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Sábado 22 de Julio de 2000 | Managua, Nicaragua
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El Soldado Desconocido de Salomón de la Selva: Una experiencia de vanguardia

Por. Alvaro Urtecho

El soldado desconocido, segundo poemario de Salomón de la Selva, publicado en 1922 en México, con cubierta de Diego Rivera, es indiscutiblemente uno de los libros pioneros del movimiento vanguardista en la literatura hispanoamericana, libro que trae consigo una ruptura definitiva con el discurso modernista dominante. Justo es decir, que no ha sido una obra tan reconocida y estudiada como la han sido Trilse, Residencia en la Tierra, o Altazor, debido, entre otras cosas, a la posterior evolución estética e ideológica de Salomón y su instalación en un neoclasicimos conservador y poco acorde con la modernidad que él contribuye a fundar en los años 20. Sin embargo, han aparecido estudiosos como el de Julio Valle Castillo (Salomón de la Selva y la modernidad en Mesoamérica”, Simposium sobre la obra de la Selva, Mayo, 1983, Biblioteca de la UNAN) que ha situado esta obra pionera en su justa dimensión, considerando a su autor como fundador de la modernidad mesoamericana, y el de José Emilio Pacheco (“La otra vanguardia”, Casa de las Américas, Enero-Febrero de 1980, N° 118), que hace hincapié en el concepto de “la otra vanguardia”, es decir, la vanguardia del testimonio y la crítica social que caracterizan, entre otras cosas, al poeta vitalista y revolucionario de El soldado desconocido.

Pocos en Hispanoamérica estaban tan preparados como de la Selva par esta aventura de ruptura con el lenguaje. Conocía tanto el modernismo hispánico como la new americana poetry, por su formación en los Estados Unidos y su relación con los poetas del movimiento imaginista, discípulos de Pound. Prácticamente podríamos decir que, no obstante sentirse auténticamente nicaragüense e hispanoamericano, y vibrar por la causa e identidad de los pueblos y cultura emergentes del continente mestizo, estaba integrado al sistema literario norteamericano, publicaba en las mejores revistas y su primer libro. Tropical town and other poems (1918), fue celebrado como novedoso. Salomón fue humanista, político desafortunado, periodista, maestro, consejero de estadistas, pero fundamentalmente fue un poeta, un poeta que se reveló en toda su plenitud en ese libro-crónica y de testimonios que se llama El soldado desconocido, producto de sus experiencias, visiones y reflexiones en el campo de batalla de la Primera Guerra Mundial, integrado a las filas del Ejército Británico con destino a la antigua Flandes. Los poemas están escritos entre 1918 y 1921, o sea, que no solamente recoge los que escribió en el propio teatro de operaciones militares, y en su posterior estancia en Londres (1911), sino los que escribió a su regreso a Nueva York, con diversos ángulos y matices, dicciones y tonos, pero con un poderoso hilo conductor: la experiencia ante la destrucción de la guerra, el sentimiento de horror y, a la vez, de solidaridad y hermandad, la percepción de lo humano entre la deshumanización representada por la confragración mundial imperialista, en fin, la visión personal de un americano exaltado por el presente aterrador, pero igualmente acosado por la nostalgia de la tierra natal. Visión pródiga de sensualidad y sensorialidad. Visión evidentemente precursora de las que Joaquín Pasos revelará, 26 años después, en su “Canto de guerra de las cosas”.

Pienso que El soldado... no solo es importante dentro de la génesis del movimiento vanguardista hispanoamericano, sino dentro del conjunto de la literatura internacional y cosmopolita de los años 20. Una obra que admite cortejo con la obra de los poetas europeos y norteamericanos que percibieron profundamente las interioridades dramáticas del conflicto y sus consecuencias: los alemanes Georg Trakl, August Strammm, Bertold Brecht, Ernest Stadlegz: los ingleses Wilfred Owen, Siegfried Sassoon y F.S. flint; el yanki Pound, el italiano Ungaretti y los franceses Jules Romains, René Arcos, Charles Vildrac y, por supuesto, Guillaume Apollinaire.

Recordamos, por ejemplo, a Ezra Pound (cercano a nosotros por su fama universal y su influencia en la literatura nicaragüense de vanguardia y neovanguardia), cuando decía en la sección IV de su “Oda para la elección de su sepulcro”:

“Caminaron hundidos

hasta los ojos en el infierno,

creyendo las mentiras de hombres

(viejos,

luego, descreyendo regresaron a casa

para encontrar mentiras,

regresaron a una multiplicidad de

(engaños,

regresaron a encontrar mentiras viejas (y

nueva infamia.

