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Jueves 14 de Diciembre de 2000 | Managua, Nicaragua
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A 20 años
¿Por qué mataron a John Lennon?

MIGUEL BOLAÑOS G.
Managua

(II Parte)

No hay teoría, por más fría o racional que pretenda ser, que logre justificar los tiros que se descargaron sobre John Lennon la noche del 8 de diciembre de 1980.

Sin embargo, para el asesino Mark David Chapman la posible «comprensión» del asesinato tiene que ver con entender la literatura, específicamente la novela «The Catcher In The Rye» («El cazador en el centeno») del escritor J.D. Salinger, publicado originalmente en 1951.

La historia personal de Chapman, el argumento del libro, y el retiro y la consiguiente madurez de Lennon a partir de 1975, son las tres vertientes que quizá condujeron a aquel funesto 8 de diciembre de 1980.

Mark David Chapman nació en Atlanta, Georgia, en 1955. Su juventud fue la de un individuo inestable: tuvo un fuerte paso por las drogas, luego se recuperó y se volcó a la religión y más tarde se dedicó a trabajar con niños en un campamento.

Siendo adolescente leyó «El cazador en el centeno» y a partir de ahí sintió cierta afición por la inocencia y transparencia de los niños, en oposición a la supuesta falsedad de los adultos.

El libro de J.D. Salinger cuenta la historia de un adolescente de 16 años llamado Holden Caufield, que fue corrido de varios colegios y está obsesionado con la falsedad que observa en la vida burguesa de los adultos. Holden se auto proclama «El Cazador», por ser su misión la de «cazar» o «atajar» a los niños antes de que caigan al precipicio de los adultos.

La trama de la novela transcurre precisamente en Nueva York y tiene su desenlace en la zona del Central Park, geográficamente muy próxima al edificio Dakota donde vivían los Lennon.

Constantemente deprimido y harto de su propia vida, Mark Chapman se fue a Honolulu, Hawaii, en la década de los 70, a pasar sus últimos días. Tuvo un fallido intento de suicidio el 20 de junio de 1977, cuando quiso asfixiarse encerrándose en su auto después de haber colocado una manguera en la punta del tubo de escape para asfixiarse.

El destino de Lennon no hubiera sido el mismo si una persona que pasaba por ahí no hubiera rescatado al desesperado suicida. ¿ELIGIO A LENNON?

A partir de ese momento la vida de Chapman cambió radicalmente, al punto de conseguir trabajo en Honolulu y luego casarse. Sin embargo, no podía evitar sus constantes depresiones.

Mientras tanto, en esa segunda mitad de los 70, Lennon permanecía en su hogar cuidando a su hijo Sean. Ese prolongado encierro llevó al periodista Larry Shames a investigar sobre el momento que estaba atravesando Lennon y publicó un artículo describiendo el bajo perfil y la vida hogareña del músico.

Esa nota periodística probablemente fue suficiente para que Chapman encontrara en Lennon el ejemplo de la persona que se vuelve adulta y cae al precipicio. Probablemente pensó que aquel Lennon combativo y comprometido por la paz de años atrás se había convertido en un burgués, al que sólo le interesaba la comodidad.

Con esa interpretación en mente o no, Chapman compró un arma, se despidió de Hawaii firmando su hoja de renuncia como «John Lennon» y se dirigió a Nueva York.

Existen ciertas coincidencias entre el viaje que hizo Chapman a Nueva York en busca del paradero de Lennon y la travesía del vagabundo Holden Caufield (el del libro mencionado) en esa misma ciudad, huyendo de la casa de sus padres.

Ambos pasaron de hospedarse en un hotel barato a uno más caro y pidieron una prostituta sin llegar a tener sexo. Al igual que Holden, Chapman le preguntaba a los taxistas: «¿A dónde van los patos del Central Park en invierno?».

Fanático del protagonista de «El Cazador en el Centeno», no es raro que el asesino de Lennon haya copiado algunas de las andanzas del adolescente Holden. Incluso cuando la Policía lo detuvo llevaba una copia del libro en su bolsillo.

Después de los disparos, Lennon cayó al piso y comenzó a perder mucha sangre. «¡Me han disparado!», fueron sus últimas palabras. Sobrevivió unos breves minutos y murió antes de llegar al hospital Roosevelt.

Meses más tarde, el hombre que cometió un atentado al entonces presidente Ronald Reagan también llevaba consigo una copia del mismo libro «El cazador en el centeno». ¿Una simple coincidencia? ¿PRONOSTICO SU MUERTE?

En las celebraciones este mes por los 20 años del asesinato de Lennon apareció la sombra de una especie de «ángel exterminador», casi una premonición de su asesinato lanzada por el propio ex-beatle en «Help me to help myself» (Ayúdame a ayudarme): una canción escrita pocos días antes de aquel trágico 8 de diciembre de 1980.

Ese tema de Lennon, publicado en Londres en una nueva edición de «Double Fantasy», se alude a un «angel of destruction» (ángel de destrucción), que «atormenta» al cantante. ¿Una pura coincidencia?

Las tres palabras bastaron para aumentar las miles de especulaciones sobre el acto psicótico y fulminante de Mark Chapman. El resto de la canción puede ser leído como una apelación de Lennon para su misma supervivencia.

John dice: «Señor, ayúdame» y «He intentado tanto mantenerme vivo, pero hay en mi un ángel de destrucción que me persigue sin tregua». Como si faltara más, la canción continúa con palabras que parecen un desesperado adiós a su esposa Yoko Ono: «Pero en mi corazón sé que jamás nos separaremos».

Un vocero de la compañía discográfica no evitó el comentario sobre una posible premonición de muerte. «Produce escalofríos -afirma- interpretar estas palabras como una referencia directa a la muerte que habría de alcanzar a Lennon».

Y de «escalofríos» habla también Phil Coppell, estudioso de Los Beatles y guía oficial a los lugares de Los Beatles en su ciudad natal, Liverpool. «Lennon -explica- solía escribir en ese período textos sumamente precisos. Me estremece la idea de que haya tenido una premonición de lo que estaba por ocurrir».

Otra cosa le resulta extraña: el tono sombrío de «Help me to help myself». «Si se escuchan las canciones de ese lapso -dice-, ninguna otra es tan sombría». En cuanto a Yoko Ono, ella recordó cómo John tocaba a menudo «Help me to help myself» en el piano de su casa neoyorquina y le preguntaba riendo: «¿Te imaginas si la publicamos?».

La leyenda continúa y el fuego sigue ardiendo.



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