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Sábado 10 de Junio de 2000 | Managua, Nicaragua
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El testimonio de Cintio Vitier

Por Ernesto Cardenal

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(Ponencia presentada en Cuba con motivo del homenaje al escritor católico Cintio Vitier, a quien fue dedicada la Feria Internacional del Libro de La Habana).

Cuando yo vine la primera vez a Cuba aún no había teología de la liberación, pero fue Cintio, como ya he dicho, quien me abrió los ojos a la revolución cubana. Cómo no iba a entenderla con lo que Cintio me decía. Por ejemplo una vez, yendo en un bus, vimos desde lejos esta fortaleza de La Cabaña, y él me dijo: “Allí murieron muchos jóvenes idealistas en el paredón. Morían gritando ¡VIVA CRISTO REY! Creían que morían por Cristo y no sabían que estaban siendo utilizados por agentes de la CIA y batistianos. Eso es la más triste”.

Hablándome de cómo era que había descontentos en Cuba, Cintio me dijo: “La gente suele olvidar el pasado fácilmente. Hay gente descontenta. Gente del pueblo descontenta, porque no se acuerdan del pasado que fue duro”. (Lo cual nosotros también íbamos a experimentar en nuestra revolución nicaragüense).

Cintio estaba siendo Jurado del premio de Casa de las Américas igual que yo, y por tanto mucha parte del tiempo anduvimos juntos recorriendo Cuba en compañía de los demás Jurados. Recuerdo que una vez yendo en otro bus en el campo, me mostró una extensión de miles y miles de cítricos, y me habló de la reforestación masiva que estaba habiendo en todo Cuba. Y otra vez me habló de la campaña con que se erradicó la maleza en todo Cuba. Y otra vez cómo se había erradicado el polio, los parásitos intestinales, el paludismo y el tétano. “Y esto no es propaganda, esto es verdad”, me dijo. (También nuestra revolución más tarde erradicaría el polio y otras enfermedades endémicas, y eso al igual que en Cuba, no fue propaganda).

Y otra lección que Cintio me dio de la revolución: “Una de las cosas más bellas de esta revolución es que todos comemos lo mismo. El hombre de aquel bohío (me lo señala) como exactamente lo mismo que yo en La Habana. Los dos tenemos la misma libreta de racionamiento. Tal vez come un poco mejor que yo porque él puede tener sus gallinas y sus huevos”.

Me contó que él había rechazado el dinero que una editorial alemana le había querido pagar por derechos de autor. Lezama también había rechazado dinero de Francia, México y otros países. “Y está bien que sea así -me dice-. En una sociedad socialista la propiedad literaria no puede ser privada”.

Un tema peliagudo para las revoluciones es el de la libertad de prensa. Para mí las palabras de Cintio fueron muy esclarecedoras: “Todavía no se ha descubierto la manera de tener libertad de prensa en un régimen socialista. Es un problema porque si los periódicos son oficiales -y no pueden dejar de ser oficiales- no pueden hacer una verdadera crítica; la crítica sería oficial. Yo creo que el periodismo, tal como se conoce en los países capitalistas, tiene que acabar. Tal vez lo que va a haber es unos boletines de noticias, meramente informativos. La orientación y la crítica quedará para las revistas, sobre todo las revistas especializadas”.

En otra ocasión me dijo que Fidel era el jefe de la oposición en Cuba. Y por otra parte supe que un periodista italiano había coincidido con él diciendo: “Aquí Fidel es el jefe del poder y también de la oposición”. Y una vez que desde la Biblioteca Nacional donde trabajaban Cintio y Fina, mirábamos el monumento a Martí y el sitio donde iba a hablar Fidel el 26 de julio, me dijo Cintio: “Fidel tiene muchas cosas en común con Martí. Martí se desbordaba escribiendo, como Fidel se desborda hablando. Martí decía que era un mal suyo hacer artículos de periódico como si fueran libros. Escribía hasta que se le hinchaba la mano. Fidel habla hasta que se le enronquece la voz. Tanto Martí como Fidel son hombres a los que casi no se les conoce la vida privada. Son hombres de una causa. No es por nada que Fidel ha dicho que Martí es el autor de esta revolución. La gloria de los dos es distinta; a Fidel le tocó la del triunfo, a Martí la del martirio”.

