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Sábado 1 de Julio de 2000 | Managua, Nicaragua
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NUESTRA LENGUA
La onomatopeya en el habla nicaragüense

Róger Matus Lazo
Managua

En una palabra (perro, por ejemplo), no existe ninguna relación entre el sonido y el significado. Sin embargo, hay situaciones en las que el hablante busca, en lo posible, establecer una relación entre el significante (sonido) y el significado de una palabra determinada. Es lo que en lingüística se denomina motivación. Existen tres tipos de motivación: fonética (onomatopeya), como din dan, que imita el sonido de la campana; morfológica, que se refiere a las palabras formadas por composición o derivación, como encabritar (derivado de cabra), y semántica, como el caso de jícara (en «se golpeó la jícara»), que en el habla nicaragüense ha pasado a significar «cabeza» por la relación de semejanza formal. En este trabajo nos vamos a referir a la motivación fonética u onomatopeya.

Concepto de onomatopeya

Onomatopeya es una voz que nos viene del latín y éste, a su vez, del griego: onomatopoeia, y se define como la «imitación del sonido de una cosa» en la palabra formada para tal fin. Se trata de una unidad léxica, como dice Dubois, creada por imitación de un ruido natural como el tic tac, que intenta reproducir el sonido del reloj o el quiquiriquí que imita el canto del gallo.

La onomatopeya primaria y la secundaria

Ullmann distingue dos tipos de onomatopeya: primaria y secundaria. La onomatopeya primaria consiste en la imitación del sonido mediante el sonido; una rigurosa imitación por la estructura fonética de la palabra, como se observa en estos ejemplos propios del habla coloquial nicaragüense: sólo sos bla bla (hablar y hablar sin decir nada que valga la pena); cuando entraron los novios, nadie dijo nada, sólo se oía el güiri güiri de los vecinos (habladera); y cuando se encontró con él juácata le dio en el tronco de la oreja (golpe); con el ban ban se despertó (disparo); vivía cerca de la estación del ferrocarril y todas las mañanas oía el fo fo, foco foco (ruido de la locomotora); no lo vi caer en el lodazal, sólo oí el chocoplós (ruido producido al caer en el fango); por ir distraído chumbulum cayó (en la poza); lo tomó del brazo y pipós, pipós le dio (golpes en la cabeza); me fui a la purísima cuando oí el pon pon (de los cohetes); me alegré cuando empecé a oír el charrangachanga (de la guitarra); se empinó el vaso de chicha bruja y se oía el trucús trucús (al tragar); salió bruscamente y bangán (dio el portazo); a lo lejos oímos el bererén, bererén (el trote del caballo); toda la santa misa pasó güere güere con su amiga (habladera); cuando le metieron el cuchillo al chancho solo se le oyó el cuío (chillido); el muchacho cochino entró en la sala y en medio de toda la gente ra, ra, ra (se tiró tres pedos).

Algunos animales de la fauna nicaragüense llevan el nombre formado precisamente por los sonidos que emite su canto como la poponé, el güís, el pijul y el pocoyo, que los indios quiché llamaban pucuyú, según Octavio Robleto. Este poeta, buscador de paisajes, nos agrega otro nombre onomatopéyico dado por los quiché al búho: tucurú.

Nuestros indígenas fabricaron instrumentos musicales, cuyo nombre nos recuerda su sonido. En Panorama masayense, de Enrique Peña Hernández, encontramos algunos: el juco, el chau chau, el tacatán (bongo común), el quijongo, el tuncún y el tatil. En el español general recordamos dos tipos de tambor de origen latino: bombo (lat. bombus, ruido) y timbal (del lat. timpanum).

Mántica, en El habla nicaragüense, explica que la lengua náhuatl era también onomatopéyica, como chischis (el chischil), cacapaca (sonar de las chinelas), tzilín (sonar de una campanilla), chachalaca (de chachalini, parlar, o de chalanqui, canto desentonado), paparapa (quien habla mucho y con poco juicio), piripipí (mujer chismosa). En una investigación que realicé sobre el Léxico de la ganadería en Chontales me encontré con dos nombres de vacas: Chis chis y Plis plis. El vaquero les había dado esos nombres, justamente porque las vacas tenían tetas demasiado pequeñas y el agujero torcido, y al ordeñarlas el chorro de leche pegaba en el borde del cubo, produciendo esos sonidos. Por asociación con chumbulum (caída en una poza), los pescadores de ciertas zonas de Chontales llaman chumbuluna a una sardina que se mantiene a flor de agua y con el menor ruido da un salto y se zambulle, produciendo un ruido característico. Los niños pequeños llaman guau guau al perro. En las zonas del campo, es común oír a uno de estos niños llamar muu a la vaca, mee al ternero, pío pío al pollito y pacapaca al caballo.

