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El Nuevo Diario
Lunes 21 de Agosto de 2000 | Managua, Nicaragua
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Asalto al Palacio Nacional 1978
Héroes en el olvido
* Líderes sandinistas con celos por la acción de los muchachos del comando Rigoberto López Pérez
* Sumergidos en la pobreza, José Hermógenes sobrevive vendiendo meneítos
* "Los de arriba han pisoteado la memoria de los caídos, nosotros nunca lo haremos"
* "La Tunga" pensaba que después del asalto iba a tomar un taxi y todo mundo a su casa
* Rumbo a la historia y al olvido


EDWIN SANCHEZ DELGADO

A José Hermógenes Hernández, la Dirección Nacional del FSLN lo invitó a morir por una patria libre. Cuando se supo que José no se murió si no que liberó a Nicaragua, junto con otros hijos de Monimbó y del resto del país, la misma dirección sandinista no se acordó de convidarlo a disfrutar de los "ríos de leche y miel" del himno sandinista.

Por lo general, a los héroes los vemos instalados, viviendo en la inmortalidad de un busto en el parque. A José Hermógenes lo vimos pasar, inadvertido, olvidado, por el parque de Monimbó. Iba con su misma boina de oficial de la Escuela de Entrenamiento Básico de Infantería (EEBI) con que junto a 24 compañeros más, ejecutó la más formidable hazaña guerrillera en el mundo: la toma del Palacio Nacional.

El héroe no cuenta con ninguna foto colgada en un edificio público, pero despacha caramelos o bolsitos "porta monedas" que hace su esposa en la máquina de coser.

Poco antes de las once de la mañana del martes 22 de agosto de 1978, los responsables civiles del operativo que se conocería como el Asalto a la Chanchera, le dijeron: "Esto es de vida o muerte. ¿Estás dispuesto a seguir? o si no, puedes regresarte".

Se encontraban en una casa del reparto Serranías, antes de Monte Tabor. Hasta ese momento, José Hermógenes no conocía Managua más que de oídas. Era una capital desconocida, donde también participaría en una acción ultra secreta. La única oferta que le había dicho Bayardo López, quien murió en la insurrección, era: Podés perder tu vida. Aun así, el hombre, o mejor dicho, el chavalo que participó en la insurrección de Monimbó en febrero de 1978, dijo que estaba dispuesto a hacerlo.

Hasta el segundo mes de ese año, sus vivencias estaban atadas al campo. Así ayudaba a su mamá a ganarse la vida. Llevaba la responsabilidad del hogar, ayudando a sus hermanos menores. Cuando estalla el levantamiento, José Hermógenes decidió fabricar sus propias bombas de contacto y es seguro que también se colocó una de esas máscaras legendarias de Monimbó.

LA ORIGINAL OFERTA

El muchacho de unos 15 años, a quien aún le daban la oportunidad de no arriesgar la vida en el reparto Serranías, recordó cuando una hora antes de ir a la cita histórica, le habían dicho: ¿aceptas o no? El que tenga temor, que se quede. 22 años más tarde confiesa a EL NUEVO DIARIO su orgullo... y frustración.

"Nosotros llegamos dispuestos a participar en lo que sea", respondió. Nos enseñaron el plan, dice, y nos entregaron las instrucciones. Que entráramos formados en cuatro columnas. Yo iba con Edén, Dora María Téllez y Hugo Torres.

De los primeros contactados por la guerrilla para el operativo misterioso, porque no supieron del objetivo si no minutos antes de abordar los dos vehículos mal pintados de verde olivo para dirigirse al Palacio Nacional, él fue parte de los tres monimboseños que no se rajaron. A 10 les hicieron la atrevida propuesta.

"Vamos", contestó el chavalo a Bayardo López. Contaba entonces con 15 años. No se puede hablar de entrenamiento militar lo que entonces recibió, en el exacto término de la palabra. Sí aprendió a maniobrar el garand, más pesado que él. En el guión de este "solemne disparate" como le llamaría Gabriel García Márquez, José Hermógenes actuaría como escolta del comandante de la EEBI, el célebre Edén Pastora.

