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  Martes 15 de Febrero de 2000 | Managua, Nicaragua
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El hombre mediocre

Karlos Navarro

Pocos escritores en el mundo han abordado el tema relacionado con el espíritu del hombre mediocre, quizás por considerar el asunto muy superfluo y carente de importancia.

Sin embargo, algunos autores como Erasmo de Rotterdam con su Elogio a la locura y El hombre mediocre de José Ingeniero lo han descrito con tal acierto que pareciera que ni los cambios tecnológicos, ni la célebre globalización de la información han hecho posible la desaparición de este tipo de personaje que casi a diario los encontramos en las universidades revestidos de falso acento doctoral, en los simposios académicos recitando las últimas novedades de los pensadores europeos como si fuesen suyas, en alguna foto publicada por un diario local con un escritor famoso, en el pasillo de una universidad de prestigio o recibiendo algún tipo de felicitación por algún artículo que publicó en un periódico local con algunas cincuenta citas de autores con el propósito de hacer creer que posee una vasta cultura.

Generalmente al hombre mediocre se le conoce en su manera de actuar, ya que se siente superior a los demás y por ser petulante, soberbio y vanidoso en su cotidianidad.

Erasmo de Rotterdam realizó una tipología del hombre mediocre por profesiones y algunas veces por características personales: incluyó en esta lista a los falsos sabios, abogados, poetas, músicos, teólogos, oradores y ególatras. Creo sin temor a equivocarme, que en nuestra época habría que incluir a ciertos periodistas, a profesores universitarios, historiadores, novelistas, burócratas y por supuesto a los políticos de poca monta. Lo más probable es que habría que aumentar la lista, pero lo dejo a la imaginación.

Es necesario aclarar que Rotterdam en su Elogio a la locura sólo se refiere a aquellos que aparentan ser, pero que en realidad no son; excluyendo a los verdaderos y auténticos sabios, abogados, poetas, etc., quienes contrario a todas estas actitudes, con mucho sacrificio y desvelos han adquirido sus ciencias y por lo general son seres tímidos y sin atractivo alguno.

Explica Erasmo de Rotterdam que no hay que tener por sabios a aquellos que por su petulancia todo el tiempo se alaban a sí mismos e incluso pagan un retórico servil o a un poeta hambriento, para que a cada dos por tres hagan su panegírico, que es una retahíla de mentiras; pero que el alabado, a fuerza de escucharlas, llega a creerlas y se infla como un pavo y yergue la cabeza cuando el adulador retribuido lo coloca a la altura de los mismos dioses. «Lo que trata es de transformar una mosca en un elefante. Bien hace en alabarse a sí mismo quien no tiene a nadie que lo alabe».

Entre los falsos sabios, para Rotterdam ocupan un lugar importante los jurisconsultos, que son los más ególatras; cual nuevos Sísifos hacen rodar su piedra incesantemente, amontonando leyes sobre opiniones, acerca de toda clase de asuntos, haciendo creer que su ciencia es la más difícil de todas, pues piensan que un asunto tiene tanto más mérito cuanto más intrincado es. Y pone de ejemplo a las mujeres cuando dice: «Fijaos en que cuando una mujer quiere pasar por inteligente, lo que en realidad consigue es poner en evidencias su falta de sesos».

Con respecto a los oradores, critica a aquellos que cuando pronuncian un discurso en cuya elaboración han empleado treinta años, y algunas veces valiéndose de lo que otros han dicho, afirman que no tardaron más de tres días en redactarlo o dictarlo, dando a entender que para ellos es una bagatela, un juego de niños. Los retóricos que copian vocablos anticuados y que pasman a los lectores y oyentes y al no comprender la mayoría comienzan a elogiar y admirar, porque es de humano elogiar y admirar más unas cosas cuando menos se le comprende.

Escribe Rotterdam que los hombres que se tienen por sesudos se inspiran mutuamente recelos y envidias. Dentro de los artistas, los músicos, los poetas, los cómicos y los oradores llegan a tales extremos de egolatría que, cuando más vacuos son, más se inflan de vanidad y con más desprecio miran al resto de los humanos. Naturalmente no falta quien los admire, dándose el caso de que el número de sus admiradores es mayor cuando mayor es su estupidez. Por consiguiente, los imbéciles son los más satisfechos de sí mismos y los más admirados. El amor propio es como la adulación, con la diferencia de que el primero es algo así como pasarse uno a sí mismo la mano por el lomo, mientras que la segunda viene a pasársela por el lomo a los demás.

«Sin duda habéis reparado alguna vez en cómo se rascan mutuamente dos asnos. ¡Qué buen ejemplo es ese sencillo espectáculo! La adulación es un servicio semejante y de él saca mucho provecho para su fama los oradores, los médicos y los poetas, siendo uno de los principales ornatos de las relaciones sociales». Con respecto a los ególatras dice que se creen el centro del mundo, busca por todos los medios la popularidad y los aplausos.

Tenemos ahora a los teólogos, de los que casi sería preferible no hablar, «pues forman una peste tan peligrosa y temo, como es gente muy iracunda, lancen sobre mí una lluvia de conclusiones que me obliguen a retractarme, o de no acceder a esto, me tachen de hereje, como suelen hacer con quienes no se les someten fácilmente».

Al final explican que la vida es un teatro, una farsa en la cual, bajo la máscara que cada uno se coloca, los hombres representan sus papeles hasta que el director los hace retirarse de la escena. Con frecuencia ocurre en la vida, casi igual que en el teatro, que un mismo individuo representa dos o más papeles. El teatro del mundo es una farsa que se presenta todos los días.


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