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Sábado 24 de Junio de 2000 | Managua, Nicaragua
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Desastres naturales de Nicaragua

Darwin Juárez

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Tal como lo prometí a sus autores, bajo la coordinación editorial de Jaime Wheelock Román, aquí estamos diseccionando el libro «Desastres Naturales de Nicaragua. Guía para Prevenirlos», publicado bajo los auspicios de Diakonia de Suecia, y del Instituto para el Desarrollo y la Democracia, IPADE. Por cierto no ha sido una tarea fácil —dado su equilibrado paralelogramo de fuerzas entre lo didáctico, lo técnico y lo cotidiano de su prosa— digerir y procesar todo el rico contenido científico, histórico, cultural, social, económico y ambiental que conforman las 278 páginas de los seis capítulos y numerosas láminas, gráficos, fotografías (muchas de ellas inéditas), esquemas, dibujos y demás ilustraciones que le dan cuerpo a una obra pionera, en un escenario en donde la literatura científica vinculada a lo cotidiano es casi lo mismo que toparse con la suerte de hallar una aguja en un pajar.

En una nota reciente publicada en END, en la cual se anunciaba el arribo de la nueva publicación (a ser distribuida por Hispamer), comentaba que el Comandante Wheelock de los años 80, hoy posicionado de su nuevo rol como profesional que quiere aportar al desarrollo del país desde la llanura de la sociedad civil, después de concluir su doctorado sobre políticas públicas en Harvard, ha decidido desenbuzonar la pluma y hacerse de nuevos socios para asumir una nueva y escabrosa empresa en la que nadie quisiera verse envuelto y pocos quieren participar como socios. La prevención, la mitigación, el doloroso y amargo historial de los desastres naturales en Nicaragua, país al cual él mismo prefiere citar con las palabras del geólogo Alfred Rittmann como «el país más explosivo del mundo».

En esta empresa le acompañan el reconocido geógrafo y naturalista nicaragüense, doctor Jaime Incer Barquero; el ingeniero civil y fundador del Instituto Nicaragüense de Estudios Territoriales, Alejandro Rodríguez; y el inquieto ecólogo Lorenzo Cardenal, mismo que ha venido navegando desde las encrespadas aguas de Green Peace y su invicto Rainbow Warrior (el mismo que atracó en San Juan del Sur en mayo de 1997), hasta alcanzar la reposada ensenada del PNUD en Managua, siempre ocupándose de la ecología humana como un leit motiv insustituible.

Sin andarse con rodeos, ya desde su primera página Jaime Wheelock nos recuerda que de los 28 desastres naturales acaecidos en América Latina entre 1972 y 1998, la cuarta parte de ellos (ocho) tuvieron lugar en Nicaragua. En esa trágica contabilidad figura el terremoto que destruyó Managua en 1972, el cual forma parte de los cuatro eventos destructivos de naturaleza telúrica que estremecieron América Latina entre 1970 y 1990, con sus diez mil víctimas mortales y 400 mil damnificados, cuando la Capital contaba con apenas 300 mil habitantes, en comparación con los más de un millón doscientos mil que tiene en la actualidad.

A lo largo de la obra, Wheelock y el colectivo de autores fundamentan desde distintos ángulos, históricos, sociológicos, antropológicos, científico-técnicos, culturales y socioeconómicos, sobre la convicción generalizada que se ha venido desarrollando entre los diversos expertos alrededor «de que no hay desastres naturales», en tanto «La voluntad humana puede amortiguar los efectos dañinos del evento natural si decidimos dejar de hacer cosas que incrementan la vulnerabilidad y hacer otras que la reducen», aspecto este último que les habría motivado a escribir el libro.

Tanto desde la perspectiva humana como estrictamente económica, Wheelock es del criterio de que «La prevención de los desastres es un problema nacional de primer orden», para lo cual fundamenta con datos que, aun puestos en frío, bastan para erizarle los pelos a los economistas y a los científicos sociales que no han visto o no han querido examinar voluntaria o involuntariamente, los parámetros de amenazas, riesgos y vulnerabilidad de la población y de la economía nicaragüense cada vez que acontece un fenómeno natural de gran envergadura.

Según se menciona tomando como fuente a la CEPAL, como resultado de los desastres en los últimos 26 años, Nicaragua ha experimentado pérdidas por el orden de los seis mil 200 millones de dólares. Es decir, pérdidas anuales de 238 millones de dólares, equivalentes a la mitad de las exportaciones totales anuales del país. En otras palabras, ¡todos los años perdemos la mitad de lo que producimos a causa de los desastres!

