Reformas
|
Oriana Fallaci, el ídolo de generaciones de jóvenes que decidieron sus futuros profesionales bajo la influencia de esta valiente mujer que hizo del periodismo una maravillosa aventura, cumplió 70 años.
Los que fueron rasgos suaves y mirada dulce son, después de 54 de buscar en los campos más difíciles de la vida la descarnada verdad, profundos surcos que marcan su rostro y el azul de sus ojos, antes cielo, se ha hecho gélido. Quizás los horrores de tantas guerras vividas, la muerte de su ser más amado y la infatigable lucha por extraer con la palabra los rincones más oscuros de las almas de sus personajes, la han hecho definitivamente de mármol. Oriana Fallaci, periodista y escritora, nació en la ciudad italiana de Florencia, el 29 de junio de 1930, en el seno de una familia muy humilde. Su padre era albañil y tenía tres hermanas, una de ellas adoptada. La pequeña Oriana realizó estudios medios en su ciudad natal y, ayudada por varias becas, ingresó en la Facultad de Medicina. «Me matriculé en Medicina porque el tío Bruno decía que estudiar Medicina me ayudaría a ser escritora, y en aquel tiempo la Universidad no era gratis: hacía falta costeársela. Luego me quedé en periodismo, que me pagaba y que, bien o mal, me permitía escribir, y a la vez que realizaba los estudios universitarios, escribía pequeños reportajes para un diario de Florencia», lo que le permitió costearse por si misma los primeros años de carrera. Fue la editorial Rizzoli la primera en darse cuenta del talento de la joven y la que le ofreció su primer contrato, en 1954, para escribir para la revista Europeo, reservándole para sus artículos de entre 10 y 20 páginas y anunciando el tema con grandes titulares en la portada. Algo insólito hasta entonces. «SOY EL TIPICO PRODUCTO DE MIS TIEMPOS» Con anterioridad había colaborado con varios diarios y semanarios italianos, ocupándose sobre todo de la sección de sucesos. Y es también la editorial Rizzoli la que se encarga de publicar sus libros. Comprometida ideológicamente con los movimientos de izquierda, Fallaci acude a las zonas del mundo donde comienzan a fraguarse revoluciones que derribarían las dictaduras militares y fascistas y se introduce en los lugares donde las tensiones son mayores. Pero en 1968, una de estas incursiones le lleva a ver de cerca la muerte. El 3 de octubre de ese año y durante la celebración de los Juegos Olímpicos de México, resultó herida de gravedad cuando la policía disparó sobre una manifestación pacífica de unos cinco mil estudiantes en la Plaza de Tlatelolco. Fallaci recibió tres disparos, uno de ellos próximo a la columna vertebral por lo que permaneció varios meses en una silla de ruedas. En 1973, la ya famosa periodista conoció al poeta Alekos Panagulis, un resistente a la dictadura griega que había sido el autor de un atentado fallido contra Yorgos Papadopulos, jefe de la Junta de coroneles que en dirigía los destinos del país heleno. A raíz del atentado, Panagulis fue detenido y condenado a muerte, pero finalmente solo permaneció cinco años en prisión. «Soy el típico producto de mis tiempos, y creo que en el futuro seré aún más típica: una mujer que está sola por culpa del trabajo, pero también porque ella ha elegido la soledad». Panagulis fue el único hombre con el que esta mujer solitaria y rabiosamente independiente convivió durante tres años, hasta el 1 de mayo de 1976, fecha en la que éste fue asesinado en una calle de Atenas. Su recuerdo le llevó a escribir, en 1979, su novela Un hombre. En 1977, fue condenada a cuatro meses de prisión condicional acusada de resistencia a la justicia por negarse a revelar al Tribunal de Menores el nombre de la persona que le informó de que en la muerte del cineasta Pier Paolo Passolini, habían intervenido varias personas. «ENTREVISTA CON LA HISTORIA» Sus entrevistas con grandes