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Reformas
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¿Simple coincidencia? Seguro que sí. Pero la vida nos depara sorpresas, trágicas unas, divertidas otras. De la que vamos a ocuparnos es trágica.
De quienes fueron a «festejar» el fallo escandaloso del juez Solís al «Titanic» ¿a quién se le ocurriría hacerlo en ese lugar?
De quien haya sido, no pudo escoger mejor lugar, porque ahí se «celebró» el hundimiento de la justicia y el naufragio de la institucionalidad. Nuestra historia se desplaza en círculos concéntricos, igual a como lo hace nuestro planeta alrededor del sol. Nada de espiral, como ocurre con la de otros países. Vamos y volvemos en una repetición inacabable. Por eso no salimos del atraso, del atropello y la cotidaneidad de la corrupción. Feliz deben estar don Arnoldo, Byron, el Procurador Centeno y, en un rincón comiendo migajas, el juez Solís, el defensor Martínez y cuantos pusieron su grano de arena en el feliz término (?) del acto barbárico que nos ha devuelto a las décadas del somocismo dinástico. Casualmente, estamos leyendo el libro de Agustín Torres Lazo, narrador y testigo y actor de primera línea en el drama que siguió al ajusticiamiento de Anastasio Somoza García, en la tramoya montada por los dinastas sangrientos contra personajes inocentes cuyo único delito había sido ser enemigos acérrimos de la dictadura e incansables buscadores de la democracia y la justicia. Bien, ahora Byron Jerez amenaza con acusar en los tribunales por «injurias y calumnias» a todos aquellos que se atrevieron a hurgar en la podredumbre que le rodea. ¿Habrase visto? Pero no hay tales que nuestra historia se mueva en círculos. Así lo creyeron los Somoza y ya vimos qué les ocurrió. El arnoldismo está cometiendo las mismas barbaridades de sus antecesores históricos y, como estamos seguros son incapaces de rectificar, podemos asegurar que van a terminar de la misma manera. Hoy se pueden dar el lujo de reír a carcajadas por los escarnios que cometen con la justicia. Mañana llorarán cuando les alcance la vindicta pública. Los países donantes que han visto cómo se desvía la cooperación hacia terrazas de lujosas mansiones y carreteras a propiedades presidenciales, han sido burlados. Lejos de seguir sus recomendaciones de apartar del poder a los corruptos, más bien han sido promovidos a nuevos cargos para que continúen con la rebatiña y el inmundo jolgorio. El «Titanic», buen lugar para celebrar los atropellos y el despojo. Simbólico, sobre todo. Compartir:
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