Aparte de las razones que devienen estrictamente de la naturaleza del suelo que pisamos, como nos recuerda Jaime Incer («Nicaragua es un país joven, con una memoria histórica muy corta»), resultado de millones de años de cataclismos volcánicos y telúricos, y del furioso e ininterrumpido paso de huracanes y tormentas tropicales, hay otros elementos inherentes a la naturaleza humana que nos vuelven particularmente vulnerables a los embates de la naturaleza: nuestra condición de país pobre. Como una maldición, los desastres naturales aparecen estadísticamente ensañados con los países pobres y a lo interno de éstos, con los sectores más pobres. El 90 por ciento de los desastres naturales y el 95 por ciento de las víctimas fatales que éstos provocan, tienen por escenario los países en desarrollo.

Para una mejor aproximación al tema, en especial a la interacción hombre-naturleza de la cual resultan los desastres naturales, Jaime Incer nos remonta a los primigenios tiempos de la Pangea (hace 250 millones de años), el continente planetario del cual se fragmentaron y separaron las diversas masas continentales que a la fecha continúan a la deriva sobre el manto fundido del interior de la Tierra. Tras explicarnos cómo del choque entre el bloque asiático y la India emergieron del fondo oceánico los montes Himalaya —los más altos del mundo— y de cómo se conformó el territorio centroamericano a lo largo de los últimos 80 millones de años, Incer nos recuerda que estas poderosas fuerzas tectónicas siguen activas, produciendo un empuje de seis centímetros anuales. Desde del Océano Pacífico, a cinco mil metros de profundidad, la Placa Coco se sumerge y empuja a la Placa Caribe, constituyendo una fuente de constantes sismos y terremotos, que eventualmente también alimenta la actividad volcánica de la región.

Según Incer, la Smithsonian Institution, al establecer su «Catálogo de Volcanes del Mundo», afirma que Nicaragua tendría 15 volcanes activos, pero se quedó corta, por cuanto si se incluyen estructuras volcánicas como el Casita, Santa Clara, Asososca, Motastepe, Moyotepe, Coyotepe, Monte Galán y Posintepe, «duplican el número de los catalogados por la Smithsonian y hacen de los volcanes nicaragüenses el grupo más activo (posiblemente también el más joven), en relación con el resto de los volcanes ístmicos. «Es aquí, sostiene Incer, donde el geólogo Alfred Rittman, al estudiar el llamado «Indice de Explosividad» entre los volcanes del mundo, llegó a considerar a Nicaragua «como el país más explosivo del mundo». Esta explosividad volcánica moldeó el territorio nacional. Lugares que hoy aparecen como apacibles valles, fueron durante el Terciario inmensas calderas de volcanes activos, entre las cuales figuran Pantasma, Santa Lucía, Cumaica, La Rejoya y Amerrique, para citar algunas. Los así llamados «paleoarcos volcánicos», son revelados por las imágenes de satélite, como abiertos en abanico hacia el norte, y confluyendo hacia el sur en el río San Juan.

En un extenso y pormenorizado análisis, Incer describe cómo, a través de «varios procesos geodinámicos» llegaron a conformarse lo que hoy se identifican como las tres macroregiones ecológicas de Nicaragua: la llanura del Pacífico; la región montañosa norcentral y la llanura aluvial del Caribe. Pero además, nos explica cómo y porqué se producen los sismos y terremotos. Las imágenes de satélites e ilustraciones digitalizadas igualmente abundan en detalles para los acuciosos que quisieran saber por ejemplo, sobre las principales estructuras tectónicas de Managua y ver nítidamente retratada desde el espacio la inmensa Caldera Masaya., extendiéndose hasta Las Nubes, El Crucero.

Asociados a los volcanes y a las elevaciones montañosas, aparecen otro tipo de fenómenos naturales que pueden devenir en desastres: las avalanchas y los aluviones. El primero de este tipo de desastres registrado en tiempos históricos está fechado en 1570, en la ladera sur del volcán Mombacho. Este fenómeno sepultó al poblado indígena del mismo nombre, tragándose a sus 400 habitantes. El más reciente fue el deslave del volcán Casita, el cual sepultó «a unas 2,500 personas que habitaban en el área», la tarde del 30 de octubre de 1998. Incluso, las célebres huellas de Acahualinca, moldeadas en el lodo volcánico hace unos 7,000 años, luego fueron cubiertas por sucesivas corrientes aluviales sobre el valle de Managua.

Del solo hecho de la ubicación astronómica de Nicaragua, tomando como referencia Managua, localizada en los 12 grados de latitud norte, «a medio camino entre el Ecuador y el Trópico de Cáncer», determinan que el calor solar cargue y sature de humedad la atmósfera en estas latitudes. No obstante, la conformación de las tres macroregiones antes referidas, determinan una distribución desigual del régimen de lluvias en el territorio nacional, determinado principalmente por los vientos cargados de humedad provenientes del mar Caribe, cuyo paso se ve obstaculizado por la región montañosa central, descargando así la mayor parte de su contenido de humedad en la llanura caribeña. Nicaragua se encuentra ubicada en una de las regiones y corredores ciclogenéticos —o formadoras de tormentas y huracanes— más activos del mundo.