Hablándome de Martí, me decía Cintio que presintió algo de esto de ahora; que el hombre estaba pasando de lo individual a lo colectivo. La especie suprema de hombre, según él, son los que se sacrifican por los demás. Amó locamente a Cuba (y a Cintio se le estremece la voz); la obsesión fue su isla. “Mis cubanos” decía. Otra pasión de su vida fueron los pobres. “Para esos trabajo yo”, decía. Hablaba de “abrazar como un haz los pobres”. Era religioso, pero muy anticlerical. Entendió profundamente el misterio de la cruz. Decía: “Hay que aprender a morir en la cruz todos los días”. Los títulos que le dieron, y todavía le dan, aún ahora, son religiosos: el Apóstol, el Maestro. Era un varón evangélico, y su mayor tragedia fue tener que desatar una guerra: pero predicaba que debía ser sin odio. La guerra era también para liberar a los enemigos. Cuba era para él la isla sacra de la Libertad. Y fue el iniciador de esta revolución según Fidel.

Yendo en un bus me hablaban del tradicional lechón asado, y le pregunté a Cintio si habría lechón, en la cena del 26 de julio que es la cena de Navidad; y me dijo: “Si hay para todos los cubanos, lo darán. Si no hay para todos, no. Aquí cuando algo no alcanza para todos, no hay para nadie”.

Otra de las lecciones que Cintio me dio sobre esta revolución fue lo que me contó del portero negro de la Biblioteca Nacional, de setenta y tantos años, que ha ido a cortar todas las zafras, y él le preguntó por qué lo hacía, a su edad, y le contestó: “El problema es que yo tengo becados a mis dos hijos, y lo menos que yo puedo hacer es esto”.

A mí me tocó salir de Cuba, en aquella primera visita, en la madrugada del 27 de julio, al día siguiente del famoso discurso de Fidel cuando el fracaso de la zafra de los 10 millones. Cintio y Fina me llegaron a despedir al aeropuerto, y como el avión se retrasó varias horas, tuvimos oportunidad de continuar hablando de la revolución.

Cintio recordó la entrada de los barbudos a La Habana: “Había un gran contraste entre la ciudad con sus rascacielos, sus hoteles de lujo y todo su esplendor capitalista, y el traje harapiento de sus nuevos dueños. Porque figúrate, vinieron en jirones, sucísimos, con el pelo larguísimo. Fue una sorpresa, la gente no sabía que los guerrilleros andaban así –hasta entonces nunca los habían visto– y nadie esperaba que iban a entrar en esa facha.” Y dice Fina: “Yo recuerdo, durante el desfile, un entrevistador de la televisión, muy pulcro, muy empolvado, rosado como un cerdito, entrevistando con el servilismo hacia los poderosos al que estaba acostumbrado, a los nuevos señores de la ciudad: malolientes, barbudos y desgreñados. Y era muy divertido verlo a él tan elegante, yo recuerdo que estaba muy empolvado, inclinándose ante sus nuevos amos, vestidos peor que mendigos. El contraste era hasta en el lenguaje. El entrevistador con el lenguaje aquel de la televisión comercial:

Y ahora ante ustedes respetables televidentes. Y el entrevistado era un campesino, y hablaba con una gran dulzura cómo había tumbado una avioneta con su carabina, y describía los movimientos de la avioneta, sin decir su nombre, sólo decía ella; ella subía y bajaba y daba una vuelta... Y lo decía con una suavidad campesina como si estuviera describiendo el vuelo de una mariposa.”

Y Cintio: “Y después fue la entrada de Fidel a La Habana: una cosa apoteósica. Porque Fidel entró después, venía recorriendo triunfalmente todos los pueblos, y se demoró mucho antes de entrar a La Habana. Y cuando vino ocupó el hotel Habana Libre que entonces era el Habana Hilton y lo convirtió en su campamento. Todo el hotel ocupado por él y sus guerrilleros. Era un espectáculo maravilloso, y me iba todas las tardes a pararme delante del hotel, por el gusto que me daba ver a los barbudos en lugar de los gringos ricos. Esos fueron los días más bellos de nuestra vida, para todos los que vivimos eso.”