La usura engrosada por la edad,

embusteros en puestos públicos.

Valor como nunca se había visto,

(desperdiciado como

nunca

Sangre joven y fogosa,

mejilla frescas y espléndidos cuerpos.

Fortaleza como nunca se había visto.

Riqueza como nunca se había visto

Desilusiones como nunca se contaron

de los antiguos tiempos,

histeria, confesiones en las trincheras,

carcajadas salidas de estómago

(muertos”.

O al unanimista Jules Romains,

(previniendo a la vieja Europa de la catástrofe que se avecina:

“Europa, No aceptó

que mueras en este delirio.

Europa, grito que estás

en la oreja de tus asesinos”

(“Conjuración”, 1916)

O al también francés y unanimista René Arcos:

"Apretadod unos contra otros

los muertos sin odio y sin bandera

con los cabellos tiesos de sangre

(coagulada

todos los muertos pertenecen al mismo

(bando”.(“Los muertos”)

Recordemos al expresionista Trakl:

“En la puerta del rastro estaba

la multitud de mujeres pobres.

En cada canasta

carne fétida y vísceras sanguinolentas:

mal hayan los precios”. (“El corazón”)

Salomón comparte con estos poetas el sentimiento de la deshumanización y fragmentarización del mundo, es decir, de un mundo que ha perdido, como consecuencia de la irracionalidad, irresponsabilidad y corrupción de los políticos, militares e industriales, su unidad metafísica y sus valores espirituales y éticos establecidos desde hacía siglos en el continente de la triunfal civilización grecolatina y cristiana. Comparte el sentimiento de la destrucción, la alineación y la fealdad característica del mundo industrial masificador y homogeneizante, ese desencanto de la urbe y de lo urbano que ya había percibido hiperestésicamente Baudelaire en sus “flores malignas”.

Comparte también el distanciamiento irónico y la crítica oblicua, el autoanálisis, la decepción, el desengaño, el sarcasmo, pero se diferencia de ellos en su visión esperanzadora, propia del espíritu americano. Su visión del conflicto es amarga, pero sensual, cósmica, eruptiva. Además, no padece de ninguna debilidad chauvinista, justamente por ser americano, y de un pequeño país intervenido por una potencia imperial. En esto se diferencia radicalmente de algunos de los poetas europeos que, sobre todo al comienzo de la guerra, fueron fácil presa del nacionalismo excluyente. Apollinaire, por ejemplo, el gran Apollinaire de los Caligramas y los Poemas para Lou, pese al poeta superior que es, cae y recae continuamente, aunque su interesante fusión de erotismo y símbolos bélicos se parezca a la de Salomón:

“Los obuses maullaban un

(incondicional amor

Un amor que muere es más dulce que

(los otros

Tu aliento nada en el río donde la (sangre

se agota

Los obuses maullaban

Oyes cantar a los nuestros

Amor púrpura saludado por los que van

(a morir”

(“La noche de abril de 1915”)

En este sentido, el libro de Salomón de la Selva no solo es extraordinario por su captación de lo apocalíptico destructor (“¿Para que nos coman las ratas/dejamos los oficios pacíficos:/ para darle Europa a las ratas!”), sino por ir más allá en su visión de la sociedad, y en la crítica mordaza de las bases podridas de esa sociedad y ese sistema. Además, su irónica visión de los vencedores, así como la de los nacionalismos mezquinos, y su crítica del triunfalismo farisaico, lo identificia con la causa del internacionalismo socialista que irrumpe con fuerza en esa época e influye en la experiencia vanguardista:

“No había en cada esquina una taberna?

¿y burdeles de goce mentido y

(metecato?

¿y el odio no habitaba en cada casa?

¿no se vendían el honor y la justicia?

¿los mercaderes no engañaban?

¿y no eran todos mercaderes?

¿no era la vida aquí una pida de perros?

¿no maldecían todos la existencia?

¿Mi vida es para mí: yo no la entrego!

(“Cobardía”)

“¿Ves todas las banderas

que adornan la Avenida?

Las barras y las estrellas formidables,

el tricolor de Francia,

el pabellón de Flandes,

los colores de Italia,

las equis de Inglaterra,

el sol japonés,

la estrella solitaria de Cuba,

el elefante de Siam,

el azul y blanco de mi Nicaragua...