El reciente paso del huracán Mitch, nos recuerda Incer, «más que ningún otro fenómeno climático en la historia, puso en evidencia la vulnerabilidad y riesgo en los que se encuentran extensas áreas de Nicaragua.»

Dejando de lado los aspectos estrictamente relacionados con los desastres, una situación curiosa se da con la influencia climática determinada por el río San Juan. Según Incer, «Este valle encajona masas húmedas caribeñas hacia el lago de Nicaragua, que a su vez las refuerza y descarga sobre las bajuras de Rivas y Guanacaste, tal como se puede observar en la húmeda localidad fronteriza de Peñas Blancas».

Por si los riesgos que representa nuestra explosiva, trémula, accidentada y tormentosa naturaleza no fueran suficientes, Lorenzo Cardenal completa el escenario con la actividad humana que coadyuva a incrementar las amenazas, al hacer el señalamiento crítico de una civilización que «empuja a una parte importante de sus integrantes a sufrir condiciones de vulnerabilidad creciente frente a las catástrofes naturales y artificiales, profundizando la desigualdad entre las personas y cerrando opciones para que todos puedan disfrutar un desarrollo humano sostenible.»

Pasando por el cambio climático global y el «aporte» de los nicaragüenses y sus efectos sobre la economía y la salud, Lorenzo también examina los abusos ambientales cometidos con las tierras y la gente en Nicaragua. Pone de manifiesto el pavoroso hecho de que la leche materna supera hasta en 50 veces los límites máximos permitidos de DDT y Toxafeno por las normas de la FAO-OMS. Y al incursionar en la historia, nos recuerda que los humanos —los conquistadores españoles para ser más precisos— han sido los responsables de que Nicaragua experimentase en épocas pasadas drásticos crecimientos negativos en su población. «El primer impacto catastrófico de la conquista —señala Lorenzo— fue la casi total exterminación de la población indígena debido a la esclavitud, las enfermedades y la venta de esclavos... en menos de medio siglo (entre 1500 y 1540) desapareció el 96% de la población indígena (de un estimado de 700,000 habitantes a la llegada de los conquistadores, a menos de 20,000 a mediados del siglo XVI).» Y luego agrega: «Es hasta en los años 30 de este siglo XX que Nicaragua recupera su población histórica del siglo XVI: unos 700 a 800 mil habitantes.»

Tras señalar de manera detallada lo que se denomina las áreas críticas de vulnerabilidad debido a la actividad humana en Nicaragua, registradas en cada lugar de la geografía nacional, se identifica en la pobreza, con todas sus secuelas que van desde la ubicación en los lugares de mayor riesgo, pasando por la inseguridad alimentaria y la construcción de viviendas que no protegen por lo endeble e inadecuado de sus materiales de construcción, sin apego a ninguna norma de construcción, la principal causa de vulnerabilidad de la población, por lo cual se concluye «que una estrategia de mitigación de vulnerabilidad, es fundamentalmente, una estrategia de reducción y erradicación de la pobreza, que permita sentar las bases de un desarrollo humano más digno y sostenible.»

En el capítulo «Los desastres que han ocurrido», Jaime Wheelock, fundamenta con todos los registros históricos disponibles desde los primeros años de la conquista hasta la fecha, cómo Nicaragua ha experimentado en algún momento casi toda la variedad de eventos naturales catastróficos conocidos. No obstante, también nos recuerda que si bien nuestros antepasados indígenas resultaron atraídos por la feracidad de las tierras volcánicas del Pacífico y lo benigno de su clima, también fueron prudentes a la hora de establecer sus poblados. «...salvo algunas excepciones, los asentamientos más densamente poblados, se ubicaron a distancia prudente de los conos volcánicos más activos», señala, y agrega que «los pueblos aborígenes adoptaron la madera, paja y palma para levantar horcones, paredes y techos, materiales más apropiados para amortiguar los daños ocasionados por los frecuentes movimientos sísmicos.» Algo que no se observa entre nuestros pobladores actuales.