Al partir hacia el objetivo, le entregaron un plano, le descubrieron el lugar donde iban, directamente a la cámara de diputados para discutir un empréstito que estaba haciendo el General Anastasio Somoza. Nunca se imaginó que se trataba de semejante barbaridad. "Palacio Nacional, Palacio Nacional". Aquel nombre monumental iba sonando en su cabeza. Pero no tenía idea de cómo era el tal palacio.

En la marcha hacia Managua, sobre la carretera Sur hubo momentos de tensión. Se toparon con un BECAT (Brigadas Especiales Contra Actos Terroristas), pero el conductor David Santamaría ya se había puesto unas gafas oscura y les saludó como estilan los oficiales. Los de la patrulla le devolvieron el saludo y siguieron el camino.

Eran dos camionetas malmatadas. Casi cacharpas, pero pintadas de verde olivo que para ser justos no daban el tono violento de la EEBI. Era uno de los temores: que los de la infantería del Chigüín descubrieran a los impostores.

A LA CHANCHERA CON TODO Y BECATS

Cuando estaban a poco de llegar a la sede del Congreso Nacional, que en su lenguaje se convertiría mundialmente en la "Chanchera", se les cruzó una caravana de becats. Santamaría y el otro conductor volvieron a simular el saludo y la misma cara de perro y el convoy siguió como si nada.

El entró con la escuadra principal. Todos sabían el papel que iban a desempeñar dentro del edificio que por primera vez lo veía en su corta existencia. Columnas gigantescas, gradas amplias, guardias por todos lados, los grandiosos portones y un aire fresco a pesar de estar cerca del Lago de Managua.

CUSTODIO DE "CERO"

Los militares que resguardaban la seguridad de los congresistas se tragaron todo el montaje: José Hermógenes iba de custodio principal del comandante de las fuerzas de élite de Anastasio Somoza Portocarrero, entonces con el grado de Mayor, el mismo que unas horas después del terremoto de 1972 había enseñado sus relucientes y novatas garras con la ayuda enviada por el mundo a los damnificados, actuación que le valió su primer galón en el escalafón de la Guardia Nacional hasta que su papi le regaló un batallón y por último, en las postrimerías del somocismo, la famosa y odiada EEBI: una máquina especializada en matar.

Gabriel García Márquez anotó esto en su reportaje elaborado a menos de un mes de la toma del Palacio: "El primero que bajó fue el comandante CERO frente a la puerta oriental, seguido por tres escuadras. La última estaba comandada por la número DOS: Dora María (de 22 años, una muchacha muy bella, tímida y absorta, con una inteligencia y un buen juicio que le hubieran servido para cualquier cosa grande en la vida). Tan pronto como saltó a tierra, CERO gritó con voz recia y bien cargada de autoridad:

- ¡Apártense! ¡Viene el jefe!

"El policía de la puerta se hizo a un lado de inmediato y CERO dejó a uno de sus hombres montando guardia a su lado". Ese hombre al que se refiere el Premio nóbel de Literatura era José Hermógenes. "Seguido por sus hombres subió la amplia escalera hasta el segundo piso, con los mismos gritos bárbaros de la Guardia Nacional cuando se aproxima Somoza y llegó hasta donde estaban otros dos policías con revólveres y clavas. CERO desarmó a uno y la DOS desarmó al otro con el mismo grito paralizante:

-¡Viene el jefe!".

Cada quien fue a hacer la función que le correspondía, nos dice el héroe. Estaba en marcha el desarrollo de la acción, un plan que hasta hoy todavía no logra asentarse en la cabeza de sus participantes. Era como haberse rebelado contra Zeus y haberse tomado todo el Olimpo, quizás para que subieran otros...

--Para nosotros que no conocíamos ni la capital, era extraño. Algunos compañeros sintieron miedo -- recuerda el miembro del comando.

