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  Viernes 11 de Febrero de 2000 | Managua, Nicaragua
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Buenos oficios en solución de controversias internacionales

Gustavo Adolfo Vargas *
Managua

El Derecho Internacional contempla una serie de métodos para la solución pacífica de los conflictos entre los Estados. Entre ellos están los buenos oficios, que consisten en la intervención amistosa de terceros Estados, autoridades o personas destacadas, para buscar un arreglo pacífico a un problema que ha desbordado la capacidad de solución de las partes. Se acude a ellos cuando se han agotado las negociaciones directas.

La intervención de los Estados, autoridades o personalidades eminentes es un esfuerzo de buena voluntad y de conciliación y no tiene carácter compulsivo. Es meramente amistoso. Ellos deben abstenerse de expresar opinión alguna sobre el fondo de las controversias y limitarse a persuadir a las partes a que lleguen a una solución pacífica y amistosa.

Si los Estados en conflicto no están dispuestos a someter sus diferencias a la negociación directa o si han negociado sin llegar a un arreglo, pueden procurar una solución a través de los buenos oficios de otros Estados o personalidades con una gran autoridad moral o de la propia Organización de las Naciones Unidas (ONU) o de un organismo regional como la Organización de los Estados Americanos (OEA), los que procurarán de avenir a las partes antagónicas y las exhortarán a que adopten una solución negociada de sus discrepancias.

Esta intervención puede producirse antes de una guerra o en el curso de ella. Puede ser espontánea o requerida. Ya la Convención de La Haya de 1899, contenía elaboradas disposiciones referente a los buenos oficios y la mediación, que fueron repetidas en la Convención de La Haya de 1907. La Convención obligaba a las partes, en caso de desacuerdo serio o controversia, antes de apelar a las armas, a recurrir a los buenos oficios o a la mediación «hasta el punto que las circunstancias lo permitieran» (Artículo 2°).

Es derecho de terceros Estados ofrecerla y de los Estados en conflicto de aceptarla. Aún de mayor importancia es que la Convención declaraba que los signatarios de ella tenían derecho a ofrecer sus buenos oficios o mediación, incluso durante las hostilidades y que el ejercicio de este derecho no podía ser considerado por ninguna de las partes en conflicto como un acto inamistoso (Artículo 3°).

La Convención, por lo tanto, preparaba el terreno para eliminar la renuencia, común en siglos anteriores, en ofrecer los buenos oficios o la mediación, que surgía de las creencias de que tales ofrecimientos podrían implicar la sujeción de cualquiera de las partes interesadas a aceptar la solución propuesta, pudiendo, en consecuencia, significar una intervención no permisible en los asuntos internos. La Convención, sin embargo, no prescribía ninguna obligación para las partes en conflicto de aceptar el ofrecimiento de los buenos oficios o la mediación.

La distinción, de valor puramente teórico, entre los buenos oficios y la mediación consiste en que los primeros se limitan a acercar a los Estados en conflicto para que abran negociaciones directas, mientras que la segunda va más allá: propone alternativas de solución al problema, que pueden ser aceptadas o no por los países interesados.

Quien despliega los buenos oficios debe abstenerse de emitir opiniones sobre el fondo de la controversia. Su papel es simplemente el de acercar a los países en conflicto para que entablen negociaciones diplomáticas o el de forjar una ocasión adecuada para que ellos se encuentren y puedan negociar. Si en el curso de estas gestiones el tercero asume el fondo de la disputa, cosa que suele ocurrir con frecuencia, los buenos oficios se convierten en mediación.

La Carta de las Naciones Unidas prevé la mediación y los buenos oficios colectivos de la Organización Mundial, para ajustar pacíficamente las diferencias que pudieran conducir a una fricción internacional.

* Jurista, politólogo y diplomático.


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