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  Viernes 25 de Febrero de 2000 | Managua, Nicaragua
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La fábula No.80
Tío coyote y tío conejo
(Haga su colección)

Julio César Sandoval
Managua

Este era el Tío Coyote que se puso a trabajar con el tío Conejo. Se pusieron a sembrar nabos y zanahorias y no se separaban del sembradío. Llegado el tiempo de la cosecha, decidieron hacer la recolección y repartirse fraternalmente.

-¿Y cómo hacemos la división, Tío Conejo? -Se habrá fijado, Tío Coyote, que la siembra tiene dos partes: la de arriba, linda y verdecita, y la de abajo, que sepa Dios cómo está. Voy a ser con usted como siempre: ¡parejo! Tome usted la parte de arriba y yo... yo me conformo con lo de abajo.

-¡Usted sí que es un broderazo, tío Conejo. De acuerdo.

El tío Conejo se quedó, pues, con los bulbos, es decir, la parte alimenticia de los nabos y zanahorias y el tío Coyote se quedó con las hojas. Feliz, el tío Coyote puso las hojas al sol como si fuera tabaco... pero al día siguiente ya estaban secas.

-Pero si esto es paja. -dijo el tío Coyote.- Me ha engañado. Ah, pero en la próxima vez me las pagará.

Al año siguiente, los dos inseparables amigos, hicieron de nuevo una nueva siembra.

-Este año sembramos trigo. Los campesinos así lo hacen: alternan la hortaliza con el grano.

-Sí, dijo el tío Coyote. Estoy de acuerdo. Sembraron, pues, el campo de trigo. El sembradío creció maravilloso y, llegada la época establecida, el tío Coyote y el tío Conejo hicieron la siega. Extendieron las mieses y, cuando estaban secas, empezaron a batirlo El tío Conejo sólo hacía «la coca mona» y era el pobre tío Coyote el que de veras apaleaba el grano. Terminada la faena, buscaron la forma de repartirse:

-Yo soy el más pequeño, dijo el tío Conejo, y es justo que me quede con la parte más pequeña. Para ti será, pues, la paja, que es aquel montón enorme. Yo me quedaré con el grano que, como ves, es tan sólo un montoncito.

El tío Coyote, que era muy alagartado, estuvo de acuerdo y juntos se dirigieron al molino. El tío Conejo se llevó a su casa un buen saquito de harina blanca y el tío Coyote, en cambio, un amasijo grisáceo que todo parecía, menos harina.

-¿Cómo es que tú tienes una harina tan bonita y yo, en cambio, tengo ésta tan fea? -Por que yo la he lavado, dijo el tío Conejo.

El tío Coyote, sin perder un minuto, corrió al río y arrojó al agua su harina; aguardando que se lavara con toda comodidad. Mientras esperaba, se echó bajo un árbol y se puso a dormir. Cuando una hora después se despertó, fue corriendo a la orilla del río. Pero ahí no había ni rastro de harina. Comprendió otra vez que con el tío Conejo no se pude hacer negocio.

(Cuento español)


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