En las mazmorras de la pobreza

El comando salió a las 11 y 35 de la mañana con rumbo a la Historia y al olvido. Cuando se le salen algunos capítulos de la hazaña de sus labios, ya no puede evitar que se humedezcan sus ojos. Recuerda ese ayer de heroísmo y de riesgo y el sufrimiento del hoy, la peor de las derrotas: la indiferencia.

Nos narra en medio del abandono en que vive. Por él, por ellos, nadie habla. Se discute desde ya las pensiones para las nuevas viejas glorias del deporte y del arte, pero para los que estuvieron dispuestos a sacrificar sus vidas para tumbar a la más cruel dictadura del continente, sus nombres ni siquiera suenan familiares a los oídos de los máximos comandantes de la revolución.

Los grandes sólo recuerdan a los grandes, pero el comando Rigoberto López Pérez estaba conformado no sólo por Edén o Hugo o Dora María: ahí estaban otros grandes patriotas como José Hermógenes, Porfirio Salinas, Salvador Monge y Rutilio Miranda, y El Reverendo, por ejemplo. Los marxistas fallan con la dialéctica. En los tiempos del Interbank es una herejía acordarse del Materialismo Histórico: las revoluciones las hacen los pueblos, las grandes transformaciones las masas, no los caudillos o los grandes timoneles. Pero en Nicaragua los héroes son anónimos y los líderes sociedad anónima, que es distinto.

Miro la casita donde vive José Hermógenes. La vivienda alcanza holgadamente 5 veces en la piscina de uno de los reos políticos a quien José Hermógenes junto a los 24 camaradas logró liberar de las ergástulas de Somoza. A él, que liberó a los condenados por Somoza, hoy nadie lo libera de las mazmorras de la más extrema pobreza. Nadie se acuerda de ellos. Nadie los llama, como cuando el directorio sandinista los mandó a buscar. García Márquez nos narra: "23 muchachos completaban el comando. La Dirección del FSLN los escogió con mucho rigor entre los más resueltos y probados en acciones de guerra de todos los comités regionales de Nicaragua, pero lo que más sorprende en ellos es su juventud. Omitiendo a Pastora, la edad promedio del comando era de 20 años. Tres de sus miembros tienen 18".

"Un día no es igual a otro día", nos dice su esposa. A veces la ventecita les ayuda a sobrevivir, 24 horas después nadie se acerca a comprar. ¡Y el gran negocio de los héroes no pasa de dos córdobas o de cinco por unos meneítos y un bolsito. Pero aun así, la señora nos llevó gaseosas. Contaban con un molino, pero ahora no lo usan porque se les descompuso el motor. Pero el héroe lo sigue siendo hoy, aun cuando forma parte de las tétricas cifras de la pobreza que compila en sus archivos la CEPAL: logró acomodar en su pequeño patio dos champas para darle albergue a dos familias cuyas casas amenazan con caerse por los terremotos de julio pasado.

-En realidad nosotros sobrevivimos por vender esos bolsitos a cinco córdobas. La verdad es que fuimos abandonados desde el inicio de la revolución. Peor ahora... -dice José Hermógenes.

Los que podían desempeñar algún trabajo lograron hacer algo, pero los que no fuimos preparados no podíamos estar ahí. Nos mantuvieron aislados y ahí quedamos, no hubo ninguna atención para nosotros, agrega.

El único que sí les tendió la mano para la suerte de los patriotas ya no existe y el que pudiera hacer algo por sus compañeros fue acusado de traidor en los 80 y más bien está por vender una camioneta para también sobrevivir y regresar a la pesca.

Hilario Sánchez se preocupaba por los miembros del comando, los menos conocidos, quizá por solidaridad de clase, de raza y de comando urbano victorioso. "Claudio" fue en su momento también un José Hermógenes, porque participó en la toma de la casa de Chema Castillo el 27 de diciembre de 1974, cuando los comandantes conocidos eran Eduardo Contreras, Hugo Torres y Joaquín Cuadra. "El fue diferente con nosotros", dijo. Fue así que logró llegar al tercer grado de primaria, en Diriamba, cuando Hilario era jefe del comando de la Sexta Región Militar.