Una pormenorizada y desenvuelta crónica sobre los desastres naturales de diversa índole que se han cernido sobre la Nicaragua de los tiempos históricos, es rematada con un no menos acucioso resumen cronológico de acontecimientos. Esta rica crónica recoge desde la primera erupción reportada por los españoles, la actividad del Masaya en 1520, pasa por el primer terremoto reportado en Nicaragua, en el año 1528 —León, relatado por Oviedo—; el primer evento climático reportado fue el huracán que asoló el puerto de la Posesión el 21 de febrero de 1646; y el primer deslizamiento de tierra, producido en la falda occidental del volcán Mombacho en 1570. No faltan aquí los eventos extremos: 25 sucesos en tiempos históricos, contados desde 1520, de los cuales 11 fueron terremotos, 9 desastres climáticos, un tsunami y 4 debidos a actividades volcánicas. De entre estos, se categoriza a siete como los peores, entre los cuales figuran la actividad sísmica y eruptiva que obligó a la evacuación de León entre 1609 y 1610; el terremoto de 1663 que levantó los raudales del río San Juan y aisló a Nicaragua del comercio con el Caribe y España; la gigantesca y explosiva erupción del Cosigüina del 23 de enero de 1835 —escuchada a 450 kilómetros a la redonda—, cuyos materiales volcánicos alcanzaron a todas las poblaciones del país; pasando por los dos terremotos que destruyeron Managua en el siglo XX, hasta concluir con el huracán Mitch en octubre de 1998. Aquí aparece resumida la historia de los terremotos; de los huracanes y tormentas tropicales; de las erupciones volcánicas; de los deslizamientos de tierra y los tsunami; ilustrados con dramáticas fotografías, mapas, gráficos, grabados, imágenes de radar y de satélites de las épocas más recientes. Además, como en el caso de los eventos climáticos, sobre la base de los registros estadísticos, se ofrece información sobre sus posibles períodos de recurrencia para los diversos puntos de la geografía nacional.

Completan el libro los capítulos referidos a la «Vulnerabilidad de Nicaragua», a cargo de Alejandro Rodríguez, y «La familia enfrentando las amenazas», por Jaime Wheelock y otros autores. Estos dos capítulos constituyen por cierto, la llave para comprender mejor los componentes científico-técnicos del libro, al constituir un magnífico esfuerzo didáctico para explicar de manera sencilla o mejor dicho, para «traducir» el lenguaje técnico a una versión comprensible para todo público. Quizás lo más relevante es que el final de este libro no se queda en la exposición de un problema, sino que su último capítulo es realmente una suerte de manual sobre lo que puede y debe hacer cada ciudadano, cada familia, cada comunidad ante la eventualidad de un fenómeno natural de diversa índole que puede convertirse en catastrófico. Y lo primero que hace es explicar sobre la naturaleza y el comportamiento del fenómeno y sobre el qué hacer en cada momento; antes, durante y después de acaecido el mismo, apostando a la prevención para reducir al máximo los eventuales impactos catastróficos.

En este contexto, como refiere Wheelock, «Mejorar la situación económica de los sectores más pobres es ayudar a reducir directamente su vulnerabilidad. Es a fin de cuentas más barato gastar poco para prevenir que gastar mucho para reconstruir. Hasta hoy en realidad la reconstrucción ha sido sin desarrollo. Nos limitamos a reponer lo dañado y en el mismo lugar, para que otro sismo, huracán o inundación lo destroce nuevamente.»

Si nos atenemos a los registros de los viejos catálogos de la corona española consultados por Wheelock —aunque incompletos, confiesa— desde 1500 hasta 1999, nos encontramos con que en Nicaragua «el número total de eventos que ocasionaron daños personales y materiales fue mayor de 500». Cifra que, agrega el editor de Desastres Naturales en Nicaragua. Guía para Prevenirlos, «representa una tasa de ocurrencia de por lo menos 100 eventos dañinos por siglo, uno cada año», o lo que es lo mismo, cuando menos habrá una fracción de desastre adicional asolando al país anualmente. Algo que ningún economista, planificador y tomador de decisiones jamás debería pasar por alto.

De todo lo anterior se concluye que Desastres Naturales en Nicaragua. Guía para Prevenirlos, es una campanada de alerta; un necesario alto en el camino; un instrumento de trabajo para técnicos y tomadores de decisiones; un documento —de lo más completo y fundamentado— infaltable en las bibliotecas públicas, de las universidades, colegios y centros de investigación; y, por supuesto, infaltable en las bibliotecas personales y centros de documentación de quienes en este país cotidianamente tienen que laborar en los ámbitos sociológicos, económicos, culturales, étnicos, sociales, de la ecología y del medio ambiente; en la agenda de quienes se ocupan del desarrollo comunnitario y de la educación. Tal es el campo de acción de este libro, con un área tan vasta, como la cataclísmica erupción del Cosigüina o la diluviana envergadura del Mitch.

Sus autores merecen un justo reconocimiento por su aporte a un elemento tan imprescindible a ser incorporado en la gestión pública, como es la hasta ahora imcomprendida importancia de los desastres naturales en la agenda nacional.

Managua, 10 de junio del 2000.



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