Con base en la onomatopeya, se han formado en nuestro idioma muchos sustantivos y sobre todo verbos como silbar, arrullar, aullar, bramar, retumbar, relinchar, cacarear, croar, restallar, susurrar, murmurar, zumbar, mugir, crujir, rechinar, chisporrotear, crepitar, chasquear, balar, berriar, bufar, cuchichear, chapalear, chapotear, chirriar, chorrear, sesear, gorgoritear, gorjear, graznar, gruñir, trinar, etc. Así decimos: el chasquido del látigo, el susurro del viento, el arrullo de las palmeras, el murmullo de las aguas, el silbido de las balas, el estampido del cañón, el bramido de las olas, el chisporroteo de las llamas, el rechinar de una carreta, el aullido de los perros, el rugido del león, el retumbar del trueno, el traquetear de los disparos, el tableteo de la ametralladora, etc.

En nuestro lenguaje coloquial son comunes: el chancleteo de la señora cuando caminaba por la sala, el pisporrazo del borracho al caer del barranco. En su Folklore médico nicaragüense, el gran médico granadino Ernesto Miranda Garay explica que la sacudida violenta del cuerpo seguida de una espiración brusca y corta, con entrecortamiento de la respiración, debido naturalmente a la acción del esfuerzo, nuestros antepasados indígenas la definían con un verbo sin duda onomatopéyico: jipiar. El pandillero llama pedorra a la motocicleta y pedorrear a la acción de seguir o perseguir en una motocicleta.

En la literatura encontramos felices aciertos onomatopéyicos, como este cuarteto de Avellaneda:

Tú que le dices a la hojosa rama: «¡Susurra!» «¡Muge y gime!», al mar bravío. «Silba!», al rudo aquilón. «¡Murmura!», al río. «¡Suspira!», al aura; y al torrente: «¡Brama!»

En la onomatopeya secundaria, los sonidos evocan un movimiento o alguna cualidad física o moral, generalmente desfavorable. Son ejemplos del primer caso tiritar (temblar de frío), jadear (respirar anhelosamente). En el habla nicaragüense empleamos churrete (que recuerda el movimiento fuerte del chorro) para referirnos a la suciedad producida por la expulsión violenta de las heces fecales, y tuntunear (andar de un lado para otro en busca de algo). En mi investigación sobre El lenguaje del pandillero en Nicaragua, registro una expresión en la que el pandillero emplea una onomatopeya basada en el movimiento: flash (rápido).

De las onomatopeyas que evocan alguna cualidad física o moral citamos pujo, que recuerda el sonido que se emite por la gana continua o frecuente de orinar o defecar con gran dificultad de lograrlo, y la conocida locución adverbial familiar al tuntún (sin cálculo ni reflexión o sin conocimiento del asunto). Del léxico del pandillero mencionamos borrador (papel higiénico). En nuestro lenguaje coloquial son frecuentes, como rifi rafa (discusión pasajera) y burumbumbum, particularmente cuando alude a intrigas y enredos: ese ministerio es un burumbumbum: todos mandan a todos y nadie obedece a nadie; con la herencia han echo un burumbumbum, porque Bertoldo no dejó testamento. También pujido que, en términos generales, se refiere a los sonidos guturales producidos por un gran esfuerzo. En «Saturno», cuento de Fernando Silva, encontramos el siguiente texto: Sólo se oía el golpe del agua y los pujidos de Saturno empujando con el canalete.

Cómo se forman las onomatopeyas

Es interesante observar que muchas onomatopeyas se forman mediante la repetición de sonidos vocálicos y consonánticos: chau chau, ra, ra, ra, piripipí, paparapa, pacapaca, pon pon, ban ban, fo fo, foco foco, pipí, pupú, etc. En las zonas del campo, es común un tipo de servicio higiénico consistente en una especie de caseta con las condiciones adecuadas para orinar y evacuar el vientre. Los campesinos lo llaman pon pon, precisamente por el ruido que producen las heces fecales al caer al fondo, generalmente cubierto de agua.

Otro procedimiento seguido en la formación de onomatopeyas es la alternancia de vocales, sobre todo para expresar ruidos diferentes. Se trata de una «antifonía vocálica», como ha sido denominada por algunos semantistas, de gran importancia en las formas imitativas. Así, el sonido de la campana es din don, el del reloj tic tac, el de un coscorrón pis pos, etc. En Nicaragua, es muy expresiva la onomatopeya que se refiere a la discusión rápida y sin mayores consecuencias: rifi rafa, en donde se puede inferir que rifi corresponde a uno de los discutidores y rafa al otro.

Hay, igualmente, formas onomatopéyicas basadas en alteraciones de consonantes iniciales, principalmente, como estos ejemplos del habla nicaragüense: ban gan, güerén, tilín, chumbulum, trucús, chirrís, etc. Recordemos los instrumentos musicales indígenas: tatil y tuncún. Fernando Silva emplea la onomatopeya charrás para imitar las pisadas, y Ge Erre Ene utiliza raflá refiriéndose al sonido de algo que se destripa como una zanahoria; pero el uso más frecuente de esta onomatopeya está relacionado con lo rápido y lo súbito. Un anuncio publicitario dice así: Usted nos da solamente su nombre y su dirección y nosotros raflá le entregamos el artículo.

También hay onomatopeyas formadas con base en alteraciones vocálicas y consonánticas, como juco y quijongo.