¡tantas y tantas banderas!

¡Son harapos!

Bajo esa capa raída

repara en la carne flaca de los pueblos”.

(“Sobre una fotografía de la Quinta Avenida”)

No exageramos, pues, si decimos que es un libro revolucionario, y lo es, por múltiples razones. En primer lugar, tenemos nada menos que la exaltación de una nueva estética, que se perfila, con especial vitalidad, a través de toda la obra, aunque hayan algunos poemas y cantares que son un tributo a la estética recién pasada y a la nostalgia neopopular o neopopularista. En todo caso, tenemos que precisar que el autor incluyó esos textos, movido por su universalismo polifacético, y por hacer más variado su ya de por sí rico libro.

Hay un poema, perteneciente a la Jornada Tercera, titulado “La lira”, que más que un poema es un verdadero manifiesto, un ars poética en la que está contenido el postulado fundamental de la nueva estética, del nuevo universo verbal: la humanización de la poesía, a través de los elementos concretos y reales, aunque éstos sean duros y terribles como un alambre de púas, una bala o una víscera salpicante. Se trata de superar el concepto tradicional de la poesía, basado exclusivamente en la lengua culta y la palabra consagrada por la academia y las instituciones oficiales. Se trata de desmitificar las palabras ungidas de prestigio, desacralizar los símbolos impuestos por la tradición. El humanista, el neogriego, el amante de las letras clásicas se vuelve nada menos que contra la lira, símbolo clásico de la poesía, símbolo que yace en la abstracción atemporal, extraño al movimiento de la historia y a la evolución del mismo oficio poético:

“La lira es cosa muy barata.

¡Quien no tiene lira!

Yo quiero algo diferente.

Algo hecho de este alambre de púas;

algo que no pueda tocar un cualquiera,

que haga sangrar los dedos,

que dé un son como el son que hace las

(balas

cuando inspirado el enemigo

quiere romper nuestro alambrado

a fuerza de tiros.

Aunque la gente diga que no es música,

las estrellas en sus danzas acatarán el

(nuevo ritmo

Es de notar, en los dos últimos versos, la referencia a la nueva música, que no será ya la de la métrica rígida tradicional, con sus estrofas y sus rimas cuantitativamente medidas, y la oposición de la “gente” a esa nueva música.

Así, Salomón, como vemos aquí, corresponde totalmente, en su práctica poética, a los postulados esenciales del imaginismo, uno de los cuales afirmaba que había que componer “con la secuencia de la frase musical y no con la secuencia del metrónomo”.

En la popular “Oda a Safo” desmitifica y desmonta la concepción clásica de la Belleza (los cánones de racionalidad, proporción, medida, equilibrio, armonía, perfección), oponiendo la sordidez del presente real a la idealizada estética del pasado. Safo, la lejana poetisa de las islas griegas, la mujer que cantó, preludiando el espíritu romántico, el amor interiorizado, el Eros lírico, es interpelada por un ciudadano de nuestro desencantado y áspero tiempo, un hombre de la estirpe de Alfred Prufrock, un alma laforguiana, dubitativa y escéptica, que se estremece ante la negra y desgastada humanidad y ante la imposibilidad de encontrar la Belleza como Absoluto y espacio de lo Ideal:

“La humanidad, alás!, no huele a rosas,

¿Y dónde encontrar la belleza, Dios

(mío,

si todo es podredumbre

y dolor y miseria?

¡Oh Safo, ¿tus rosas dónde se abren?

¡No es en el lodo humano

en donde alargan sus raíces!

Busqué el Jardín de Pieria

toda mi vida, en vano.

¡Aquí puedo decirlo:

nunca hallé la belleza,

que todo es podredumbre

y dolor y miseria!”

El canon clásico de la Belleza confrontada, a través de la mirada escéptica y el distanciamiento irónico, con la miseria y la podredumbre del mundo moderno, un mundo que abandonaron los ángeles y los dioses, el mundo sin aura, “huérfano del Ser”, como diría Heidegger, un mundo fragmentado de ocasos y esplendores efímeros. La audacia, originalidad y frescura de este poema pocas veces han sido alcanzados en nuestra literatura. Salomón logra asentar para siempre la expresión coloquial entre nosotros, logrando un tratamiento directo del objeto, sin excluir el proseísmo, la parodia, la burla y el feísmo y la obscenidad.

