. De ahí que al estudiante deberá de enseñársele reiteradamente que a cada derecho corresponde un deber, lo cual constituye la esencia cívica de la democracia.

En nuestro país la Cruzada de Alfabetización (apartando el indoctrinamiento político que implicó) enseñó a un alto porcentaje del pueblo a leer aunque lamentablemente para la cultura este importante logro no pudo ser reforzado debido a la imposibilidad económica de que el alfabetizado pudiera mantener un ritmo constante de lectura capaz de permitirle afianzar de manera permanente su valioso conocimiento. Sin esta facilidad lo aprendido se olvida rápidamente.

Recordemos que a las comunidades campesinas difícilmente llegan los diarios. Y mucho me temo de que esta triste realidad estamos volviendo a nuestra etapa original de analfabetismo. Y a esto deberíamos agregar (volviendo a la interpretación de la doctrina) que, como afirma el escritor político norteamericano Jacques Barzun: «La Democracia es una cultura, es decir, el cultivo deliberado de una pasión intelectual en gente con inteligencia y sentimientos». Lo cual confirma mi idea de que nuestros pueblos, dado su alto grado de falta de educación, no están preparados aún para la democracia.

Y para sustentar nuestra tesis habremos de referirnos brevemente a la experiencia histórica original de Latinoamérica, desgraciado continente cuyos países, con pequeños variantes de grado, obedecen a la misma realidad social. Movidos por las mezquinas ambiciones personales de sus líderes políticos la independencia de España fue declarada extemporalmente, es decir, sin estar sus pueblos preparados cívicamente aún para asumir las serias responsabilidades que la vida republicana exigía. El mismo Bolívar, en su desmesurado idealismo, no pudo ni supo calcular la magnitud del reto que estaba asumiendo.

Fue así como nuestros pueblos, en completa ignorancia de las reglas que sustentaban la filosofía política, alteraron el proceso natural de desarrollo de las colectividades saltándose etapas que transformaron la independencia en una aventura romántica. Etapas cuya infracción por desconocimiento habrían a la larga de afectar el equilibrio natural de desarrollo e integración política y social. De ahí la profusión luego de dictadores, arribistas políticos y soldados de fortuna quienes, a la mejor manera de Pancho Villa, han salpicado de vergüenza las páginas de nuestra palúdica historia. ¡Y lo peor es que todo lo han hecho a nombre de la libertad!

Repitiendo. ¿Qué es lo que entonces dejamos de hacer a lo largo del proceso histórico? y ¿qué nos indujo a ello? Pues que, impulsivamente, y actuando bajo la influencia de las nuevas corrientes libertarias europeas, el criollo optó, inmaduramente, por una independencia «por decreto» sin haber aún alcanzado el criterio político necesario para ejercer la práctica del sistema republicano.

En verdad que Latinoamérica, con sus exiliados criollos amantes de las rebeldías montoneras, necesitaba aún de, por lo menos, 50 años más de educación civilista europea, preferiblemente, esta vez, bajo la conducción un tanto más ilustrada de Inglaterra y Holanda, países que forjaron las bases de la democracia representativa moderna. Porque hoy nuestra realidad irreversible es una lógica consecuencia de esa lamentable laguna histórica en nuestra evolución política.



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