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El Nuevo Diario
Miércoles 15 de Marzo de 2000 | Managua, Nicaragua
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"...pero es NUESTRO hijo de puta"

Reinaldo Antonio Téfel

Cuando el gran Roosevelt, no Teodoro el del «big stic», el del gran garrote de la política imperialista, sino Delano, el «Buen Vecino», probablemente el más grande presidente democrático y reformador de los Estados Unidos, recibió con mucha pompa al primer dictador Somoza, al que le decían General, Tacho para sus amigos, unos periodistas le reclamaron porque recibía así a un hijo de puta. El presidente Roosevelt aprovechó la respuesta para definir la política internacional bipartista estadounidense: «sí, es un hijo de puta, pero es NUESTRO hijo de puta». Definición precisa y cínica que constituye una constante del comportamiento del gobierno de los Estados Unidos frente a Latinoamérica y otras regiones del mundo.

Esa política se ha venido practicando con gran religiosidad con los Somoza, los Trujillo de República Dominicana, los Carías de Honduras, los Ubico de Guatemala, los Martínez de El Salvador, y con otros tiranos pro-yanke de diferentes partes del mundo, culminando, pero sin detenerse en él, con Pinochet. A este último «hijo de puta» no sólo lo apoyaron en su administración antiderechos humanos, sino que también dieron el golpe militarista y dictatorial junto con él y su ejército fascita.

Recientemente el señor Embajador de los Estados Unidos, con la circunspección que le caracteriza, declaró a los medios que su gobierno iba a suplir y acrecentar la ayuda financiera que los países nórdicos le habían suspendido al circo político que lleva por nombre, ironía no del destino, sino del pacto, «contraloría de la república». La historia se vuelve a repetir, ahora con la segunda dictadura somocista. No me extrañaría que cuando el Embajador daba su declaración bendiciendo el pacto, recordara las atildadas palabras del gran Roosevelt: «... pero es NUESTRO hijo de puta».

Nota: pareciera que hay una contradicción entre la apropiada defensa que hace el Embajador del magnífico papel de los ONG en el desarrollo del país y de la estupenda función democratizadora de los periodistas independientes, con la decisión de su gobierno de suplir la honrosa y oportunísima decisión de los países nórdicos, destacados entre los más democráticos y progresistas del globo terrestre.





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