Los poemas de El soldado... son realista hasta lo fisiológico, pero es un realismo sostenido y trascendido por la imagen. Nada de panfleto ni de denuncia fácil al servicio de un programa o partido, como quería el realismo socialista. La imagen en Salomón es orgánica y persistente, y está en el centro del quehacer y la práctica vanguardista. La realidad terrible de la guerra es vista desde la corporalidad del poeta, desde sus vísceras palpitantes, sin ningún tipo de mediatización ideológica y manipuladora:

“Echados en el lodo

hay muchos vomitando los pulmones.

Relinchan, presa de los estertores de la

(muerte.

Los camilleros se los llevan con

(dificultad.

Los ilesos estamos cada cual en su

(puesto,

nos hemos arrancado las máscaras,

y bendecimos el ron que nos reparten.

Con ojos inyectados atisbamos al frente:

¡Ya no están unos álamos que había!

Las bayonetas han perdido su brillo.

Las ametralladoras continúan sin cesar

(pespuntando

(el aire con hilo de plomo,

y el tronar de nuestra artillería a

(retaguardia

crea un nuevo silencio

que sólo rompen los chillidos de mono de las granadas”.

(“Comienzo de batalla”)

La bayoneta, instrumento de destrucción y muerte, es percibida no como un objeto frío y mecánico, sino como un ente natural, vital, desbordante de

(lujurias y exuberancia:

“¡Oh fuerte, oh recta, como la memoria

que todavía guardo de mi primer novia”!

Igual a como brillas,

maravillosa de sol,

así brillaba ella...”

(“Mi bayoneta)

“¡Señor, mi corazón es de mi bayoneta!

Megusta ver su brillo bajo Tu cielo

(claro;

parece un lirio fuerte, como el lirio del

(Angel anunciador,

un lirio cuyas raíces vivas las llevo yo

(en el alma:

allí se aferra y chupa:

mi espíritu alimenta el acero de la

(hoja...

Mi bayoneta es bella por sobre las

(banderas...“El canto de la alondra”)

Una visión erótica de los símbolos bélicos: bayonetas como lirios, bayonetas buscando la carne viva para adquirir realidad y trascendencia; granada como “golondrinas de los atardeceres”, levantando espirituales árboles de tierra/ maravillosos de troncos y ramas”.

A propósito de “corporalidad”, el poeta Fanor Téllez, gran estudioso de Salomón, me decía, en apasionada conversación sobre el tema, que El soldado desconocido no se podía entender sin una cabal comprensión del cuerpo como sentido profundo de la obra, como eje central de significación en cuanto “en todos los textos hay una búsqueda permanente de la pureza y la limpieza del cuerpo”. De ahí que no nos sorprenda el hecho de que el erotismo,la exaltación de la carnalidad y la hermosura (“el alma de nada sirve sola./ La idea sin la forma no existe./¡Es necesario el cuerpo!/ La hermosura es corpórea./Lo que no tiene forma nunca es bello./Lo infinito se anula sin lo finito:/en ello estriba la divina sapiencia:/nada puede ser sin su límite”) sea inseparable de la actividad y la experiencia cotidiana: la indagación en el propio cuerpo, en las heridas, desgarramientos y fisuras tienen una raíz erótica (no es casual que Salomón sea, como Darío, nuestro más alto poeta erótico) y, a la vez, religiosa, en el sentido más auténtico de la palabra: religio, religare, estar ligado, religado a... Una indagación, un examen del propio cuerpo, en cuanto comunión con los otros, que nos instala profundamente en un sentido de solidaridad y fraternidad claramente cristiano, como lo podemos ver en ciertos poemas de El soldado... y en muchos de sus textos posteriores. La preocupación por la pureza, de la que me hablaba Téllez, se desprende de la necesaria e inevitable impureza, propia de la contingencia y finitud humana. Preocupación, obsesión por la limpieza, por el cuerpo virginal, el compromiso, la pareja, la apuesta terrenal, en fin, el amor cristiano. De ahí el triunfo de la fraternidad y la caridad, la comunión en el cuerpo vivificante y redentor de Cristo:

“¿Dónde estará la doncella

-predestinada a una viudez de virgen-

a quien tu beso, tu beso y no el de otro,

debiera haber fecundizado?

Yo le diría: “Hermana,

toma mi cuerpo que supo ser tan suyo

que aunque no sangra, siente

la herida que a su cuerpo dio descanso!”

(“Elegía al soldado muerto”)



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