Sonidos identificables en una onomatopeya

Algunas formas onomatopéyicas tienen ciertos elementos en común. Bloomfield señala tres tipos de experiencias con los sonidos /sn/: ruidos respiratorios como sniff (sorber), snuff (resollar), snore (roncar), snort (bufar); separación o movimiento rápido: snip (tijeretear), snap (estallar), snatch (arrebatar), y acción de arrastrarse: snake (arrastrarse), snail (deslizarse como un caracol), sneak (ratear). Igualmente, los grupos finales ejercen funciones especiales como blare (bramar), flare (brillar), glare (fulgurar) y stare (deslumbrar) que sugieren «luz o ruido grande».

En nuestro idioma tenemos sonidos fácilmente identificables en algunas onomatopeyas. Por ejemplo, los sonidos /t/, /m/ y /b/ aparecen en formas onomatopéyicas relacionadas con explosiones o sonidos fuertes como retumbar y estampido; el grupo /tr/ en disparos o pequeñas explosiones como traqueteo y triquitraques; el grupo /gr/ en onomatopeyas que imitan el sonido del pecho y la garganta como gruñir y gurrú («El pecho le hace gurrú gurrú», dice César Ramírez Fajardo en Lengua madre), y hasta en los sonidos de ciertos animales como mugir y rugir. En las onomatopeyas que imitan sonidos suaves o bajos, figuran los sonidos /m/, /ll/, /u/, como aullar, arrullar, marmullar, murmurar, susurrar.

Las onomatopeyas en diferentes lenguas

La armonía intrínseca en una onomatopeya entre el sonido y el nombre nos plantea la siguiente cuestión: ¿Las formas onomatopéyicas son similares en diferentes lenguas? En muchos casos, según Ullmann, son semejantes en un gran número de idiomas, como cucú, el canto del cuclillo: coucou (francés), cuculo (italiano), cucu (rumano), cuculus (latín), kuckuck (alemán), kaki (finlandés), etc. Este lingüista agrega que esta «afinidad elemental» no puede explicarse por un origen común o una influencia mutua, sino que se trata de una «semejanza fundamental en el modo como gentes diferentes oyen y traducen el mismo ruido». Es más frecuente el fenómeno contrario: formaciones onomatopéyicas guardan poca similitud o no guardan ninguna unas con otras. Es el caso de kikiriki, el canto del gallo, que el inglés lo transcribe cock-a-doodle-do, el francés cocorico, el alemán kikeriki; o guau guau, el ladrido del perro, representado gráficamente por el inglés como bow-bow y el francés como oua-oua. Kurt Baldinger, en su Teoría semántica. Hacia una semántica moderna, explica que si se analizan detenidamente las palabras imitativas hay en ellas un proceso de abstracción, porque «no se incorpora la cosa misma al lenguaje, sino sólo una señal de índole acústica o motora. Por eso, las palabras onomatopéyicas pueden aparecer distintas en las diversas lenguas», según la característica que en la cosa se considere como típica». La voz cama, en algunas lenguas indígenas, es onomatopéyica. Observemos en el Diccionario comparativo de lenguas prehispánicas de Nicaragua, de Mántica, la similitud entre krikrí (uluaska), kiirikirí (tawaska) y krikrí (miskito). Sin embargo, no tiene ninguna semejanza en otras lenguas como el náhuatl o niquirano (tlapechtli), el mangue o chorotega (nakutá) y el subtiaba o maribio (oyó, ndoyó). Por eso agrega Baldinger que las palabras onomatopéyicas, «una vez configuradas idiomáticamente, evolucionan muy frecuentemente como las demás palabras, llegando incluso a perder su carácter de tales».

Onomatopeya y contexto

No debemos olvidar el valor del contexto, sea éste verbal o de situación, que es donde realmente la onomatopeya adquiere la fuerza expresiva y la emotividad latentes en la estructura fonética de la palabra. Florecerá, como dice Ullmann, no en las variedades de estilo más restringidas y relativamente neutras que encontramos en las formas utilizadas por científicos, diplomáticos, funcionarios públicos, comerciantes y otros sectores que utilizan expresiones no emocionales, sino en las formas de lenguaje espontáneas y expresivas como la charla de los niños, el habla familiar y popular, y los dialectos y germanías. Los escritores han explotado felizmente este recurso, y en Nicaragua muchos narradores han recogido en sus obras formas onomatopéyicas del habla coloquial, como este ejemplo tomado de Cuartel General, de Chuno Blandón: Caminó más rápido y escuchó el güere güere eterno en la casa del matrimonio. El adverbio flash, para el pandillero, es onomatopéyico en sí mismo desde el punto de vista acústico y sugiere el movimiento rápido, lo que se mueve con celeridad y presteza. Pues esta forma no tiene valor expresivo alguno en un texto común y corriente como «El caballo corre flash»; pero cobra vida y se cargará de tonalidades emotivas en una expresión dicha en una circunstancia verdaderamente apremiante para el pandillero: ¡Guindeáte flash que te pedorrean! (Corréte rápido que te persiguen en una motocicleta).



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