personajes son historia. Sus «charlas» con Henry Kissinger, Indira Gandhi, Golda Meir, para citar sólo algunas, publicadas primero por Europe, luego en otras revistas, y finalmente reunidas en un libro, Entrevista con la Historia, sirvieron de ejemplo a todos los estudiantes de periodismo. Aunque Fallaci siempre ha antepuesto su pasión por la literatura a su oficio de periodista. «Siempre he dicho y lo continuaré diciendo hasta el último aliento, que no soy una periodista prestada a la literatura; soy una escritora prestada al periodismo. Siempre he ido, siempre me he sentido escritora: incluso cuando hacía (debía hacer) sólo de periodista. Nunca me han gustado mucho los periódicos ni escribir para los periódicos. De niña no quería ser periodista: quería ser escritora. Me convertí en periodista a los 16 años y medio, parece increíble, porque tenía necesidad de trabajar». Sin embargo, ha sido siempre su curiosidad y su olfato periodístico los que la han incitado a ir al campo de batalla para buscar desde las trincheras las razones de la guerra. En un tiempo en que a las mujeres se les admitía en los conflictos bélicos únicamente como enfermeras o médicos, ella ha estado en el frente mismo, junto a los soldados, viviendo el hambre y la suciedad. «A menudo me han acusado de vivir con la obsesión de la guerra. Y de vez en cuando la acusación es legítima. Conozco la guerra demasiado bien. La conozco desde niña, en todas sus manifestaciones. Y de adulta la he buscado, he vuelto a ella de manera voluntaria, precisamente por eso. Y para tratar de comprender aquello que no había comprendido, lo que no había comprendido de niña. LA GUERRA Y LA MUERTE Todas las guerras que he seguido de adulta, los ocho años en Vietnam, la guerra indo-paquistaní, las diversas guerras de Oriente Próximo, las guerrillas de América Latina, todas, hasta la guerra del Golfo, han sido la repetición y la consecuencia de un trauma infantil irreparable e incurable. Pero hay una cosa que me ha perseguido más que la guerra: la muerte». Y de esta experiencia de la muerte son Carta a un niño que no llegó a nacer, sobre su embarazo malogrado; Penélope en la guerra, en el que narraba el drama de una mujer de los años 60 que se encontraba entre dos generaciones y que se esforzaba en liberarse de la herencia de sus mayores; Nada y así sea y Si el sol muere, sobre la guerra del Vietnam e Inshallah, escrita tras su experiencia en la guerra del Líbano. «El periodismo es el trabajo más bonito del mundo. Nací en una familia muy pobre, y si ahora tengo algún dinero es gracias al periodismo». Era Fallaci que, con sus 47 años de edad decía esto. En un mundo donde todavía la mujer era considerada un ser inferior, de poca inteligencia, ella manifestó en una ocasión que «el periodismo me ha abierto las puertas para vivir como un hombre». En la actualidad, la famosa periodista vive entre su apartamento de Nueva York y su mansión de Florencia y sigue trabajando siempre oculta a los ojos de la prensa y de la gente. «Nueva York tiene sobre todo un mérito. Nadie te mira, nadie te interpela por la calle, nadie se preocupa por ti. Ni aunque seas conocido. Tu privacy es respetada. Aunque te reconozcan por la calle, fingen no haberte visto. No te importunan con autógrafos, no andan con chismes, te dejan en paz. Y esto es fundamental para una persona arisca como yo, una persona a la que no le gusta mostrarse en público, que sufre si la miran o interpelan, que desea sólo dedicarse a sus cosas». Con estas palabras -dichas recientemente-, Fallaci deja claramente expresado su deseo de marginarse de un mundo con el que nunca estuvo de acuerdo, un mundo demasiado espantoso, cuyas atrocidades ella siempre quiso conocer de cerca para buscar la respuesta a esa pregunta con la que, desde niña, creció ¿Por qué? (Tomado de El Nuevo Herald). Compartir:
| ||||||||||