Fina: “Y esos días fueron como el Juicio Final porque a cada uno se le daba lo suyo: a unos castigos, y a otros premios. Y todo lo que había estado oculto salía a luz. Lo bueno y lo malo. Y se hacía público todo lo que se había sufrido por la Revolución: la muerte de un hijo, las prisiones, las torturas. Y uno quería haber sufrido algo entonces; pero uno no había sufrido nada –Fina se queja con voz dulce–: no tenía ningún mérito.”

Cintio recuerda el primer discurso de Fidel en La Habana. Fue el 8 de enero en Campo Columbia. “Y fue curioso que a Fidel las aclamaciones de la multitud le hubieran traído a la mente el día de su muerte. Dijo él: En nuestras vidas jamás volveremos a presenciar un espectáculo semejante. Excepto en otra ocasión el día en que muramos, puesto que jamás defraudaremos al pueblo.”

Y Fina cuenta que una paloma revoloteaba sobre la cabeza de Fidel, y ellos la vieron como que fuera el Espíritu Santo. Les parecía incluso como que el Padre también se hacía presente en ese momento para decir: “Este es mi hijo muy amado”... Cintio agrega sonriendo que cuando Fidel se declaró comunista muchos católicos ya no creyeron que tuviera el Espíritu Santo. Fidel en sus discursos fue fuerte con los obispos. Una vez dijo una frase que sonó dura: “Que me excomulguen si quieren.” Después se vio que Fidel tenía una idea más clara del auténtico cristianismo que la que tenían los obispos. Dijo que el clero de Cuba, aliado con los ricos, había prostituido la esencia del cristianismo primitivo. Lo cual era cierto. Y que el cristianismo había podido existir en la Roma Imperial, en el feudalismo, en las monarquías absolutas, en el capitalismo burgués, y por qué ahora no iba a poder vivir en un régimen que tenía muchísima más justicia social que los anteriores.

Y Fina dice: “Yo creo que la patrona de Cuba, la Virgen de la Caridad del Cobre, ha tenido que ver en esta Revolución. La Caridad del Cobre ha sido una gran devoción cubana, y eso hizo que los cubanos siempre hubieran practicado mucho la caridad. Ser buena gente ha sido siempre muy importante para los cubanos; aquí siempre se ha hablado mucho de ser buena gente –quiere decir ser bueno con los demás. Y la Revolución nos ha hecho a todos buena gente. Yo creo que esta Revolución, atea y marxista-leninista como es, nos vino del cielo; y es un regalo de la Caridad del Cobre: ella es la patrona de la Revolución cubana, aunque no se sabe.”

Y Cintio: “El cubano nunca ha tenido mucha fe religiosa. Más que la fe y la esperanza, los cubanos lo que han tenido siempre es la caridad. Caridad, eso fue Martí: un encendido amor. Y si tú analizas el discurso de Fidel anoche, no encontrarás en él fe religiosa. ¿Recuerdas que mencionó la palabra milagros –pero fue para decir que los milagros los hace el pueblo? Esperanza, había alguna, pero no mucha. Dejó cierta esperanza. Pero sobre todo el discurso estaba lleno de caridad, de un gran amor, ¿no es cierto?”

Yo había ido tomando apuntes de toda esta experiencia de Cuba, con los cuales hice después un libro titulado En Cuba, y todo lo que he contado es de ese libro y por tanto de esos apuntes. No podría haber recordado estos diálogos sin la precisión con que lo he hecho si no fuera porque son recuerdos frescos del momento –aquel momento hace 30 años ya. En ese libro se relata mi conversión a la revolución cubana. Y ese libro yo no lo podría haber hecho sin el testimonio que me dieron Cintio y Fina, que habían tenido ya esa conversión antes que yo, y que me animaron la primera vez a venir. Después he venido muchísimas veces más a Cuba, tantas que no sé cuántas. Hasta el día de hoy, en que, con motivo de este homenaje a Cintio, vengo una vez más, ahora para explicar por qué después de mi primer viaje del 70 yo he seguido viniendo tanto a Cuba.



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