Al triunfo de la revolución, el hombre que sobrevivió al cerco que le tendieron las tropas del "Comandante Bravo", en el Frente Sur, en El Naranjo, y participó en otras acciones claves, no terminó con ningún grado militar en los dos primeros años de la revolución. En 1981 recibió el grado de teniente y en el 83 de capitán en plantilla. Y hasta ahí su ascenso en una carrera militar inaugurada como parte del comando de asalto al Palacio, donde vio a los diputados tirar al piso toda clase de armas cortas con las que llegaban a legislar, al ver la orden fulminante del Comandante Cero: entreguen las armas h... de p...!

Los que más tenían armas eran los diputados liberales. Nunca había visto tantas pistolas de todos los calibres, 45, 38 y 9 milímetros. "Fue el primer recupere", dice. Gabo, por su parte describe: "CERO llevaba la misión específica de entrar en el Salón Azul y mantener a raya a los diputados, sabiendo que todos los liberales y muchos de los conservadores estaban armados".

Al entrar la DOS al Salón Azul, en un edificio atestado de gente, 20 periodistas en la cobertura del debate de unos empréstitos, "pasó de largo frente al Salón -dice Gabo- y llegó al extremo del corredor donde estaba el bar de diputados. Cuando empujó la puerta con la carabina MI dispuesta a disparar, sólo vio a un montón de hombres tendidos y apelotonados en la alfombra azul. Eran diputados dispersos que se habían tirado a tierra al oír los primeros disparos. Sus guardaespaldas, creyendo que se trataba de la GN se rindieron sin resistencia.

"CERO empujó entonces con el cañón G-3 la amplia puerta de vidrios esmerilados del Salón Azul, y se encontró con la Cámara de Diputados paralizada en pleno: 49 hombres lívidos mirando hacia la puerta con una expresión de estupor".

Aquel muchacho de Monimbó conocía del resto de sus recientes compañeros sólo algo conocido: la falta de adiestramiento. "No todos iban preparados físicamente. Algunos nos iniciábamos en la lucha. Esa fue una experiencia". Vinieron momentos de suspenso, dice.

La falta de práctica en este tipo de ejecuciones -¿quién la tenía en América Latina además de los de Chema Castillo? -no lograba adquirir el peso de su importancia en la mente de la mayoría de los comandos.

"No lo tomábamos como algo que nos afectara", dice. En la sicología del individuo, el protagonista parece estar como en las graderías. Sólo cuando escucharon por radio que el mercenario de las tropas élites de nombre Echannis -quien posteriormente Anastasio Somoza Portocarrero hizo desaparecer junto al General Iván Alegrett en un dudoso accidente aéreo sobre el Gran Lago - se preparaba a asaltar el Palacio para rescatar a los rehenes, entre ellos el primo de Somoza, Luis Pallais, el muchacho se dio cuenta en qué estaba metido.

"Sinceramente no sentí miedo. Yo me dije: luego de aquí paro un taxi, me monto y cada quien se va para su casa". Sonríe. Una adolescente compra un bolsito. ¿Usted sabe lo del asalto al Palacio?, preguntamos. ¿Cuál Palacio?

"Tal vez por eso no sentí miedo. Cuando supimos que habían tantos guardias preparándose para la toma del Palacio, dije: -Aquí morimos. No me voy a rajar-. Además, no podía echarse atrás porque hasta una camisa regular le había regalado Bayardo López para viajar por primera vez a Managua. Ese día se quitó su camiseta raída y se puso a fachentear.

El héroe ahora guarda sus pensamientos. ¿Si hubiera conocido que lo del Palacio para el resto de sus integrantes no iba a terminar como un cuento de hadas como resultó para otros y que iban a estar ahora aplastados por la más brutal de las pobrezas, hubiera de todos modos participado?

UN HIJO, GERMAN POMARES Y LOS IDEALES

El papá de un niño de siete años, con muchas calificaciones de 100 y con la gran esperanza de que llegue a la universidad responde: "Pensamos que todo, cuando triunfara la revolución esto sería mejor. Muchos dieron su vida. Esa gente que murió es la que pensaba que iba a ser así. Yo anduve con todos ellos. Yo les digo: me siento orgulloso de haber participado. Miré la realidad (en la guerrilla) y vi gente que sí eran combatientes y quiénes no eran.

"Me siento orgulloso de haber conocido a Germán Pomares. Era excelente. Iván Montenegro fue mi jefe en el Frente Sur. Me dio la responsabilidad en una zona. La idea de ellos, de Germán e Iván era que todo esto iba a ser mejor. Germán me decía que cuando llegáramos a Monimbó entonces la íbamos a celebrar con un huacal de atol y elote". El patriota se calla. Ninguno de los héroes muertos pensaba en mansiones ni lujos. Le estremece el recuerdo de Germán y de Iván. Sus ojos empiezan a manifestar el dolor acumulado en las últimas dos décadas.

Cuando se reúnen algunos de los miembros del comando, los recuerdan. José entonces dice: No los defraudaremos, ni a ellos ni a Walter Ferreti. Si nosotros lo hicimos no fue por los de arriba, si no para todos. No estoy arrepentido. Sí, nos duelen muchas cosas injustas. Yo pienso en los que dieron la vida y la gente de arriba no se acuerda de ellos. Ellos murieron con esas ideas y serán recordados por nosotros y no por los que no tuvieron el valor de ellos.

El héroe explica más las últimas líneas: "Muchos jefes decían van a hacer esto y lo otro, pero se quedaban a buen resguardo. Ahí tenemos a Mario Avilés, quien estaba protegido muchas líneas atrás del frente, sobre una loma donde para subir se tenía que caminar mucho. Para llegar hasta allá, se pasaba por cuatro champas y aún quedaba largo. Cuando Peché Chamorro al pisar una mina, le fui a dar aviso y no quería siquiera bajar.

Los jefes cubrían sus vidas, no las de los combatientes.

Pero José afirma seguir siendo sandinista. "Yo no voy a pisotear la memoria de los caídos. Si lo han hecho los otros, yo no haré eso".

Pero aunque no salga en los libros de historia y su nombre como el de los otros no haya formado siquiera parte de un discurso en la Plaza de la Revolución -¡ah, ingrata humanidad! - José dice: "Me siento orgulloso porque el pueblo lo valora a uno. Y aquí hay mucha gente del barrio que me dice que a pesar del heroísmo que tuvimos en el asalto al Palacio nos abandonaron, pero seguimos siendo sandinistas, y nos seguimos manteniendo por los ideales de los que cayeron, y no pisoteamos la memoria de los mártires.

-¿Hay líderes del FSLN que han traicionado la memoria de ellos?

Sí, hay gente que pisoteó la memoria al momento que no reconocen el heroísmo de esos compañeros, que como tal vez ellos pensaron de que ellos podían hacer todo eso, como el asalto tal vez, por eso ellos dicen que eso cualquiera lo pudiera haber hecho, un asalto así. Claro que había mucha gente, pero no con la calidad de la gente escogida para esa acción.

- Usted vive con una pulpería y un molino descompuesto. ¿Sabrán arriba?

Me parece a mí que los dirigentes deben saber cómo estamos, porque dicen que los cuadros intermedios les pasan información, pero a veces los cuadros intermedios no son suficientes para hacer ese trabajo y nosotros somos los que sabemos lo que pasa en la parte de abajo. Hay celos, celo de que tal vez por lo que ellos no pudieron realizar un trabajo así a como lo hicimos nosotros, un trabajo heroico, que lo hicimos con la idea de Sandino y Carlos Fonseca y otros compañeros. Vamos a seguir luchando por la memoria de los que cayeron.



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